Mostrando entradas con la etiqueta Philip K. Dick. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Philip K. Dick. Mostrar todas las entradas

[Un hombre es un ángel...], Philip K. Dick

jueves, 22 de diciembre de 2016
Soledad. Diciembre, 1960, André Kertész


   Un hombre es un ángel que perdió el rumbo [...]. Hubo un tiempo en que los hombres, todos ellos, fueron verdaderos ángeles, y entonces tenían la oportunidad de elegir entre el bien y el mal, con lo que era fácil ser un ángel. Y luego pasó algo. Algo fue mal o se rompió o fracasó. Y entonces se vieron ante la necesidad de una nueva elección, no entre el bien y el mal, sino entre el menor de dos males, lo que les había desquiciado, y ahora eran hombres.


Philip K. Dick, Gestarescala, Cátedra, Madrid, 2016.

[La verdad...], Philip K. Dick

sábado, 27 de agosto de 2016
Las manos de Aiko, Imogen Cunningham
 

   La verdad, pensó. Tan terrible como la muerte. Pero más difícil de encontrar.


Philip K. Dick, El hombre en el castillo, Minotauro, Barcelona, 2002.
 

[Frío], Philip K. Dick

lunes, 6 de octubre de 2014


   —Eh —dijo él—, ¿puedo ir contigo a Oregón? ¿Cuando tú te vayas?
   Ella le sonrió, con amabilidad y profunda ternura, para responderle que no.
   Y él comprendió, porque la conocía, que lo decía en serio. Y que no cambiaría. Se estremeció.
   —¿Tienes frío? —le preguntó Donna.
   —Sí —respondió él—. Mucho.
   —He puesto una calefacción estupenda de MG en el coche —dijo—, así que cuando estemos en el autocine... te calentarás. —Le tomó la mano, la apretó, la sostuvo; entonces, de repente, la dejo caer.
   Pero Arctor conservó aquel contacto, dentro del corazón. Aquello permaneció. En todos los años que tenía por delante, los largos años sin ella, sin verla nunca ni recibir noticias suyas ni saber nada, si estaba viva, feliz, muerta o qué, guardó el contacto en su interior, sellado, y nunca desapareció. Aquel único contacto de su mano.


Philip K. Dick, Una mirada a la oscuridad, Minotauro, Barcelona, 2006, p. 156.