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Mundos paralelos, Etgar Keret

jueves, 28 de febrero de 2013

MUNDOS PARALELOS

   Existe una teoría científica que sostiene que hay millones de universos paralelos a este en el que nosotros vivimos y que todos son un poco diferentes. Los hay en los que nunca has nacido y otros en los que no hubieras querido nacer. Hay mundos paralelos en los que ahora estoy teniendo relaciones sexuales con un caballo y otros en los que acaba de tocarme el gordo de la lotería. Los hay en los que yazco desangrándome lentamente en el suelo del dormitorio y otros en los que soy elegido por mayoría absoluta como presidente de la nación. Pero toda esa variedad de mundos no me interesa para nada en estos momentos. Solo me interesan los mundos en los que ella no esté felizmente casada y no tenga un dulce hijito. En los que esté completamente sola. Hay muchos universos así, estoy convencido de ello. Ahora estoy intentando pensar en ellos. También hay mundos en los que nunca nos hemos llegado a conocer. Pero esos tampoco me interesan en estos momentos. De los que quedan, los hay en los que no me quiere y me dice que no. En algunos con delicadeza y en otros hirientemente. Todos esos tampoco me interesan. Ahora solo quedan los mundos en los que me dice que sí y entre ellos escojo uno, un poco como cuando se escoge un níspero en la frutería. Escojo el más bonito, el más maduro, el más dulce. Jamás ni el mundo más caliente ni el más frío, y vivimos en él en una cabaña del bosque. Ella trabaja en la biblioteca municipal de la ciudad que está a cuarenta minutos en coche de nuestra casa y yo trabajo en la delegación regional de educación, en el edificio de enfrente de donde ella trabaja. Desde la ventana de mi despacho a veces la veo recolocando los libros en las estanterías. Siempre desayunamos juntos. La amo, y ella me ama. La amo, y ella me ama. La amo, y ella me ama. Daría cualquier cosa por mudarme a ese mundo, pero entre tanto, hasta que encuentre el camino que lleva a él, solo me queda pensar en él, que no es poco. Pensar que soy yo el que vive en medio del bosque, con ella, en la felicidad más absoluta. Hay un sinfín de mundos paralelos. En uno de ellos ahora estoy teniendo relaciones sexuales con un caballo, y en otro acaba de tocarme el gordo de la lotería. Ahora no quiero pensar en ellos, sino solo en ese otro, solo en ese mundo de la cabaña del bosque. Hay un mundo en el que estoy echado en el suelo del dormitorio con las venas cortadas, desangrándome. Ese es el mundo en el que estoy sentenciado a vivir hasta que esto termine. Ahora no quiero pensar en él. Solo en ese otro mundo. Una cabaña en el bosque, el sol que se pone, yéndonos a dormir temprano. Y en la cama, mi brazo derecho está intacto, seco, y ella yace sobre él porque estamos abrazados. Se apoya tanto rato en él que empiezo a dejar de notarlo. Pero no me muevo, porque estoy muy a gusto con el brazo debajo de su cálido cuerpo, y sigo estando muy a gusto incluso cuando dejo de sentir el brazo por completo. Noto su respiración en la cara, tan rítmica, tan acompasada, interminable. Ahora se me están empezando a cerrar los ojos. No solo en ese mundo, en la cama, en el bosque, sino también en los demás mundos en los que ahora no quiero pensar. Me encanta saber que hay un lugar, en el corazón del bosque, en el que me estoy quedando dormido siendo completamente feliz.


Etgar Keret, De repente llaman a la puerta, Siruela, Madrid, 2013, pp. 171-172.

Las zapatillas de deporte, Etgar Keret

domingo, 17 de julio de 2011
LAS ZAPATILLAS DE DEPORTE

El Día del Holocausto fuimos con la profesora Sara en autobús, en el 57, a la casa de Yehudi Wohlin, y yo me sentí muy importante. Todos los niños de la clase eran iraquíes menos mi primo, otro niño, Drukman, y yo, pero yo era el único de entre todos al que se le había muerto el abuelo en el Holocausto. La casa de Yehudi Wohlin era muy bonita y lujosa, toda hecha del mármol negro de los millonarios. Había allí un montón de fotos en blanco y negro, muy tristes, y listas y más listas de personas, de países y de muertos. Fuimos pasando por delante de todas las fotos por parejas y la profesora dijo que no las tocáramos. Pero yo toqué una, de cartón, con un hombre flaco y pálido que lloraba y que llevaba en la mano un bocadillo. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas como las rayas pintadas en la carretera y mi pareja, Orit Salam, dijo que se iba a chivar a la profesora porque yo había tocado la foto. Pero yo le contesté que por mí se lo podía decir a quien quisiera, hasta a la directora, porque no me importaba. Que era mi abuelo y que pensaba seguir tocando lo que me diera la gana.
Después de las fotos nos metieron en una sala grande y nos pusieron una película que mostraba cómo metían a unos niños pequeños en unos furgones y después los asfixiaban con gases. A continuación subió a la tarima un anciano muy delgado y contó lo bestias y asesinos que eran los nazis, cómo se había vengado de ellos y que había estrangulado a un soldado con sus propias manos hasta matarlo. Yirbi, que estaba sentado a mi lado, dijo que el anciano mentía, que con la pinta que tenía no había soldado en el mundo al que pudiera hacerle nada. Pero yo miré al anciano a los ojos y le creí. Tenía tanta furia en los ojos, que todas las locuras que cometen los matones del barrio lanzando ladrillos y cosas por el estilo me parecieron un juego de niños.
Al final, cuando terminó de contar lo que había hecho durante el Holocausto, el anciano dijo que todo lo que habíamos oído allí era muy importante, no sólo por el pasado sino también por lo que estaba ocurriendo ahora. Porque los alemanes seguían vivos y todavía tenían un país. El anciano dijo que nunca los perdonaría y que esperaba que tampoco lo hiciéramos nosotros y que ni se nos ocurriera ir a visitar ese país. Porque también cuando él y su familia llegaron juntos a Alemania hacía cincuenta años, todo parecía maravilloso y acabó en un infierno. «Las personas tienen muchas veces una memoria muy corta», añadió, «especialmente para las cosas malas. Prefieren olvidarlas. Pero vosotros no lo vais a olvidar. Cada vez que veáis a un alemán os vais a acordar de lo que yo os he contado. Y cada vez que veáis un producto de Alemania, sin que os importe que sea una televisión, porque la mayoría de los fabricantes de teles son de Alemania, o cualquier otra cosa, siempre debéis recordar que debajo del embalaje en inglés de ese producto se ocultan todo tipo de piezas y tubos fluorescentes hechos de los huesos, la piel y la sangre de los judíos muertos».
Cuando salíamos de allí Yirbi volvió a decir que si ese viejo había estrangulado ni que fuera un pepino él era bombero, y yo me quedé pensando en que estaba muy bien eso de que tuviéramos un Amcor* en casa porque para qué iba uno a complicarse la vida.
Dos semanas después de eso mis padres volvieron del extranjero y me trajeron unas zapatillas de deporte. Mi hermano mayor le había contado a mi madre que eso era lo que yo quería, y ella me escogió las más guays. Al entregármelas como regalo mi madre sonreía, porque estaba segura de que yo no sabía lo que había dentro. Pero yo lo supe al instante, por el logotipo de Adidas que había en la bolsa. Saqué la caja de las zapatillas de la bolsa y di las gracias. La caja tenía una forma rectangular, así como de ataúd. Y dentro yacían dos zapatillas de deporte blancas con tres rayas azules en cada una y en un costado, grabado, Adidas Rom. No me habría hecho falta abrir la caja para saberlo.
—Venga, vamos a ponérnoslas —dijo mi madre, al tiempo que les sacaba los papeles que tenían dentro—, vamos a ver si te están bien.
No dejaba de sonreír, sin entender lo que estaba pasando.
—Esto es de Alemania, ¿lo sabes? —le dije, y le abracé la mano con fuerza.
—Pues claro que lo sé —me sonrió ella—, Adidas es la mejor marca del mundo.
—También el abuelo era de Alemania —me esforcé por darle una pista.
—El abuelo era de Polonia —me corrigió mi madre, y se puso triste por un momento, pero enseguida se le pasó, me calzó una de las zapatillas y se puso a atarme los cordones. Yo permanecía en silencio. Había comprendido que de nada serviría intentar algo. Mi madre no tenía ni idea de esas cosas porque ella nunca había estado en la casa de Yehudi Wohlin. Nunca se lo habían explicado. Así que para ella aquellas zapatillas de deporte no eran más que eso, unas zapatillas de deporte, y Alemania resulta que era Polonia. De manera que dejé que me las pusiera y me quedé callado. No tenía ningún sentido contárselo y ponerla todavía más triste.
Después de decir gracias otra vez y de darle un beso en la mejilla, le dije que me iba a jugar.
—¡Pero con mucho cuidado, eh! —se rió mi padre desde su sillón del salón—. No acabes con las suelas de una sola vez.
Volví a mirar las pálidas zapatillas de deporte que llevaba en los pies. Las miré y recordé todo lo que el anciano que había llegado a estrangular a un soldado alemán nos dijo que debíamos recordar. Volví a tocar las rayas de las Adidas y me acordé de mi abuelo, allí, en el cartón.
—¿Te estan comodas? —me pregunto mi madre.
—Pues claro que le están cómodas —le respondió mi hermano en mi lugar —, estas zapatillas no son unas Hamegaper cualquiera, son idénticas a las zapatillas de Cruyff.
Me dirigí muy despacio hacia la puerta, de puntillas, procurando poner el mínimo de peso sobre las zapatillas. Así fui andando, con mucho cuidado, hasta el parque Kofim. Fuera, los niños del Borochov habían hecho tres equipos: Holanda, Argentina y Brasil. Precisamente en el de Holanda les faltaba un jugador, así que me dejaron entrar a mí, y eso que nunca dejan jugar a ningún niño que no sea del Borochov.
Al principio del partido todavía me acordé de tener cuidado y no chutar con la puntera, para no hacerle daño al abuelo, pero cuando pasó un poco de tiempo se me olvidó, exactamente igual a como el viejo de la casa de Yehudi Wohlin dijo que a uno se le olvida, y hasta metí un gol de bolea en el aire. Sólo que después del partido volví a acordarme y me quede mirandolas. De repente se habian vuelto muy cómodas y como más flexibles, mucho más de lo que parecian en la caja.
—Qué bolea les he hecho, ¿eh? —le recordé al abuelo de camino para casa—, el portero no ha sabido ni de dónde le ha venido.
El abuelo no dijo nada, pero por cómo pisaba pude notar que él también estaba contento.


* N. de la T.: Amcor es una marca israelí de electrodomésticos.

Botas de fútbol, Ricardo Renedo


Etgar Keret, La chica sobre la nevera y otros relatos, Siruela, Madrid, 2006, pp. 105-108.

Que se mueran, Etgar Keret

jueves, 7 de julio de 2011
Tarde en el internado. Laberinto de infancia, Lorena Soledad Véliz Flores


QUE SE MUERAN

Durante las vacaciones de Hanuka mis padres me mandaron una semana a un internado. Ya desde el primer momento odié estar allí y lo único que quería era llorar. Los otros niños siempre estaban contentos y como yo no conseguía entender por qué, tenía todavía más ganas de llorar. Me pasaba el día yendo de las actividades a la piscina con los labios apretados, sin decir ni una palabra, para que los otros niños no notaran las lágrimas en mi voz y se cebaran en mí.
Por la noche, después de que apagaran la luz, me quedaba esperando unos minutos y después corría en chándal a la cabina de teléfonos saltando por los charcos. El frío me abría la boca y de la garganta me salían una especie de sollozos que no parecían mi voz. Eso me asustaba muchísimo. Llamaba a casa y se ponía mi padre. Durante todo el recorrido hasta el teléfono mantenía la esperanza de que fuera mamá, pero ahora, con todo este frío, la lluvia y esos sollozos que me salían de la garganta, ya me daba exactamente lo mismo. Volvió a contestar él y le dije que viniera a buscarme, y en ese momento empezó a salirme un llanto de verdad. Él se enfadó un poco, me preguntó un par de veces qué era lo que pasaba y después me pasó con mi madre. Yo seguía llorando, así que no pude decir ni una sola palabra.
—Ahora mismo vamos a buscarte —dijo mi madre.
Oí a mi padre mascullar algo y a mi madre que le respondía enfadada en polaco.
—¿Me oyes, Dandush? —me repitió—. Ahora mismo vamos a buscarte, quédate esperándonos en tu habitación. Fuera hace frío y estás tosiendo. Espéranos en tu habitación, que ya daremos con ella.
Colgué el teléfono y corrí hacia el portón de salida. Me senté en el bordillo de la acera a esperar a que llegaran. Sabía que les tomaría más de una hora. Como no tenía reloj, intenté calcular el tiempo mentalmente de mil formas distintas. Tenía frío y calor a la vez, y ellos no llegaban. En mis cálculos mentales habían pasado más de doscientos años, el sol ya empezaba a salir, y ellos sin llegar. Los muy mentirosos. Me habían dicho que vendrían. Mentirosos cabronazos, ojalá se murieran. Seguí llorando, aunque ya no me quedaban fuerzas. Al final me encontró uno de los monitores y me llevó a la enfermería. Me hicieron tragarme una pastilla y no quise hablar con nadie.
Al mediodía vino una mujer con gafas que le susurró a la la enfermera al oído. La enfermera movió la cabeza de lado para el otro y le susurró a la mujer en voz alta:
—El pobrecito, por lo visto, lo presentía.
La de las gafas le dijo algo más a la enfermera y ésta volvió a responderle en voz alta:
—Le diré, Doña Bela, que soy una persona instruida y no una cateta del zoco, pero hay cosas que ni la ciencia puede explicar.
Un poco más tarde vino Eli, mi hermano mayor. Se quedó allí en la puerta, cohibido, intentando inútilmente sonreír. Después de hablar un momento con la enfermera, me agarró de la mano y nos encaminamos hacia el aparcamiento. Ni siquiera me pidió que fuéramos a la habitación para recoger mis cosas.
—Papá y mamá me prometieron que iban a venir a buscarme—le dije medio llorando.
—Lo sé —me respondió sin tan siquiera mirarme—, ya lo sé.
—¡Pero no han venido! —me eché a llorar—. Me he pasado la noche esperándolos bajo la lluvia. Son unos mentirosos muy hijos de puta. Ojalá se mueran.
Y entonces se volvió hacia mí de pronto y me dio una bofetada. No de esas tortas que se le dan a un niño para que se calle la boca. Una bofetada en toda regla. Noté cómo los pies se me separaban por un instante del suelo, cómo me elevaba un poco por el aire y después volvía a caer. Me quedé muy sorprendido. Eli era de esos hermanos que te enseñan a pasar bien la pelota jugando al fútbol, no de los que te pegan. Me levanté del asfalto. Tenía el cuerpo entero dolorido y en la boca un sabor salado a sangre. No lloré, a pesar de que me dolía muchísimo la mandíbula. Pero Eli, de repente, sí parecía estar al borde de las lágrimas.
—¡Joder, qué mierda, y ni siquiera sé qué hacer! —dijo desesperado, sentándose en el suelo a mi lado y echándose a llorar.
Después se calmó un poco y volvimos a Tel Aviv en su coche. Estuvo callado durante todo el trayecto. Llegamos al piso en el que vive. Acababa de licenciarse en el ejército y había alquilado un piso con otro chico.
—Tu madre —dijo—, es decir, nuestra madre —los dos permanecimos en silencio—. Papá y mamá, ya sabes —intentó seguir de nuevo, pero se calló.
Hasta que los dos nos hartamos. Yo tenía ya muchísima hambre, porque no había comido nada desde por la mañana, así que nos fuimos a la cocina y el me preparó un huevo revuelto.


Etgar Keret, La chica sobre la nevera y otros relatos, Siruela, Madrid, 2006, pp. 86-8.