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Acuarela, Julio Llamazares

jueves, 26 de marzo de 2015
Árboles (acuarela), Matthias Fayos


ACUARELA

Tu infancia espera bajo los árboles que plantaste para recordarla un día.

Por las mañanas se abre como una flor.


Julio Llamazares, Versos y ortigas (Poesía 1973-2008), Hiperión, Madrid, 2009, p. 109.
 

[La vida no tiene vuelta], Julio Llamazares

domingo, 28 de abril de 2013
   

   Pero la vida no tiene vuelta. Como la juventud o el viento, la vida pasa y nunca retorna por más que nos neguemos a aceptarlo, como les sucede a muchos. La vida es un iceberg que resplandece ante nuestros ojos y que se desvanece al punto como cualquiera de esas estrellas que cruzan el firmamento iluminándolo en su camino para desaparecer a continuación. Y así cada minuto y cada día hasta completar el ciclo. Y así cada minuto y cada año de las vidas de todas las personas. ¿Por qué desear, entonces, que los minutos y los años vuelvan cuando sabemos que no lo harán jamás? ¿Para qué sirve la melancolía?
    Nos pasamos la mitad de la vida perdiendo el tiempo y la otra mitad queriendo recuperarlo, me dijo un día mi padre cuando ya a él le quedaba poco. Era en la época en la que ya estaba ingresado en el hospital, aniquilado por la quimioterapia. Yo había vuelto junto a él urgido por la situación y me pasaba los días acompañándolo para ayudar a mi madre, que se quedaba a dormir con él por las noches, y a mi tía, que lo hacía por el día. Desde que me fui de casa, mi padre y yo nos habíamos distanciado mucho (mi padre nunca aceptó la vida que había elegido), pero su enfermedad volvía a juntarnos, aunque fuera ya muy tarde para él. Y para mí. Siempre uno se arrepiente de no haber dedicado más tiempo a hablar con los que más quiere y a tratar de entender sus sentimientos, pero eso siempre sucede cuando ya es tarde. Así me ocurrió a mí y le sucederá seguramente a mi hijo. Es una de las leyes de la vida, de esta vida que vivimos sin entenderla hasta que ha pasado. 


Julio Llamazares, Las lágrimas de San Lorenzo, Alfaguara, Madrid, 2013, pp. 50-51.

Amanecer, Julio Llamazares

domingo, 12 de abril de 2009


AMANECER
(OVIEDO)

El tren se ha detenido en la estación de una ciudad cualquiera.

Tras los amorfos sueños grises de cemento, hay un amanecer metálico y lechoso. Huele a café y a corazón de lluvia.

Una mujer vende tabaco y periódicos del día con la tinta fresca aún.

Voces. Rumor de pasos urgentes.

En los andenes, montones de viajeros y maletas.

Unos obreros suben al último vagón enormes fardos de aburrimiento.

A lo lejos, un hombre pasa silbando una canción con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta.

Cuando el tren se va por fin, su silbido queda clavado en el corazón de la ciudad como un cuchillo.




Julio Llamazares, Versos y ortigas (Poesía 1973-2008), Hiperión, Madrid, 2009, p. 17.