Niebla eterna

"Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo", Julio Cortázar





Pisando y pateando,
sin mirar lo que deja
se marcha el año.

Sensaku






Alberto Silva (ed,), El libro del haiku, Visor, Madrid, 2008, p. 256.


EL CAMINO DEL MUÑECO DE NIEVE

Que el muñeco de hielo se derrita
significa que el muñeco de hielo se quema,
que se queme
significa que el muñeco de hielo se está volviendo ceniza.

La ceniza es agua
blanca ceniza
la ceniza que no puede volverse más blanca, es agua.

En el arroyo fluye ceniza blanca
el muñeco de nieve retumba tambor acuario
fluye por el río, el mar y la Vía Láctea.

Que fluya
significa que regresa
y el que regrese significa que en ningún lugar
puede permanecer por mucho tiempo.



Choi Seung-Ho, Autobiografía de hielo, Bajo la luna, Buenos Aires, 2010.


Es la hora de tallar en el parterre
cíclico el roce de una hoja en el viento,
de encontrar esa palabra que encierre

la música que rasgue lo que siento,
quizá arriesgando todas las nevadas
y lluvias que hacen al cristal sediento

por tratar hoy de envolver las truncadas
hiedras que sólo puedo regalarte
con los ojos, entre dunas de espadas.

Y, sin embargo, qué añadir, aparte
del reflejo que tiembla en la buhardilla
de los sueños que mueren por descarte,

o el pavor de un fusil que se encasquilla
tras no fundir dos vocales en hiato
en una única nota y su semilla.

El disco alienta el jadeo del plato,
y sólo a tientas la aguja desgarra
el ruido que abre el surco en un relato

yermo como el revés de una pizarra.
Pero no puedo ya helar una huella
tan honda, derramarla de la jarra

que habito, y a pesar de la botella
donde se alojan los días umbríos
que ardieron frágiles como una estrella

de papel en el cristal de los ríos;
aun por muchos rubíes y esmeraldas
aplastados por inviernos tardíos

que tiznan ilusiones y guirnaldas;
créeme, el tiempo no podrá llevarse
lo que una vez se erigió a sus espaldas.

Tampoco el mirlo llegará a callarse,
y por su aria seguirán destilando
ofrendas, aun sin nada que esperarse,

en la jaula que sólo rompe hablando
con esta pluma y su imposible vuelo,
que hiende el aire que llora fraguando
la eterna página que incruste el cielo.






LA TRAMPA

Érase una vez una trampa en la que todos caían debido a lo bien que el cartel advertía su peligro.











Fernando Trías de Bes, Relatos absurdos, Urano, Barcelona, 2006, página 34.

Ilustración: Jacobo Bagué

Dulce Tita:


Te has echado encima una tarea imposible. ¿Cómo era Máximo? De una sola manera: como creías que era. ¿Que los lunes lo veías azul, y verde los martes? Confórmate, por mucho que te digan los demás, por mucho que añadas y amontones, por mil dudas que hagan surgir para ti: era azul los lunes y verde los martes.
Ya sé que conformarse con los recuerdos no es cosa fácil. Prueba.
Te quiere

(Ilegible)



Dorotea:

¿Para qué preguntas? Fui un día a su casa citando antes a Carmen en un café del centro para estar segura de encontrarle solo. El imbécil no se dio cuenta (sabiendo lo que yo había hecho), no le pasó por las mientes que me tenía a su absoluta disposición. Era de acción retardada. Cuando se dio cuenta fue tarde y ya sin tiempo. Lo volvió a intentar, al principio me presté. Luego ya no, y eso que anduvo tras mí como animal en celo, pero entonces le tocaba a Víctor. Te acordarás; sí, mujer, tu marido.

Esperanza


Querida Nieves:

Carmen me escribió que «Máximo ha muerto». Con esas palabras empieza su carta para ver si de la impresión me iba yo también al otro mundo. Asegura que no sé lo que perdí. La que no lo sabe es ella. Jamás hubo otro como él —para mí—. Tú sola estabas en el secreto. No sé qué hacer; no me voy a volver loca —como suelen decir—, lo estoy de recordarle y saber que nunca volveré a verle pisar el umbral de tu casa. ¿Qué va a ser de mí?

Aurora



Querido Alonso:

Entre los papeles de su despacho encontré esta nota: «La rapté, la maté. No podía hace otra cosa. Se cerraba el círculo. Si no hubiese resistido, porfiada, nada hubiera pasado. Pero tal vez era necesario que sucediera lo que pasó para que yo me sucediera a mí mismo».
No tengo la menor idea de a qué y a quién se podía referir. Tú me dirás. No te preocupes: no lo aguantaba ni el sillón en el que se sentaba.

Teodoro



Max Aub, Juego de cartas, Cuadernos del vigía, Granada, 2010.

Ilustraciones: Jusep Torres Campalans

EL ÁNGEL

Dispuesto a ahorcarme, até unas tiras de sábana a los barrotes y anudé el otro extremo en torno a mi cuello de convicto reincidente. «No servirá de nada», dijo una voz. Había decidido acabar con todo, soledad, goteo del tiempo, celdas de castigo, vueltas ciegas al patio, relectura de cada libro de la biblioteca de la cárcel. «Le digo que no servirá de nada —resolpló el ángel—, aún no ha llegado la hora de recoger el conjunto de tus ruinas». Su aspecto reglamentario, como bañado en talco, y la autoridad de aquel fanal luminoso en mitad de la noche sugerían que podía no ser parte de mi instante de locura. Lo dejé hablar. En un tono de superioridad amistosa, me instruyó en el bien y el mal, aclaró que no esperaba recompensa alguna por todos sus desvelos conmigo y me reveló, incluso, la jerarquía de la Organización (nueve órdenes de tres tríadas cada una: serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles). Lo que me persuadió finalmente de no consumar el suicidio no fue, sin embargo, su familiaridad con mis intimidades, con mi vida de crimen y desórdenes, sino la visión de sus alas un poco maltrechas, desflecadas, y en su cuerpo las cicatrices de antiguas luchas.

El ángel, Marc Chagall


Ángel Olgoso, La máquina de languidecer, Páginas de espuma, Madrid, 2009, p. 100.




EL FINAL DE LA INFANCIA

En el colegio lo tenían claro: los regalos de Navidad eran cosa de los padres. Pablito decía que no, que en su casa era Papá Noel quien traía los regalos en Nochebuena. Estaba tan seguro que los apostó todos con los amigos.

Aquella noche, agazapado tras el árbol, esperó con la pistola de su padre entre las manos a que apareciera un año más el hombre de rojo. Sonreía mientras imaginaba la cara de sus compañeros al día siguiente delante de los calcetines vacíos.






Ginés S. Cutillas, Un koala en el armario, Cuadernos del vigía, Granada, 2010, p. 79.



BÚSQUEDA

un día vi cómo te pegabas a las sombras
con la frente, cómo no gritabas
y cómo aquello no te dolía tanto
como la eternidad

es terrible el anhelo, a menudo
una mujer nieva en penumbra
y también dijiste, un sentado beso es el dolor
y no espero en el pasillo a que me desangre




Kepa Murua, Cardiolemas, Calambur, Madrid, 2002, página 29.

Ilustración: Alfredo Fermín Cemillán (Mintxo), ibid., página 52.


EL MUÑECO DE NIEVE ARROLLADO POR UN COCHE

El problema es el coche. Pero, ¿por qué se esfumaría dejando arrollado al muñeco de nieve? El niño llora. El muñeco de nieve no ha muerto, tan sólo se le ha partido el cuerpo, pero le guarda rencor al coche que se escapó después de provocar el accidente. "El muñeco de nieve no muere. Mira, pequeño, el muñeco de nieve nunca morirá". El niño me mira fijamente. "Oiga, señor, el muñeco de nieve ha muerto. Vea que ha muerto porque ha dicho que no muere".




Choi Seung-Ho, Autobiografía de hielo, Bajo la luna, Buenos Aires, 2010.

LA LECTORA


Una gran gallina ocupa el departamento; es tan grande que, en el intento de pasar de una habitación a otra, ya ha derribado algunas puertas. No es que sea muy inquieta; es una gallina intelectual, y pasa casi todo el tiempo leyendo. De hecho, es consultora de la editorial A; el editor le manda todas las novelas que aparecen en el extranjero, y la gallina pacientemente las lee con el ojo derecho, porque no puede leer con los dos ojos al mismo tiempo: el izquierdo permanece cerrado, bajo su hermoso párpado gris aterciopelado. De tanto en tanto la gallina refunfuña algo, porque la letra es demasiado pequeña para ella; o bien hace clo-clo y bate las alas, pero nadie puede decir si lo hace de placer o de aburrimiento. De cualquier forma, cuando un libro no le gusta, la gallina intelectual se lo come; después la editorial A manda a un inspector a recoger el resto –que ella deja esparcido por toda la casa– y lo publica. Esto, en el pasado, dio origen a algunos equívocos: libros que eran encontrados dentro de un armario, cuando ya habían sido publicados por otro editor, con un éxito deplorable. No obstante esto, es la gallina más autorizada de la industria literaria.

No sabemos cómo deshacernos de ella; además de derribar las puertas nos ensucia las habitaciones; y la sirvienta amenaza con irse si no se va la gallina. Y sin embargo es un animal tan inteligente, sus juicios son tan exactos, sus costumbres tan inofensivas; a las seis de la tarde se sube a su diván, se instala, cierra los ojos y duerme, sin molestar más a nadie; ni siquiera se mueve para hacer sus necesidades. Por la mañana nos levantamos y la encontramos ya en el comedor, ocupada en leer al último ruso de Siberia o al último sudamericano. Y nunca puso un huevo.




Juan Rodolfo Wilcock, El estereoscopio de los solitarios, Edhasa, Barcelona, 2000, pp. 53-54.


ES MENTIRA EL RECUERDO

Todo recuerdo es niebla, gris que extravía el rumbo,
envuelve la verdad y simula una farsa:
la niebla indiferente a la luz y el taquígrafo,
la niebla que se ofrece en saldos y en burdeles
como niña que ha sido secuestrada del juego.
Así de evanescente parece lo que digo,
como foto velada o bruma en alta mar.

El recuerdo es mentira o se hace el muerto entonces.
Si a veces viene a verme, se encarna en un papel,
esquela de algún lázaro que siempre resucita,
pero ya nunca está completamente vivo;
ocupa su rincón, gravita por la atmósfera
y sabe que no puede comer con la familia.




Isabel Pérez Montalbán, Un cadáver lleno de mundo, Hiperión, Madrid, 2010.

Los amantes, Marc Chagall


LOS AMANTES

Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de las llamadas del mundo. Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros místicamente entrelazados.

La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando se despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.



Juan Rodolfo Wilcock, El estereoscopio de los solitarios, Edhasa, Barcelona, 2000, pp. 173-174.

LA FORMA EN QUE AFRONTAMOS

la forma en que afrontamos nuestras vidas
probando cada habitación vacía como
si fueran casas que podríamos poseer
escuchando pistas a escondidas en los pasillos hasta
quedarse frente a una verja o una ventana del ático
descubriendo la belleza en una bandera del cielo
nos vamos, dejando las puertas abiertas
ardiendo todas las luces

Katherine Towers




Traducción. Texto original: "The Way We Go". Poems on the Underground


EL AMOR QUE YO QUERÍA CONTAR

Ésta quería ser una larga historia de amor, una historia de un hombre y una mujer que se conocieron un día en el centro comercial, mientras ella miraba con detenimiento unas zapatillas rojas y él, del otro lado del cristal, amorosamente, la miraba mirar. Ésta quería ser la historia de un hombre y una mujer que toda su vida ensayaron sus pasos para poderse encontrar. Quería la historia que el hombre abordara a la mujer, la invitara a un café, a un salón de baile, la invitara a amar. Quería esta larga historia que nadie estuviera detrás: ni Dios, ni el diablo, ni el azar. Sólo la mujer y el hombre saliendo del brazo, amorosamente, del centro comercial. Después vendrían los hijos, las promesas, las noches de frío, el té de las diez, los besos con sabor a lluvia. Después vendrían los paseos por el jardín, el cine, las reuniones con amigos, las breves pero sustanciosas alegrías. Hubiera sido bellísimo que el hombre la invitara a amar, pero la mujer, inesperadamente, y sin advertir la larga historia de amor que yo quería contar, se dio la media vuelta y se perdió en los pasillos del nunca jamás.


Rogelio Guedea, Cruce de vías, Menoscuarto, Palencia, 2010.

************

OCASIÓN

Al cruzarse en la calle Preciados se miraron a los ojos y supieron en el acto que estaban hechos el uno para el otro. Pero ambos tenían prisa —él iba a visitar a un cliente, ella tenía hora en la peluquería—, y tras un instante de vacilación cada cual siguió su rumbo.


Rubén Abella, Los ojos de los peces, Menoscuarto, Palencia, 2010, p. 67.

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