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Cupido, Ginés S. Cutillas

martes, 14 de febrero de 2012

CUPIDO

Los cinco divorciados lo sorprenden defecando y lo rodean para impedir que huya otra vez. Él, aterrado, avergonzado por la situación, no acierta a mostrar resistencia. Los hombres, entre risas, untan sus heces en el ridículo trapo que lleva para taparse las partes púdicas y se lo meten en la boca. A continuación, sacan una por una las flechas del carcaj y se las van clavando en zonas de su cuerpo no vitales: las dos primeras le clavan los pies al suelo, otra atraviesa el brazo derecho, otra el izquierdo; una flecha cruza de lado a lado los músculos de la pierna derecha, otra los de la izquierda; una más le atraviesa las mejillas, dos más pasan por debajo de las clavículas... Ajeno a su edad, llora como un niño: sabe que esta vez será la definitiva. El hombre más flaco le rocía las alas con gasolina, el de las gafas le aplica una cerilla. Ahora sí que grita, y parte de las heces le resbalan por la barbilla. Es el hombre más grande, quizá por pena, quizá por asco, quien se apiada de él y cogiendo el arco con presteza en mitad del furor de la escena, le revienta la cabeza de un certero saetazo. El cuerpo sin vida se cimbrea hacia delante, sin derrumbarse. El crepitar de las alas y el olor nauseabundo que desprenden lo envuelve todo. Cuando dejan de jadear como perros de presa, el pelirrojo intenta justificar la barbarie que acaban de cometer alegando en voz baja que así no lo volverá a hacer. Los otros, sin aguantarle la mirada, le dan la razón.


La extraña, Ginés S. Cutillas

martes, 9 de agosto de 2011
Sol de mañana, Edward Hopper

LA EXTRAÑA

Me he despertado al lado de una extraña. Aunque lo realmente fantástico es que cada vez que parpadeo aparece una mujer distinta.
Ahora sólo pienso en la manera de mantener los ojos abiertos el día que vuelva a aparecer.



Ginés S. Cutillas, Un koala en el armario, Cuadernos del vigía, Granada, 2010, p. 51.

El final de la infancia, Ginés S. Cutillas

viernes, 24 de diciembre de 2010



EL FINAL DE LA INFANCIA

En el colegio lo tenían claro: los regalos de Navidad eran cosa de los padres. Pablito decía que no, que en su casa era Papá Noel quien traía los regalos en Nochebuena. Estaba tan seguro que los apostó todos con los amigos.

Aquella noche, agazapado tras el árbol, esperó con la pistola de su padre entre las manos a que apareciera un año más el hombre de rojo. Sonreía mientras imaginaba la cara de sus compañeros al día siguiente delante de los calcetines vacíos.






Ginés S. Cutillas, Un koala en el armario, Cuadernos del vigía, Granada, 2010, p. 79.

Contradicciones, Ginés S. Cutillas

miércoles, 24 de noviembre de 2010

CONTRADICCIONES



Anoche llamaron al timbre a las tres de la mañana.

Deseé que fuera ella.

No abrí por si acaso.










Ginés S. Cutillas, Un koala en el armario, Cuadernos del vigía, Granada, 2010, p. 39.

La desesperación de las letras, Ginés S. Cutillas

domingo, 14 de noviembre de 2010

LA DESESPERACIÓN DE LAS LETRAS

Estaba viendo la tele cuando oí un fuerte estruendo detrás de mí, justo en la biblioteca. Me levanté extrañado y fui a comprobar qué era. Una masa inconsistente de papel agonizaba a los pies de la estantería. La cogí entre mis manos y desmembrando sus partes pude adivinar que aquello había sido un libro, Crimen y castigo para ser exactos. No supe encontrar una explicación lógica a tan extraño incidente.

A la noche siguiente, estando de nuevo delante de la televisión, el inquietante ruido. Esta vez, irónicamente, había sido Ana Karenina quien se había convertido en un manojo de papel deforme que yacía a los pies de sus compañeros.

Unas noches más tarde me di cuenta de lo que ocurría: los libros se estaban suicidando. Al principio fueron los clásicos. Cuanto más clásico, más alta la probabilidad de estamparse contra el suelo. Después comenzaron los de filosofía, un día moría Platón y al otro Sócrates. Luego les siguieron autores contemporáneos como Hemingway, Dos Passos, Nabokov…

Mi biblioteca estaba desapareciendo a pasos agigantados. Había noches de suicidios colectivos y yo, por más que me esforzaba, no conseguía encontrar un rasgo común entre las obras kamikazes que me permitiera saber cuál iba a ser la siguiente. Una noche decidí no encender la televisión para vigilar atentamente los libros. Aquella noche no se suicidó ninguno.



Ginés S. Cutillas, Un koala en el armario, Cuadernos del vigía, Granada, 2010, pp. 71-72.