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Contra las canciones de opósitos, Luis Alberto de Cuenca
lunes, 19 de diciembre de 2011
CONTRA LAS CANCIONES DE OPÓSITOS
Me he pasado la vida conciliando contrarios.
Pensando: bien y mal no son tan diferentes,
si es muchas veces no, mi amiga es mi enemiga,
el placer duele tanto que parece dolor
y los días de fiesta son días de fastidio.
Me he pasado la vida tiritando en agosto
y muriendo de sed al lado de una fuente.
Pero esto se acabó. No quiero que la risa
se disfrace de llanto, ni que los besos hieran,
ni que la muerte salve, ni que el sol del verano
sea en el fondo sombra y el océano el desierto.
Quiero volver atrás, al tiempo en que las cosas
no eran tan complicadas, y el amor no era odio
y la nieve era nieve, y la paz y la guerra
eran palabras únicas, distintas, inequívocas,
y no la doble cara de un mismo aburrimiento.
Ya no quiero sudar rodeado de pingüinos.
Luis Alberto de Cuenca, Antología poética, Castalia, Madrid, 2008, pp. 146-147.
Tus ojos, Luis Alberto de Cuenca
jueves, 20 de octubre de 2011

TUS OJOS
Y tus ojos, tus pétalos de luz,
aquellos ojos que resumían el estío,
vasijas de pureza,
agonizan de sombra en su prisión de nieve
y de silencio.
El mundo es una catedral helada.
San Petersburgo. Catedral de San Isaac, Irina Khovrina
Luis Alberto de Cuenca, De amor y de amargura, edición, selección y prólogo de Diego Valverde Villena, Renacimiento, Sevilla, 2005, p. 34.
La herida, Luis Alberto de Cuenca & David Mena
sábado, 9 de abril de 2011
LA HERIDA
Nada, ni el sordo horror, ni la ruidosa
verdad, ni el rostro amargo de la duda,
ni este incendio en la selva de mi cuerpo
que amenaza con no extinguirse nunca,
ni la terrible imagen que golpea
mis ojos y tortura mi cerebro,
ni el juego cruel, ni el fuego que destruye
esa otra imagen de armonía y fuerza,
ni tus palabras, ni tus movimientos,
ni ese lado salvaje de tu calle,
impedirán que encienda en tu costado
la luz que da la vida y da la muerte:
tarde o temprano sangrará tu herida,
y no será momento de hacer frases.
Nada, ni el sordo horror, ni la ruidosa
verdad, ni el rostro amargo de la duda,
ni este incendio en la selva de mi cuerpo
que amenaza con no extinguirse nunca,
ni la terrible imagen que golpea
mis ojos y tortura mi cerebro,
ni el juego cruel, ni el fuego que destruye
esa otra imagen de armonía y fuerza,
ni tus palabras, ni tus movimientos,
ni ese lado salvaje de tu calle,
impedirán que encienda en tu costado
la luz que da la vida y da la muerte:
tarde o temprano sangrará tu herida,
y no será momento de hacer frases.
Luis Alberto de Cuenca
LA HERIDA (VARIACIÓN DE UN TEMA DE LUIS ALBERTO DE CUENCA)
Pero se cerró tu herida y de golpe pasaron los días como una bandada enloquecida de cuervos. Pronto, uno tras otro, fueron sucediéndose en fila todos los tipos que he sido para mirarse cómo iban arrojándose, junto a la luz y los recuerdos de aquel tiempo, al fondo de la memoria.
Y puede que tanta palabra resulte inútil, pero te has ido y vuelvo a estar paseando solo en este jardín amargo que forman las horas. Poco más, juntando palabra tras palabra, como un idiota. Tu herida se ha cerrado. Tomo asiento, saco unas cuartillas, busco el bolígrafo de entonces. Pasó aquello que era la vida, ha llegado, me digo, el momento de hacer frases.
Pero se cerró tu herida y de golpe pasaron los días como una bandada enloquecida de cuervos. Pronto, uno tras otro, fueron sucediéndose en fila todos los tipos que he sido para mirarse cómo iban arrojándose, junto a la luz y los recuerdos de aquel tiempo, al fondo de la memoria.
Y puede que tanta palabra resulte inútil, pero te has ido y vuelvo a estar paseando solo en este jardín amargo que forman las horas. Poco más, juntando palabra tras palabra, como un idiota. Tu herida se ha cerrado. Tomo asiento, saco unas cuartillas, busco el bolígrafo de entonces. Pasó aquello que era la vida, ha llegado, me digo, el momento de hacer frases.
David Mena, La novia de King Kong, Berenice, Córdoba, 2011, página 63.
El poeta y la traumatóloga, Luis Alberto de Cuenca
miércoles, 14 de julio de 2010
EL POETA Y LA TRAUMATÓLOGA
Lánguidamente, apasionadamente
(dentro de lo que cabe), se le iban
los ojos a escrutar el intersticio
que separaba las convexidades
de aquella deliciosa traumatóloga.
Él se había caído en la bañera
de forma aparatosa, golpeándose
con profusión en codos y rodillas,
y tenía equimosis en el cuerpo
para dar y tomar, lívidas manchas
que evocaban figuras espectrales.
Ella estaba escribiendo unas recetas
con antiinflamatorios y analgésicos
de todos los colores, y su pecho
se hinchaba y deshinchaba con el ritmo
de su respiración, y aquello era
el mayor espectáculo del mundo
(con permiso de Cecil B. DeMille).
Finalmente lo dijo, sin fisuras
(salvo las de sus huesos), sin ambages,
sin circunloquios, sin afectaciones:
“¿Quieres viajar conmigo al paraíso
cuando me ponga bueno?” “¿Dónde está
ese lugar? ¿Hay que cruzar el charco
para llegar allí? ¿Queda muy lejos?”,
contestó ella, indiferente a todo.
Y siguió rellenando sus recetas.

Luis Alberto de Cuenca, El reino blanco, Visor, Madrid, 2010, página 104.
a Álvaro García
Lánguidamente, apasionadamente
(dentro de lo que cabe), se le iban
los ojos a escrutar el intersticio
que separaba las convexidades
de aquella deliciosa traumatóloga.
Él se había caído en la bañera
de forma aparatosa, golpeándose
con profusión en codos y rodillas,
y tenía equimosis en el cuerpo
para dar y tomar, lívidas manchas
que evocaban figuras espectrales.
Ella estaba escribiendo unas recetas
con antiinflamatorios y analgésicos
de todos los colores, y su pecho
se hinchaba y deshinchaba con el ritmo
de su respiración, y aquello era
el mayor espectáculo del mundo
(con permiso de Cecil B. DeMille).
Finalmente lo dijo, sin fisuras
(salvo las de sus huesos), sin ambages,
sin circunloquios, sin afectaciones:
“¿Quieres viajar conmigo al paraíso
cuando me ponga bueno?” “¿Dónde está
ese lugar? ¿Hay que cruzar el charco
para llegar allí? ¿Queda muy lejos?”,
contestó ella, indiferente a todo.
Y siguió rellenando sus recetas.
Luis Alberto de Cuenca, El reino blanco, Visor, Madrid, 2010, página 104.
Abstinencia, Luis Alberto de Cuenca
lunes, 31 de mayo de 2010
Por el camino verde, Luis Alberto de Cuenca
viernes, 28 de mayo de 2010
POR EL CAMINO VERDE
No he podido dormir.
Brilla un alba rosada en la cuadrícula
de mi ventana abierta,
y sé que hay margaritas,
amapolas, geranios y alhelíes
despertándose en el jardín.
Sigo inquieto y ansioso,
los sonidos de la naturaleza,
queriendo oír tus pisadas en la hierba,
y sólo escucho el viento
que cimbrea los juncos
y hace que me arrebuje entre las sábanas.
Pasan las horas,
lentas como un suplicio antiguo,
y, cuando cae la tarde y la luna despunta,
subo hasta la colina, alfombrada de flores,
y te veo venir por el camino
de mi imaginación,
por el camino verde
donde mueren los cisnes.

Luis Alberto de Cuenca, El reino blanco, Visor, Madrid, 2010, página 36.
No he podido dormir.
Brilla un alba rosada en la cuadrícula
de mi ventana abierta,
y sé que hay margaritas,
amapolas, geranios y alhelíes
despertándose en el jardín.
Sigo inquieto y ansioso,
los sonidos de la naturaleza,
queriendo oír tus pisadas en la hierba,
y sólo escucho el viento
que cimbrea los juncos
y hace que me arrebuje entre las sábanas.
Pasan las horas,
lentas como un suplicio antiguo,
y, cuando cae la tarde y la luna despunta,
subo hasta la colina, alfombrada de flores,
y te veo venir por el camino
de mi imaginación,
por el camino verde
donde mueren los cisnes.

Luis Alberto de Cuenca, El reino blanco, Visor, Madrid, 2010, página 36.
Nadie, Luis Alberto de Cuenca
miércoles, 15 de octubre de 2008
Abro la puerta.
Descubro que no hay nadie
fuera ni dentro.
Luis Alberto de Cuenca, La vida en llamas, Visor, Madrid, 2006, p.79.
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