Niebla eterna

"Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo", Julio Cortázar

Franz Kafka, Carl Köhler

[...]

SAAVEDRA: Me asombra usted aún más que lo que escribe, y pensé que eso iba a ser imposible. Ahora entiendo —permítame la indiscreción— su éxito entre las mujeres.

KAFKA: Está usted perdonado, pero tiempos vendrán en que las conversaciones entre los seres humanos se conviertan en algo convencional, y carente de verdad o de significado. A eso lo llamarán inteligencia emocional, que será más o menos la capacidad para observar en las conversaciones humanas qué puede incomodar a mi semejante y qué, por el contrario, puede sentarle bien. Naturalmente, lo que mejor siente siempre es no decir nada relevante, decir cosas pasajeras, y hacer gestos simpáticos mientras no se dice nada.

(Kafka tose abundantemente en este momento y Dora le coge la mano.)

SAAVEDRA: ¿Llamo al médico?

DORA: No, no es necesario.

KAFKA (repuesto): El dolor físico parece real, pero no lo es, créame.

SAAVEDRA: ¿Nada es real?

KAFKA: A los moribundos la naturaleza nos regala una alta y precisa memoria de nuestro pasado. Recuerdos intensísimos. Recuerdos que aparecen de repente y que nunca habíamos presenciado antes. Es una memoria agigantada. En estos días, he tenido recuerdos de mi infancia y juventud de una gran realidad, o calidad. Para que la realidad sea real tiene que tener mucha calidad, créame. He comprendido verdades oscuras de mi vida. Es la memoria con música de los moribundos. Recopilamos la vida con una palpitación sobrenatural. Sí, memoria con música, ésta sería la manera de describir este estado fabuloso. He tenido recuerdos que no parecen recuerdos, sino más bien nueva vida ocurrida en el pasado. Eso es en sí mismo hermoso y demoniaco. Viajo a mi pasado ahora mismo, hago cosas en mi pasado, y regreso, y recuerdo. Modifico el pasado sólo con vistas a un recuerdo inédito, a una nostalgia recién nacida. Me siento eufórico cuando esto me ocurre. Me exalto. Me siento como el dueño del Universo. Usted me entenderá, me siento como si fuera a vivir mil años.

SAAVEDRA: Siento envidia.

KAFKA: Claro, porque desde otro punto de vista, es verdad que usted nunca tendrá el privilegio de los moribundos felices. Pero tal vez algún día le llegue ese privilegio. O, en todo caso, usted aún tiene un privilegio mayor: la contemplación de una cantidad de tiempo descomunal, la contemplación de la Historia, del avance. La contemplación de cómo se levanta una casa, cómo se hunde y cómo en su lugar se construye una casa nueva. Básicamente, eso han sido las ciudades, y las ciudades somos nosotros. Usted sabrá qué es el tiempo. Pero, amigo mío, no le voy a preguntar por el tiempo, a un moribundo tales consideraciones ya no le preocupan. ¿Puede usted devolverme la salud? Claro que no, entonces nada importa ya.

SAAVEDRA: ¿Querría que yo obrase un milagro y le devolviera a la vida?

KAFKA: Amo la vida. ¿Por qué se extraña? Una vida corta es lo que he tenido. Fíjese que me voy a morir con cuarenta y un años recién cumplidos. Y, sin embargo, he visto cosas que ni usted, que lleva cuatrocientos diez años en este mundo, ha visto. Y fíjese que da igual, da igual cuarenta y uno que cuatrocientos diez, y permítame que juegue con los números. Pruebe usted a contraer matrimonio con una mujer que sea matemática, que sea experta en matemáticas avanzadas. Y que sea hermosa también. No sólo matemática, sino también hermosa y dulce. Quizá ella pueda revelarle este secreto ígneo de los números, el porqué da igual cuarenta y uno que cuatrocientos diez. Pero lo cierto es que casi todo el mundo vive por lo menos hasta los sesenta años, y yo me quedo en el camino con cuarenta y uno. No me parece justo. Me hubiera gustado estudiar matemáticas. Sabe, no creo que me muera del todo. Tal cosa me parece matemáticamente imposible.

(Largo silencio).



Manuel Vilas, Los inmortales, Alfaguara, Madrid, 2012, pp. 104-106.

Anciano con las manos en la cabeza, Vincent van Gogh


PROPÓSITOS PARA CUANDO LLEGUE A VIEJO

No casarme con una mujer joven.

No relacionarme con los jóvenes a menos que ellos me lo pidan.

No ser malhumorado, ni taciturno, ni desconfiado.

No desdeñar los usos, reputaciones, modas, guerras, ni a los hombres actuales.

No encariñarme con los niños, ni permitir siquiera que se acerquen a mí.

No repetir la misma historia una y otra vez a los mismos interlocutores.

No ser codicioso.

No descuidar el decoro ni el aseo personal, para no resultar repugnante.

No ser demasiado severo con los jóvenes, sino mostrar indulgencia con sus locuras juveniles y sus flaquezas.

No dejarme influir ni prestar atención a los chismes de los criados u otras personas.

No prodigarme en consejos ni abrumar a nadie, excepto a aquellos que me lo pidan.

Pedirles a algunos buenos amigos que me comuniquen cuales de estos propósitos quebranto o desatiendo, y que me digan cuando lo he hecho, para enmendarme.

No hablar mucho, ni siquiera de mí mismo.

No alardear de mi apostura, vitalidad o fortuna de antaño ante las damas u otras personas.

No prestar atención a los halagos, ni imaginar que puedo despertar el amor de una joven dama et eos qui hereditatem captat odisse ac vitare (y aborrecer y evitar a quienes ambicionan mi herencia).

No ser categórico ni porfiado.

No empeñarme en cumplir todas estas reglas, no vaya a ser que al final no observe ninguna.


Jonathan Swift, Ideas para sobrevivir a la conjura de los necios, Península, Barcelona, 2000.

Recuerdo de un viaje, René Magritte



Memoria y recuerdo: la memoria es el vasto territorio que contiene lo que no recordamos.



José Ángel Valente, Diario anónimo (1959-2000), Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011.

Sin esperanza, Frida Kahlo

MI NOMBRE

En inglés, mi nombre sería Hope. En castellano tiene demasiadas letras. Significa tristeza, significa espera.
Es como el número nueve. Como un color turbio. Es como los discos mexicanos que pone mi padre los domingos por la mañana mientras se afeita, canciones como sollozos.
Era el nombre de mi bisabuela y ahora es el mío. También ella era una mujer caballo, nació como yo en el año chino del caballo, y se supone que eso trae mala suerte si eres mujer; aunque a mi me parece que un cuento chino, porque a los chinos, como a los mexicanos, no les gustan las mujeres fuertes.
Mi bisabuela. Me hubiera gustado conocerla, una mujer como un caballo salvaje, tan salvaje que no podía casarse. Hasta que mi bisabuelo le echó un saco a la cabeza y se la llevó. Así, como si fuera una lámpara decorativa. Así lo hizo.
Y dicen que ella nunca le perdonó. Se pasó la vida mirando por la ventana, como tantas mujeres que reposan su tristeza sobre un codo. Me pregunto si se las apañó con lo que le había tocado o si se resentía por no haber podido ser todo aquello que quiso ser. Esperanza. He heredado su nombre, pero no quiero heredar su lugar junto a la ventana.
En el colegio pronuncian mi nombre de una forma rara, como si las sílabas fueran de latón y les rascaran el techo de la boca. Pero en castellano mi nombre está hecho de algo más suave, como la plata, no tan grueso como el. nombre de mi hermana Magdalena, que es más feo que el mío. Magdalena al menos puede llegar a casa y llamarse Nenny. Pero yo siempre soy Esperanza.
Me gustaría bautizarme a mí misma con otro nombre, uno que se parezca más a mi verdadero yo, a ese yo que nadie ve. Esperanza como Lisandra o Maritza o Zeze la X. Sí. Algo como Zeze la X serviría.


Sandra Cisneros, Una casa en Mango Street, Ediciones B, Barcelona, 1992, pp. 19-20.

Nº 61 (óxido y azul), Mark Rothko


Al despertarme en la oscuridad que precede al amanecer, persigo el sentido ardiente de la «esperanza», busco a tientas los restos del sueño amargo que persisten en mi conciencia. El tanteo esperanzado de los inquietos sentimientos sigue buscando, inútilmente, el revivir cierto de la efusión de la ardiente en lo más recóndito de mi cuerpo, como si fuera la sensación de su existencia que deja el whisky cuando baja quemándote hasta las entrañas. Cierro los dedos que han perdido las fuerzas. Y en todo mi cuerpo siento por separado los pesos de la carne y del hueso, aunque compruebo que esa sensación que me embarga se transforma en un dolor denso que va avanzando por mi conciencia con cierta desgana mientras ésta se dirige hacia la luz. Con resignación, vuelvo a cargar así con un cuerpo pesado que se siente como si no tuviera continuidad, densamente dolorido por doquier. Dormía con los brazos y las piernas retorcidos, en la actitud de quien no desea saber de sí, ni acordarse de su situación.
Al despertarme, siempre busco ansioso el sentimiento de la ardiente «esperanza» perdida. No es un sentimiento de carencia, sino un anhelo positivo de «esperanza» ardiente en sí. Al comprender que no me es posible encontrarla, trato de desligarme hacia la pendiente del segundo sueño. ¡Duerme, duerme, el mundo no existe! Sin embargo, esta mañana el veneno es extremadamente fuerte, lacera todo mi cuerpo, corta mi retirada hacia el sueño. El pánico pugna por brotar a borbotones. Debe de faltar una hora para que salga el sol. [...]


Kenzaburo Oé, El grito silencioso, Anagrama, Barcelona, 2009 (1995), pp. 7-8.



¿POR QUÉ ESCRIBO?

Escribo porque soy diferente.

Escribo para ser diferente.

Empecé a escribir porque era diferente. Empecé a escribir porque quería ser diferente. Nadie quería ser escritor cuando yo decidí ser escritor. Recuerdo a un niño que quería ser dentista y a otro que quería ser mecánico. Tenía doce años. No conocía a ningún escritor. Nunca había hablado con un escritor. Había leído a Rimbaud. Había leído una biografía de Rimbaud. Había leído los manifiestos dadaístas y El hombre aproximativo de Tristan Tzara. Siempre había leído. Había leído los libros de Enid Blyton. Había leído los siete secretos y los cinco. Había leído otros libros que no eran de Enid Blyton pero lo parecían, como los de los tres investigadores.

Y, antes de que supiera leer, mi madre me leía cuentos y me contaba historias que yo entendía a medias: historias de su pueblo, Castejón de Tornos, Teruel, junto a la Laguna de Gallocanta, que para mí estaba tan lejano como Tokio; historias de estraperlos; historias sobre la obstinación de los burros, sobre todo cuando hacía un frío del demonio y al parecer lo hacía siempre; de los maquis y sus razias; historias del azafrán y la dificultad de conseguirlo; historias de los carnavales secretos de la posguerra, con ensabanados y rondas; de las cartas de amor que le enviaba mi padre… personajes abandonados en mitad de la nada que trataban de escapar no se sabe de dónde ni cómo. Unas historias que luego leí en Agota Kristof.

Quería ser un escritor porque era diferente y quería ser un escritor de los diferentes. Digo escritor, pero lo que yo quería era ser un poeta diferente. En 8º de EGB fabriqué mis primeras plaquettes fotocopiadas. Las destruí poco después porque me daba vergüenza escribir tan mal. Ahora puedo decir que en esas plaquettes está lo mejor que he escrito.

Quería escribir para robarle la máquina de escribir a mi padre, su más precioso tesoro: la cuidaba con esmero y no nos dejaba tocarla. Thomas Mann escribió un ensayo en el que hablaba de la gran cantidad que hay de escritores huérfanos de padre. El padre de Truman Capote desapareció y el padre de Alejandro Gándara se fue sin dejar rastro y el padre de… Mi padre era huérfano de padre, huérfano desde los dos años, pero a él se le pasó la vez y el que se hizo escritor fui yo. Huérfano heredero. Aunque mi padre escribía a máquina todo el tiempo: su Olivetti gigante con forma de ballena. Mi padre escribía informes sobre sus servicios de policía y sobre el tráfico y sobre las incidencias del trabajo. Tenía unas hojas de calco y guardaba copia de todo lo que escribía.

Me hice escritor para robarle esa estupenda máquina de escribir. Me hice escritor para consumar un incesto raro. Mi padre me puso una condición para poder usar su Olivetti: aprender mecanografía perfectamente… una práctica que él, que escribía sólo con dos dedos, no conocía. Quizá pensaba que yo no conseguiría escribir a máquina, pero pasé el verano de mis trece años sacrificando la piscina y aprendiendo a escribir a máquina en una academia con un calor sofocante: asdf ñlkj etcétera. Así rendí a mi padre y le quité su bien más preciado. Truman Capote escribió algo sobre la mecanografía y la literatura, y es posible que, pese a su afirmación, se trate de ramas de la misma actividad. Durante un tiempo tuve que usar la máquina siempre en la mesa del comedor, bajo vigilancia, y guardarla siempre en su maleta. Mi madre cosía en su máquina de coser y yo escribía en mi máquina de escribir. Unos meses más tarde llevé la Olivetti ballena a la mesa de estudio de mi cuarto.

Tenía catorce años y escribía poseído. Escribía todo el tiempo. Nunca he vuelto a escribir de esa manera y cuando escribo deseo poder volver a escribir así alguna vez. Febril. Enfermo. Escribía poemas. Escribía minúsculas vidas imaginarias. Escribía obras de teatro. Era diferente y quería ser un escritor diferente. Leía a Beckett, y mis obras de teatro querían parecerse a Esperando a Godot. Leía a Jack Kerouac. Leía a Henry Miller, al que había llegado siguiendo a Rimbaud, un camino excéntrico. Leía a Joyce, pero las piezas más raras, Poemas manzanas. Leía solo. Escribía solo. Entonces yo era el único escritor. Rey soberano.

Aunque quizá leía más solo que escribía solo, porque entonces publiqué mis primeros poemas en una revista. No guardo ni un ejemplar. Me avergonzaba esa revista, sabía que estaba mal hecha, que era cutre… y aunque sabía que la revista estaba mal hecha y que era cutre, me sentía feliz porque publicando en esa revista que me avergonzaba me convertía en escritor. Nadie lo sabía, pero yo había cruzado una línea y ya no podía volver atrás. Recuerdo el nombre de la revista.

Escribo porque tengo miedo: antes cuando tenía miedo me metía debajo de la cama. Escribo para levantarme cuando quiera. Escribo para acostarme cuando quiera. Escribo para imponer mi versión de los hechos. Escribo por envidia. Escribo por fascinación. Escribo para ser feliz. Escribo para ganar dinero. Escribo para saber cómo escribo. Escribo para que se publique lo que escribo. Escribo para seducir. Escribo para ser apreciado. Escribo para existir. Escribo para ser visible. Escribo para despertarme cada día en un lugar del mundo. Escribo para que me insulten. Escribo para seguir vivo. Escribo para no matarme. Escribo para saber lo que pienso. Escribo para mentir. Escribo porque soy feliz. Escribo para pedir perdón. Escribo para no pedir perdón. Escribo porque cuando escribo no vivo. Escribo para vivir más tiempo. Escribo porque me lo piden. Escribo porque no me reconozco en las fotografías. Escribo porque quiero dar mi versión de la historia. Escribo porque en mi escritura sólo mando yo. Escribo porque me gusta escribir. Escribo porque no sé conducir. Escribo porque soy vanidoso. Escribo para perder el sentido. Escribo porque busco el sentido. Escribo como el cultivador de champiñones: con los pies enterrados en mierda y con la certeza de que el producto no es un manjar. Escribo como el pescador de un barco congelador. Escribo para follar. Escribo para respirar. Escribo para no tener que escribir. Escribo para mirar todo y todo el tiempo. Escribo para recordar. Para recordarme. Para volver a alcanzar ese estado febril. Febril y fabril. Escribo por insatisfacción. Escribo por venganza. Escribo por remordimiento. Escribo para confesar mis pecados. Escribo para esconder mi vergüenza. Escribo para reírme. Escribo porque me da miedo el fuego.

Escribo porque tengo algunas historias viejas que contar. Las que me llenan la cabeza ahora sucedieron todas antes de que cumpliera veintiocho años: la de un asesino que mató a su mujer y con el que compartí celda en 1995 en la cárcel de Torrero de Zaragoza, que ya ha desaparecido, demolida por la piqueta; la de una loca, prima de mi padre, a la que visitamos en un manicomio de Valencia en el verano de 1975; la de unos curanderos de Petrel, Paco y Lola, que visitamos cuando mi abuela Rosario había sido desahuciada por los médicos.

Mi padre me cedió su máquina de escribir. Y una vez que se la arrebaté ya no podía cambiar: tenía que escribir y tenía que ser escritor. Ahora, más que diferente, me siento extraño.


Félix Romeo, «¿Por qué escribo?», Minerva, nº14, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2010, pp. 28-29.

Murmullo de la calle, Claude Lazar

LA AMBULANCIA NÚMERO 5

La ambulancia número 5 corría a una velocidad inusitada, incluso para una ambulancia; se diría que más que correr iba en volandas con su hélice de luz; se diría que el piloto de la ambulancia era un piloto de pruebas de ambulancias, que quería batir el récord de velocidad punta de ambulancias.
Como había pocos transeúntes por la final de fútbol, la ambulancia número 5 invadía calles peatonales y sorteaba las fuentes, las estatuas, los bancos y kioscos.
Como era la final de fútbol, el conductor de la ambulancia número 5 bajó el volumen de la sirena y puso la radio para oír el partido. Y en una jugada de peligro, la ambulancia número 5 atropelló a una pareja de turistas. La ambulancia número 5 recogió a los atropellados y aumentó la velocidad para recuperar el tiempo perdido, practicando atajos temerarios.
En el recorrido angustioso hasta el hospital, la ambulancia atropelló y evacuó un total de nueve peatones. La ambulancia número 5 parecía un autobús recorriendo su itinerario urbano, en una película a cámara rápida. Pero en ningún momento el conductor apagó la radio, porque el frenesí del locutor deportivo le servía al conductor para avivar la marcha de la ambulancia.
Al fin, la ambulancia número 5 llegó al hospital, tragándose la barrera del control. Los atropellados presentaban síntomas de asfixia, pero todos se salvaron gracias a la rapidez con que fueron transportados, con riesgo de la vida del conductor de la ambulancia. Esto sirvió como agravante y a la vez atenuante en el juicio al conductor. También contribuyó a salvarlo de la cárcel la declaración de una anciana que salía de misa cuando fue atropellada:
«Doy gracias a Dios: si no me hubiese atropellado una ambulancia, ahora no lo estaría contando».



Teresa Gómez Trueba (ed.), Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea, Cátedra Miguel Delibes—Llibros del Pexe, Gijón, 2007.

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