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[¿Qué lengua...], Peter Handke

martes, 19 de enero de 2016
 Sin título, Mark Rothko


¿Qué lengua era aquella en la que se añadía a la palabra «dolor» un sonido aspirado y significaba «mundo»?


Peter Handke, La Gran Caída, Alianza, Madrid, 2014, p. 172.
 

[Desde que estoy en América...], Peter Handke

viernes, 26 de octubre de 2012

Recuerdo de un viaje, René Magritte



—Desde que estoy en América me acuerdo cada vez más de las cosas —dije, cuando se quedó callada—. Me basta pisar una escalera mecánica para acordarme en seguida del miedo que tenía cuando pisé por primera vez una escalera mecánica. Si llego a un callejón sin salida, me acuerdo inmediatamente de todos los callejones sin salida olvidados en que me he perdido en mi vida. Sobre todo, aquí me resulta evidente por qué carezco de capacidad para recordar todo lo que no sea una situación angustiosa. Nunca tuve nada con lo que pudiera comparar lo que veía diariamente. Todas mis impresiones eran repeticiones de impresiones ya conocidas. Con eso no quiero decir sólo que viajaba poco, sino también que veía a pocas personas que vivieran distintas de las mías. (…) Y esos sueños, en el ambiente en que yo vivía, eran verdaderas fantasías, porque no había nada que correspondiese a ellos, nada comparable que pudiera hacerlos posibles. Por eso mis sueños y mi ambiente nunca han sido muy conscientes en mí, y la consecuencia es que no me acuerdo de ellos. Sólo los momentos de miedo los recuerdo inmediatamente, porque en ellos el ambiente y los sueños, que normalmente carecían de relación entre sí, se convertían súbitamente en una misma cosa. El ambiente creaba el sueño, que a su vez me hacía ver de pronto con claridad ese ambiente sobre el que de otro modo sólo hubiera fantaseado. Por eso mis miedos eran siempre para mí procesos de conocimiento, y sólo cuando sentía miedo prestaba atención al ambiente, buscando signos de que se acercara algo mejor o peor aún, y luego me acordaba de ello. No obstante, esa clase de recuerdos sólo los sufro; nunca he aprendido a provocarlos. Si alguna vez tuve momentos de esperanza, los he olvidado todos.



Peter Handke, Carta breve para un largo adiós, Alianza, Madrid, 1984, pp. 57-58.

[Otro tiempo], Peter Handke

martes, 9 de octubre de 2012
¿Dios juega a los dados?, Adrian Borda


   (…) La mujer del bar dijo que su hijo estaba en el ejército y yo le dije que me gustaría echar otra partida de dados.
   Al tirar me pasó algo extraño: necesitaba unos puntos determinados, y cuando volqué el cubilete todos los dados menos uno se detuvieron en seguida; mientras ese dado rodaba todavía entre los vasos vi centellear en él un instante los puntos que necesitaba y desaparecer luego cuando el dado quedó inmóvil mostrando otros. Sin embargo, ese destello de los puntos exactos fue tan fuerte, que sentí como si hubieran salido realmente, pero no entonces, sino EN OTRO TIEMPO.
   Ese otro tiempo no significaba el porvenir ni el pasado, sino que era por esencia OTRO tiempo distinto del tiempo que de ordinario vivía y en el que se podía pensar hacia atrás y hacia adelante. Se trataba de un sentimiento agudo de OTRO tiempo distinto en el que también debía de haber otros lugares distintos de los que había entonces: en el que todo debía tener otro significado distinto del que tenía en mi conciencia actual, y en el que también los sentimientos eran distintos de los sentimientos actuales, y uno debía de estar en aquellos momentos en el estado en que quizá estuviera la tierra deshabitada cuando después de milenios de lluvia por primera vez cayó una gota de agua sin evaporarse en seguida. La sensación, aunque pasó muy rápidamente, fue tan aguda y dolorosa que seguía viva en la mirada breve y distraída de la mujer del bar, que me pareció en seguida una mirada no parpadeante pero tampoco fija, sólo infinitamente amplia, infinitamente despierta y, al propio tiempo, infinitamente apagada —nostálgica hasta desgarrar la retina y arrancar un pequeño grito— de OTRA mujer en ese OTRO tiempo. ¡Mi vida hasta entonces no podía serlo todo!  Miré el reloj, pagué y subí a mi cuarto.
   Dormí sin soñar nada y profundamente, pero durante la noche sentí en todo mi cuerpo que era esperanzadamente feliz. Solo al amanecer desapareció esa sensación, empecé a soñar y me desperté molesto. (…)



Peter Handke, Carta breve para un largo adiós, Alianza, Madrid, 1984, pp. 25-26.