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El marino adulto, Aurora Luque

miércoles, 21 de diciembre de 2011
Marino con un banjo, Chad Elliott


EL MARINO ADULTO

No es cobardía acaso ni desconocimiento
la razón de este modo de vivir tan ausente,
despojado de vértigos, abúlico
como la niebla quieta que nadie ve de noche.
Le han preguntado a veces la razón de obligarse
a admitir esos días sin resistencias, lentos
y opacos junto a un libro, la prensa, copas solas.
¿Cuándo la decisión
de vivir lo leído —las pasiones
que podría estrenar, malignas y entreabiertas
como prendas de seda minuciosas,
horizontes supuestamente cálidos
las islas imantadas de los mitos
supuestamente eternos?

Era el miedo a saber del otro lado
del Deseo, la sospecha penosa del marino
cuando se sabe a punto de encerrar
en el círculo azul del viaje inútil
una isla pequeña, demasiado
pequeña para el mapa.
Porque los paraísos se desploman
al pisar el umbral, irremediables
con la primera huella del que acude
jubiloso a vivirlos.
Era el miedo a saber del otro lado.



Aurora Luque, Problemas de doblaje, Rialp, Madrid, 1990, p. 10.

Eau de parfum, Aurora Luque

lunes, 29 de agosto de 2011
El baño, Pierre Bonnard

EAU DE PARFUM

De la infancia, el olor
del musgo en las acequias, del barro, de las moras
y la extrema violencia de aprenderse.

Del mar, la última nota
de la última ola desplegada
antes de regresar y convencernos
de que no habrá sirenas.

De la noche, las leves veladuras
de un perfume italiano
todavía de moda.

De tu cuerpo, el aroma
de libro de aventuras
vuelto a leer; pero también de adelfas
desoladas y ardiendo.

Huele a vida quemada.



Aurora Luque, Problemas de doblaje, Rialp, Madrid, 1990, p. 17.

[Otoño seco...], Aurora Luque

viernes, 6 de noviembre de 2009



Otoño seco.
Será porque los charcos
son interiores.




Aurora Luque, La siesta de Epicuro, Visor, Madrid, 2008, p. 41.

Generación Nocilla, Aurora Luque

martes, 24 de febrero de 2009

GENERACIÓN NOCILLA

Mi infancia son recuerdos
de un vaso de Nocilla.
Unas ondas viscosas de cacao,
la miga que resbala hacia el eje del libro.
(Mi abuela me advertía
que era bueno leer, que era muy bueno,
pero sin duda hablar también lo era).

Las tardes eran hondas, colosales,
muchísimo más duras
de lo que nunca habremos confesado.
La crisálida guarda cuerpos blandos.
Al salir, ya escudados, esperaba el futuro,
producto paralelo —qué ironía—
de calorías huecas,
indigesto y opaco,
industrial y marrón.


Aurora Luque, La siesta de Epicuro, Visor, Madrid, 2008, p. 14.