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[Tan difícil de contar], Sergio del Molino

martes, 6 de febrero de 2018
Cine negro / floración en desierto, Milene Rust 


¿Por qué era todo tan difícil de contar? ¿Por qué la vida se narraba tan mal, con tanto desorden? Quizás aquel destello en los ojos de mi abuela era un reflejo del que ardía en mis propias retinas, deseosas de montarlo todo en planos y secuencias, buscando el momento adecuado para subir la música y fundir a negro.


Sergio del Molino, Lo que a nadie importa, Mondadori, Barcelona, 2014.

[Existir en la memoria...], Sergio del Molino

domingo, 4 de febrero de 2018
Andréi Tarkovski [serie Polaroids]


Existir en la memoria es una de las formas más poderosas de existencia que conocen los humanos.


Sergio del Molino, La España vacía. Viaje por un país que nunca fue, Turner, Madrid, 2016.

[Cuando no queda nadie], Sergio del Molino

miércoles, 15 de noviembre de 2017
En el balcón, Miroslav Hák


Las mejores preguntas se me ocurren siempre cuando no queda nadie para responderlas.


Sergio del Molino, La mirada de los peces, Random House, Barcelona, 2017.

[Para hablar de lo importante], Sergio del Molino

martes, 24 de octubre de 2017
Clavo mal utilizado, Pier Corona


¿No estás mejor, Andrea? No lo estaba, y mis preguntas lo empeoraban. Lo hubiera estado si yo hablase de otra cosa, si me preocupase de veras por las películas de Kieslowski o quien fuere. Pero no sabía hablar de otras cosas para hablar de lo importante. Me faltaba vida para entender la metáfora y el silencio.


Sergio del Molino, La mirada de los peces, Random House, Barcelona, 2017.

[En forma de novela], Sergio del Molino

miércoles, 18 de octubre de 2017
Anna O.


Nuestras vidas, compuestas por un amontonamiento de sucesos, sólo se explican mediante el azar, y somos nosotros, animales narrativos, quienes les damos forma y significado. Así inventamos que tal premio es consecuencia de tal esfuerzo y que tal castigo lo es de tal error. Incluso tenemos refranes que dicen que se recoge lo sembrado, y nos hacemos la ilusión proverbial de que, si esperamos lo bastante, veremos pasar por delante de nuestra casa los cadáveres de nuestros enemigos. Nada de eso es cierto, pero la vida se vuelve insoportable si no se pone en forma de novela.


Sergio del Molino, La mirada de los peces, Random House, Barcelona, 2017.
 

[Nadie me había enseñado...], Sergio del Molino

miércoles, 23 de agosto de 2017
Philippe Ducaté


Nadie me había enseñado a apartarme de los muros a punto de derrumbarse.


Sergio del Molino, Lo que a nadie importa, Mondadori, Barcelona, 2014.

[El paisaje español...], Sergio del Molino

lunes, 11 de julio de 2016
 España, Salvador Dalí


   El paisaje español sigue siendo algo fundamentalmente extraño. Para un europeo, el paisaje es un parque. El paisaje se pasea, se disfruta, se contempla. Un español, en cambio, necesita hacer algo más. Necesita salvar a las gentes que se achicharran en el yermo, necesita llenarlo de árboles, modernizado con autopistas, irrigarlo con canales y pantanos. Un español tiene que intervenir porque le ha tocado un paisaje que no es un paisaje, sino un problema a resolver. Una especie de enigma esotérico que esconde en el polvo la respuesta a lo que se ha sido y se es. En cualquier caso, algo que no forma parte del que observa. Ya sea desde el desprecio del Quijote o desde la redención religiosa de Unamuno y los noventayochistas, un español marca distancias con su paisaje. Y eso quiere decir que las marca también con la gente que lo habita. Especialmente, si ellos proceden de allí. No hay desapego más grande y definitivo que el que siente el hijo de la estepa por su cuna o la de sus padres. Frente al deseo de volver que impregna la literatura de Proust, los españoles tienen el deseo de huir. De ahí, en parte, la identificación de la meseta como un mar de tierra, y sus viajeros corno marineros. Gentes de paso, sin raíces, que surcan parajes extraños en busca de aventuras, nunca en busca del reconocimiento de sí mismos.
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Sergio Del Molino, La España vacía. Viaje por un país que nunca fue, Turner, Madrid, 2016, p. 190.
 

[El anciano que seremos], Sergio del Molino

sábado, 31 de enero de 2015
Te desvanecerás como humo (Bertolt Brecht, "Balada del soldado"), Gerda Kazakou


   La demencia preexiste a lo senil. El anciano que seremos está ya impreso en el joven que fuimos. Si llego a abuelo, me pregunto cuál de todas mis manías hará reír a mi nieto, y si mi nieto se asustará como me asusto yo ahora al descubrir esa estupidez que suponía propia de un viejo chocho en una foto de mis veinte años. Nos resignamos a parecer ridículos en nuestro acto final, pero no soportaríamos la certeza de que no es la edad ni las arrugas las que nos hacen ridículos, sino que la ridiculez estaba ya en nosotros, que nos ha acompañado desde siempre. No debería reconocer ni un solo gesto de mi abuelo en el soldado del retrato y, sin embargo, reconozco demasiadas cosas. Deberían ser personas diferentes, pero son la misma. Mi abuelo estaba ya en el cuerpo de aquel joven, asomando en el bulto de la camisa desabrochada y remangada, como el anciano que seré se despereza en el joven que aún soy, burlándose de mí a través de esta postal que mi abuelo no envió. Me duelen los huesos del reuma que aún no tengo. Se me emborronan los ojos de las cataratas que no me ciegan todavía. Tengo hambre de la sal que el médico aún no me ha prohibido.


Sergio del Molino, Lo que a nadie importa, Mondadori, Barcelona, 2014, pp. 69-70.
 

[La melodía correcta], Sergio del Molino

sábado, 3 de enero de 2015
Chema Madoz

   Nunca escogemos una música a la altura de nuestra condición. Por eso nos quedamos en casa, cada vez más sordos, cada vez más diabéticos, cada vez más barro. Los que encuentran la melodía correcta se marchan silbándola.


Sergio del Molino, Lo que a nadie le importa, Literatura Random House, Barcelona, 2014, p. 204.
  

[Como dijo no sé quién...], Sergio del Molino

lunes, 10 de junio de 2013
Direcciones, Dariusz Klimczak
 
 
   Como dijo no sé quién (puede que fuera Mafalda, la gran apócrifa), lo urgente nunca deja tiempo para lo importante. Siempre se expresa este tópico como queja o disculpa, pero yo lo siento como una ley física, un axioma que permite que el mundo siga funcionando. Si lo urgente nos dejara atender alguna vez lo importante, moriríamos saturados de intensidad. Por eso, los poetas y los filósofos implosionan. Por eso al hidalgo se le secaron los sesos. Porque lo urgente es todo aquello que nos permite desentendernos y seguir vivos. Somos nuestras tareas. Somos los platos sucios, los artículos por escribir, las casas por barrer, los polvos por echar y los recados por cumplir. Somos los plazos de nuestra hipoteca, la declaración de la renta y la llamada al fontanero para que repare la caldera. Somos lo urgente. Sin ello, quedamos reducidos a pura carcasa conceptual, a un cuerpo que pide ser guillotinado por un Robespierre enloquecido.
   Escribió Umbral que apreciaba la ética del trabajo porque su estética es mejor que la del ocio. La estampa de un hombre trabajando es mucho más inspiradora y honda que la de uno en huelga. El ocioso es repelente, pero no sólo en la estética que proyecta. De nuevo, la forma es el fondo. (...)
   Yo no podría quedarme en lo importante. ¿Qué mente resistiría un abrazo eterno con la mujer que quiere. ¿Qué cuerpo soportaría la tensión extrema constante, el dolor inalterable y plano, homogéneo e infinito, de un amor inabarcable e indomable? Es posible que alguien haya sido capaz alguna vez. Titanes ha habido con psiques indestructibles. Pero desearlo es propio de imbéciles. Esos poetas locos que persiguen la intensidad del dolor, inventándose su propia desdicha. Esos imberbes e insoportables que ansían librarse de lo urgente para atender a la importancia de su ombligo. Todos esos aburridos desconocen el poder de lo que invocan y, si se les presentara finalmente la transcendencia que tanto anhelan, no la aguantarían ni un segundo. Huirían dejando una estela de humo como en los dibujos animados. No saben que lo urgente nos libera. La vida nos previene de la propia vida. Por suerte, siempre hay demasiadas tareas por hacer. No es mejor la estética del trabajo. Simplemente, es la única soportable.
 
 
Sergio del Molino, La hora violeta, Mondadori, Barcelona, 2013, pp. 125-126.

[Me despiertan unos pasos...], Sergio del Molino

viernes, 31 de mayo de 2013


   Me despiertan unos pasos aturullados en el pasillo. Al principio los confundo con un sueño, pero enseguida me desvelo por completo. Me tapo con la sábana hasta la barbilla y me quedo muy quieto. Más pasos, carreras. Puertas que se abren, más carreras. Un llanto de mujer. Al principio, ahogado. Ingobernable, después. Más carreras. Deben de haber llamado a todos los médicos y enfermeras del hospital. Órdenes, palabras rápidas, frases de urgencia. Y, al fin, las ruedas de una cama o de una camilla. A toda velocidad. Cierro los ojos cuando siento que pasan por delante de la puerta de la habitación. Desaparecen fuera de la planta, hacia la salida que da a los quirófanos, pero el llanto de mujer persiste. Lo acompaña la voz de una auxiliar que ya conozco. Dice: Venga, ya, tranquila, ya está, ya está, no te asustes, que ya está controlado. Pero la mujer no deja de llorar. Se mete en su habitación y el llanto se atempera, aunque sigo oyéndolo durante un buen rato. No me muevo, no me atrevo a salir de la cama, ni siquiera puedo girar la cabeza para ver a Pablo, cuya bomba escucho a intervalos regulares y pautados. Ya no puedo dormir. Tengo ganas de llorar, pero no quiero que me oiga esa madre. Pablo duerme incómodo, le oigo moverse, aunque no se despierta. La luz del sol ya se filtra por los agujeros de la persiana. La tregua ha terminado y ahora sé perfectamente dónde estoy y qué idioma se habla aquí.


Sergio del Molino, La hora violeta, Mondadori, Barcelona, 2013, p. 32.