Escabeche, Sergi Pàmies

miércoles, 24 de marzo de 2010
ESCABECHE

Me despierto con unas ganas tremendas de llorar, pero como tengo mucho trabajo decido que ya lloraré más tarde. Salgo hacia la oficina y llego justo a tiempo para la primera reunión del día. Mientras la directora general lee un informe sobre el aumento de costes y el recorte de gastos (o viceversa), dibujo una hoz y un martillo en un bloc de notas. En el estómago sigo sintiendo una bolsa de lágrimas que, tarde o temprano, tendré que reventar. Una vez en mi despacho, les aprieto las tuercas a mis proveedores y reviso los escandallos. A las dos me pongo la americana y salgo rápidamente para no llegar tarde a la cita con la tutora de mi hijo. Llego a la escuela al mismo tiempo que mi ex. Durante la entrevista, la tutora se dirige más a mí que a ella, y eso me incomoda, aunque quizá me fijo en este detalle porque no me apetece escuchar lo que me cuenta. El niño tiene problemas, dice. Se distrae constantemente y muerde a las otras niñas, sobre todo a las —la tutora subraya el adjetivo— subsaharianas. Me comprometo a tomar medidas, aunque sé perfectamente que si el régimen de visitas dictado por el juez sólo me permite verle un fin de semana sí y otro no, no puedo hacer gran cosa. En el momento de despedirnos, mi ex y yo intentamos concretar un día para hablar del asunto con tranquilidad, pero los dos tenemos prisa y lo despachamos con un «ya nos llamaremos» poco convincente. Pese al colapso circulatorio, llego a tiempo a la presentación de un proyecto para un posible nuevo cliente. Expongo estrategias, despliego gráficos y me esfuerzo por deslumbrar al gerente de la empresa candidata a contratar nuestros servicios, que se lleva, intuyo, una buena impresión. A continuación, mi secretaria me pide consejo. Con un hilo de voz autocompasiva, me comenta que le han hecho una oferta de una multinacional y que está planteándose si es o no la oportunidad idónea para cambiar de aires. Como le deseo lo mejor, le recomiendo que acepte el trabajo. Cuando noto que eso la desconcierta, deduzco que sólo utilizaba esta oferta inexistente para conseguir, a través de mí, un aumento de sueldo. Me decepciona pero me lo callo, porque yo también debo de haberla decepcionado alguna vez. Tomo una pastilla vasodilatadora y, antes de marcharme, hablo por teléfono con mi madre («En lugar de ir el domingo, iré el sábado»), mi hermana («Te he mandado las muestras, pero me falta una que todavía no les ha llegado»), y el buzón de voz del capitán del equipo de fútbol sala de la empresa («Llevaré la pelota»). Al llegar a casa, ceno una lata de atún en escabeche y un yogur. Me tumbo en el sofá durante un rato, calculando cuántas horas faltan para el fin de semana con mi hijo. Me quito la ropa en el dormitorio. Delante del espejo, me pellizco los michelines. Me lavo los dientes y me paso un hilo dental hasta que me sangran las encías. Sentado en la cama, sopeso la posibilidad de masturbarme. Lo dejo para otra ocasión. Después de un momento de duda durante el cual me pregunto si me queda algo por hacer y me respondo que no, apago la luz, me acuesto y empiezo a llorar, con la cabeza contra la almohada, para no molestar a los vecinos.




Sergi Pàmies, Si te comes un limón sin hacer muecas, Anagrama, Barcelona, 2007, pp. 109-111.

2 comentarios:

http://www.taringa.net/perfil/estadodegracia dijo...

De

"Cuando llego a un lugar y me dicen que no se puede hacer nada, inmediatamente pienso que está todo por hacer"

hasta

"Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo"

y asrevesiV

[Ando chusmeando por estos lados desde hace unos dias, llegué buscando "En Matilde". Lindo espacio. Saludos!]

raquel dijo...

Pues espero que buscando por aquí hayas encontrado alguna cosa de tu agrado. Gracias por el comentario y un saludo!