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La pena o la nada, William Faulkner & Nacho Vegas

domingo, 18 de mayo de 2014
Sé que tiempos más duros aún están por venir,
que algunos días de mayo son más lluviosos que los de abril.
Me clavaste ambos ojos, y aún recuerdo en tu voz:
la vida es parte buscar placer y parte hallar dolor.
[...]

Nacho Vegas, "La pena o la nada", El tiempo de las cerezas, 2006.




   Pero después de todo la memoria podía vivir en las viejas entrañas jadeantes: y ahora la tenía a mano, irrefutable y clara, y serena, mientras la primera golpeaba y murmuraba, seca y salvaje, y débil, y en la noche, pero él podía afrontar la memoria, pensando: No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La misma carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejará de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la pena.


William Faulkner, Las palmeras salvajes, Edhasa, Barcelona, 2004, p. 362.

Nacho Vegas - La zona sucia (2011)

martes, 15 de febrero de 2011




1. Cuando te canses de mí
2. La Gran Broma Final
3. Incendios
4. Reloj sin manecillas
5. Taberneros
6. Perplejidad
7. La comedia humana
8. Lo que comen las brujas
9. Cosas que no hay que contar
10. El mercado de Sonora





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Cuando te canses de mí, Nacho Vegas

viernes, 4 de febrero de 2011
Hoy se ha podido escuchar en 'Hoy empieza todo' de Radio 3 a Nacho Vegas, acompañado por Abraham Boba, presentando su nuevo disco La zona sucia. 'Cuando te canses de mí' es una de las tres canciones que interpretaron en acústico, junto con 'Lo que comen las brujas' y la ampliamente difundida 'La gran broma final'.



CUANDO TE CANSES DE MÍ

Te diré, entre tú y yo,
que me dan miedo las tormentas,
que ahora veo que una se acerca
y que en el cielo hubo un temblor.
Y sólo pienso en escapar,
esto se ha puesto muy feo,
tuve un juicio contra reo
y sé que me condenarán.
Desde La Lloca hasta El Musel
te busqué y no te encontraba
y cuando nos vimos las caras
me buscabas tú también.
Y ahora que sigues aquí
¿cómo no vas a cansarte
si de miércoles a martes
ya estoy harto yo de mí?

Me decías lo que media
entre tú y tu soledad,
es un trecho que no puedo abarcar.
Yo le preguntaba al cielo
sin disimular el miedo
cómo voy a vivir
cuando te canses de mí,
cuando te canses de mí.

Y qué más da si esto es el fin,
yo trato de matar el tiempo
y entre tanto lo que el tiempo
intentará es matarme a mí.
Y estas líneas, ya lo ves,
son lo más desesperado
para tenerte a mi lado
que se me ha ocurrido hacer.
Y si me dejas que lo intente
sólo una vez más
me odiarás secretamente
y para siempre jamás,
porque hacen falta, ay, amor,
más de dos vidas enteras
para corregir siquiera
el más mínimo error.

Me decías lo que media
entre tú y tu soledad,
es un trecho que no puedo abarcar.
Yo me pregunté a mí mismo,
sólo a un paso del abismo,
cómo voy a vivir
cuando te canses de mí,
cuando te canses de mí, ay, de mí.

Me decías lo que media
entre tú y tu soledad,
es un trecho que no puedo abarcar.
Yo le preguntaba al cielo
sin disimular el miedo
cómo voy a vivir
cuando te canses de mí,
cuando te canses de mí.

[Te estoy mirando...], Nacho Vegas

martes, 18 de mayo de 2010
Te estoy mirando mientras frotas la Lámpara Mágica. Es preciosa, brillante y de color oro viejo. Lo haces a toda velocidad, con los dedos corazón y anular de la mano derecha. Es algo violento pero no es violento en absoluto. Por tu cuerpo desnudo, tumbado a lo largo, delicado y lechoso y rosado a veces. Porque repentinamente te sacuden varios espasmos, y es entonces cuando al fin sale el genio. Te concederá tres deseos, y tú le pedirás otros tres genios que a su vez te concederán más deseos, y así sucesivamente hasta que los deseos se transforman en un solo Deseo que lo anega todo y que es principio y fin en sí mismo. (Yo me arrodillo, inclino servilmente la cabeza, abro la boca y extiendo los dos brazos al tiempo que tú me agarras por la nuca y empujas con fuerza y mi cara se hunde entre tus piernas y oh Dios Misericordioso das de beber al sediento.)

Nacho Vegas

Ilustración: Pablo Gallo


Pablo Gallo, El libro del voyeur, Ediciones del Viento, La Coruña, 2010, pp. 22-23.

[Para una persona...], Nacho Vegas

miércoles, 9 de diciembre de 2009
La noche en nuestra casa, Dorothea Tanning


Para una persona con una esmerada conciencia de sí misma, el insomnio es, oh paradoja, la mayor de las pesadillas.
Pero hay algo que hace preferible las pesadillas al insomnio, como hay algo que hace preferible el sueño a la vigilia.
De aquellas sólo somos conscientes cuando salimos de ellas, cuando despertamos: sensación de alivio.
La vida, sin embargo, no admite alivio de sí misma, a no ser que optemos por utilizar drogas bien fuertes.
No me digan que su vida es una pesadilla porque les acusaré de ligereza.
La vida es más un vastísimo y doloroso insomnio.



Nacho Vegas, Política de hechos consumados (Relatos, monólogos y poemas), Limbo Starr, Madrid, 2009, página 39.

Maldición, Nacho Vegas

domingo, 6 de septiembre de 2009

Frases de Nacho Vegas

miércoles, 12 de agosto de 2009
De Actos inexplicables (2001)


Este suelo es mi lecho, y mi techo es el cielo gris que aún pretende oscurecer. (El camino)

Las buenas cosas mueren bajo el sol. (El ángel Simón)

No hay nada nuevo bajo el sol, no pretendas más que recordar. (El camino)

Probaré a ser otra persona, probaré a morir un poco y volveré. (Seronda)

Y miro hacia aquellos días y no consigo rescatar nada que me haga volver, y es odioso rebuscar entre el centeno. (El callejón)

Y no olvides que al despertar siempre hay cuchillos en el cajón. (Blanca)

Y otra noche más tú querrás soñar, pero la más pura soledad no se cura con champán y cocaína. (Que te vaya bien, Miss Carrusel)

Ya no sé si merecerá la pena partir hacia otro lugar, ya no sé si con esta lluvia eterna no me habré acostumbrado a la humedad. (Seronda)



De Seis canciones desde el norte (2001)


Nadie te avisó jamás de lo dura que puede ser la verdad. (Baby Cat Face)

Uno ya no está en edad de volar. No, ya no tengo edad para volar y ahora no siento nada. (Noches de verano en la casa gris)


De Miedo al zumbido de los mosquitos (2002)


Desde que ella se marchó allí siempre es invierno. (Añada de Ana la friolera)

Sin ti está mal hecho el mundo. (Brujita)



De Cajas de música difíciles de parar (2003)


Así nuestros pulmones se anegan en un sueño que envenena y que sana. (Noches árticas)

Cuando hayas acabado, no habrás hecho más que empezar. (Todos ellos)

Esta vida iba a ser otra y algo salió mal. (Por culpa de la humedad)

Lejos del hogar, ¿quién se atreverá a hablar de mí mientras yo me canso de esperar la copa que jamás me es servida? (La sed)

Nadie llega tan lejos si no es para seguir. (Monomanía)

Necesito estar en movimiento, ahora que te vuelvo a ver lejos de mí. (Monomanía)

No puedes seguir siempre siendo sólo viento. (Sólo viento)

Sé que puedo encontrar paz y armonía, pero no será, no, en esta vida. (Sólo viento)

Sentado aquí, perdido en mi vida. Sentado aquí y aún huyéndome. (El mundo en calma)

Una cosa na vida ten por segura, ten por segura: al final sólo hai soledá y amargura. (La canción de la duermevela)

Y ahora alcanzo a comprender la tristeza de saber que hay más estrellas en el firmamento y verlas pasar, pasar como el viento. (Sólo viento)

Y si viviera una vez más, ¿me volvería a equivocar otra vez? Sí, no te quepa duda, no, hasta la locura y hasta el dolor. (Gang-Bang)

Y yo me veo casi igual que ahora, que no tengo nada, salvo la certeza del dolor. (Monomanía)



De Canciones desde palacio (2003)


Conozco mi suerte demasiado bien. (La canción de Isabel)

En parte fue mi culpa y en parte fue su forma de mirar. (En la ardiente oscuridad)

Nadie va a mirar por mí esta vez ,cuando el alma se me caiga a los pies. (N.V. contra la industria del disco)

Y tuve que entender que aún hay otra luz que queda cuando en mí se pone el sol. (En la ardiente oscuridad)



De El hombre que casi conoció a Michi Panero (2005)


Fracasé una vez, fracasé diez mil y aún así alzo mi copa hacia el cielo. (El hombre que casi conoció a Michi Panero)

¡Largo ya de aquí! ¿Qué queréis de mí, es mi alma o es mi dinero, si de uno carezco y la otra es una anomalía en esta vida? (El hombre que casi conoció a Michi Panero)

No es fácil coger la mano de alguien que quiere alcanzar el cielo. (Canción del extranjero)



De Desaparezca aquí (2005)


Como buen occidental, sé nadar igual que un pez, un pez en un mar de mediocridad. (Nuevos planes, idénticas estrategias)

Con lo que hay dentro de ti, no estará nada mal si mañana estás aquí. (Nuevos planes, idénticas estrategias)

Déjame que decida que la vida fue el único error; déjame a mi suerte, que no hay muerte si no hay también perfección. (La noche más larga del año)

Lo que en realidad viene a ser lo mismo, lo que por crueldad ahora viene a dar igual. (Ocho y medio)

O puede que sea hora de entrar ya en razón y llegar a comprender que dentro de este horror no hay literatura. (Ocho y medio)

¿Qué se hace para amar lo que quise despreciar ya una y mil veces? (Ocho y medio)

Reescribiendo la espiral de prometer hacerlo bien, de cometer un nuevo error, de no saber pedir perdón o pedirlo demasiadas veces. (Ocho y medio)

¿Soy yo el que no ve o es que todavía no se hizo la luz? (Ocho y medio)

Tracé un ambicioso plan, consistía en sobrevivir. (Nuevos planes, idénticas estrategias)

Trato de encontrar una salida, pero no recuerdo ni por dónde hemos entrado aquí. (Ocho y medio)

Y sé que no querrás volver a confiar en mí; ya nadie confía en la energía nuclear después de lo de Chernobyl. (Nuevos planes, idénticas estrategias)



De El tiempo de las cerezas (2006)


Doy una fiesta a la que asistirá toda la gente a la que he amado, pero llego y no veo a nadie, llego y huele a azufre el aire. (Serie negra)

Entre el dolor y la nada elegí el dolor. (La pena o la nada)

Gente nace y gente muere cada día, los demás nos limitamos a estorbar y jugamos a secretos y mentiras. (Secretos y mentiras)

Jamás te recuerdo porque nunca te olvido. (El rumbo de tus sueños)

La vida es parte buscar placer y parte hallar dolor. (La pena o la nada)

Mi alma se volvió ancla, te oí, cansada de naufragar. (La pena o la nada)

Sé que tiempos más duros aún están por venir, que algunos días de mayo son más lluviosos que los de abril. (La pena o la nada)

Taché los días de calendario en los que nos hicimos daño, y quedaron tres. (Va a empezar a llover)



De Verano fatal (2007)


Hacer siempre lo incorrecto es una forma de acertar. (Verano fatal)



De El manifiesto desastre (2008)


Cuando no tengas nada que hacer y yo pase por tu cabeza, nadie podrá oírte así que piensa en mí como si me quisieras. (Dry Martini S.A.)

Da igual que llegues tarde porque nadie espera por ti. (Mondúber)

El destino es el único accidente posible. (Lole y Bolan)

Hablo solo, bebo té, tomo notas para hacer de mi vida sin ti algo habitable. (Dry Martini S.A.)

Lo único cierto es que lo hecho, hecho está. (Un desastre manifiesto)

Me mudaré a otro sitio, me iré de esta ciudad, pero ahora es de mí mismo de donde me quiero escapar. (Crujidos)

Pero si hay algo que es cierto es que te quiero un mundo entero con su belleza y su fealdad. (Morir o matar)

Pierdo un vuelo, pierdo un tren, pierdo los papeles, y por ti perderé la cabeza poco a poco. (Dry Martini S.A.)

Que es diciembre y no abril el mes más cruel, quién se lo iba a negar. (El tercer día)

Quererte es intentar atrapar con las manos el aire, […] quererte es como obrar un milagro. (Dry Martini S.A.)

Y me pregunto: ¿esto será lo más profundo que te voy a conocer jamás? (Dry Martini S.A.)

Y tus párpados cayendo se me antojan guillotinas. (Morir o matar)



De El género bobo (2009)


Ahora siempre tu tren te espera en el andén; llegas lo pierdes, y te pierdes una vez, y otra vez, y otra vez, y una nueva vez. (Pesadilla genérica)

Al final, te estaré esperando, allí donde acaba este trago amargo. Al final te estaré esperando y me dirás si me he perdido algo. (Al final te estaré esperando)

Cuando me quiero explicar las palabras se esconden en no sé qué sitio, y entonces te escucho igual que el que escucha de lejos el trafico de su ciudad. (Las inmensas preguntas)

Miles de sabios antes lo han dicho y otros lo repetirán: “Hay un deseo que todos tenemos: Sentirnos amados y amar”. (Penúltimo anhelo)

Si hay un final, aguardaré y una vez allí volveré a esperar. (Al final te estaré esperando)

Y aunque estés algo triste al principio yo velaré por ti desde el final. (Al final te estaré esperando)

Ya viví, sufrí y ame, y todo ¿para qué? (Las inmensas preguntas)



De La zona sucia (2011)


Ahora el único silencio es el que me procuran ciertas drogas. (Reloj sin manecillas)

¿Cómo no vas a cansarte si de miércoles a martes ya estoy harto yo de mí? (Cuando te canses de mí)

Como un mar me presenté ante ti, en parte agua y en parte sal. (La gran broma final)

Cuando sabes que algo puede ir mal estallará delante de ti. (La gran broma final)

Dices que hay ciertas conversaciones que prefieres no tener jamás. Bien, por mí perfecto, han sido años de hacerme el loco y de callar. (Cosas que no hay que contar)

Dime, pues, dónde estabas tú cuando como si fuera un espejo se quebró mi sueño, y cada trozo te reflejaba a ti. (Perplejidad)

Dime, pues, dónde estabas tú cuando vi a lo lejos una humareda, como si estuviera ardiendo nuestro amor en algún lugar. (Perplejidad)

Donde hay cenizas hubo un fuego, yo mataría por volver a arder. (Cosas que no hay que contar)

Dura dos años ya este invierno. (Perplejidad)

Es la semana grande de la crueldad, y en nuestro honor celebran una fiesta. (La gran broma final)

Es muy triste no saber gran cosa de la propia vida hasta que ya es muy tarde y no vale la pena todo el esfuerzo por callar. (Cosas que no hay que contar)

Hay quien decía que era grande y fuerte nuestro amor. Y lo era, igual que las Torres Gemelas, allá en Nueva York. (La gran broma final)

Hoy soñé que te tenía otra vez entre mis brazos, de saber que no era más que un sueño no me habría despertado. (Taberneros)

He ido ocupando su sitio, como un silencio su ejército. (Incendios)

Lo que no se puede desunir es lo que nos habrá de separar. (La gran broma final)

Me enfrento a un nuevo desatino, como siempre culparé al destino, porque de otro modo, dime, cómo sino lo podría afrontar. (Perplejidad)

Percibiendo en cada cosa esta misma soledad, que ahora me inunda y que me empuja a recordar hubo otro tiempo, uno mejor. (La comedia humana)

Quisiera y no quisiera, son dos cosas diferentes: quisiera que me quisieras, y yo no quisiera quererte. (Taberneros)

Seré la esfera de un reloj que no tiene agujas. (Reloj sin manecillas)

Si dices "dame tu corazón", me lo arranco y te lo doy. Pero yo digo, amor, "quédate" y tú me respondes "me voy". (Taberneros)

Todo cambia, pero al tiempo sé que todo sigue igual: la misma gente asustada es la que te querrá asustar. (La comedia humana)

Yo creí que nuestro amor era infinito como la arena, ahora sé que lo único inagotable es esta insoportable pena. (Taberneros)

Yo trato de matar el tiempo, y entre tanto lo que el tiempo intentará es matarme a mí. (Cuando te canses de mí)

Y avanzamos en la niebla persiguiendo un nuevo 'no' que consiga distraernos de algo que tiene un sabor como a metálico. (La comedia humana)

Y dónde estabas tú cuando grité mis secretos en el bosque, y nadie respondió, y así volvieron a mí. (Perplejidad)

Y enfocaré mi mente en ti y en lo que nos costará reconstruir hermosas catedrales: de nuevo la realidad se volverá perplejidad. (Perplejidad)



Otras


Donde el silencio se puede tocar y morder. (Marquesita)

Y en su negrura esta noche fatal es perfecta igual que un acorde mayor. (Marquesita)

Canción del extranjero, Nacho Vegas

domingo, 26 de abril de 2009


Morir o matar, Nacho Vegas

domingo, 7 de diciembre de 2008

MORIR O MATAR

Te sentaste justo al borde del sofá,
como si algo allí te fuera a morder.
Dijiste: "Hay cosas que tenemos que aprender:
yo a mentir, y tú a decirme la verdad;
yo a ser fuerte y tú a mostrar debilidad;
tú a morir y yo a matar".

Y después se hizo el silencio, y el silencio fue a parar
a una especie de pesada y repartida soledad.
Y la soledad dio paso a un terror que hacia el final
nos mostró un mundo del que ninguno quisimos hablar.

Y así eran nuestras noches, y así era nuestro amor:
comenzaba en el silencio, continuaba en el terror,
y otra vez de allí al silencio. Dime, ¿para qué hablar
de lo que pudo haber sido y lo que jamás será,
tratando de adivinar qué fue eso que hicimos tan mal?;
si, en fin, se trata de morir o de matar.

Así que si aún andas por aquí
y alguien vuelve a prometerte amor,
con dinero, encanto y alguna canción,
por favor, prepárate para huir.
Vete lejos y limítate a observar
esta escena tan vulgar:

Conoció a unas cien mujeres y a cincuenta enamoró;
conoció a otros tantos hombres y con tantos se acostó.
Y fundió todo el dinero, y la gente se cansó
de escuchar noche tras noche la misma triste canción.

Y ahora ve que el universo es un lugar vacío y cruel,
cuando no hay nada mayor que su necesidad en él.
Y encendiendo un cigarrillo se comienza a torturar,
y habrá cerca alguien gritándole "¡hágase tu voluntad!",
y él: "la culpa solo en parte es mía y en parte lo es de los demás;
de lo que se trata es de morir o de matar,
de morir o matar".

Fue aquella gitana que nos leyó el porvenir.
Dijo "uno es el asesino y el otro es el que va a morir".
Y salimos de allí,
y me miraste asustada, y el miedo sonó en tu voz:
"antes de que tú me mates prefiero matarme yo".

Y emprendiste así tu huida, y yo corrí a mi habitación,
y mezclé en una cuchara el polvo blanco y el marrón.
Y con la sangre aún resbalando te llamé desde ese hotel:
"por favor, entiende que algo no funciona en mí muy bien".
Y al otro lado te oí llorar, y yo seguí, y no colgué,
y me suplicaste "déjame de una vez,
déjame de una vez".

Y tus párpados cayendo se me antojan guillotinas,
y te observaré durmiendo y me pondré a susurrar:
"Nuestras almas no conocen el reposo, vida mía,
pero, si hay algo que es cierto,
es que te quiero un mundo entero
con su belleza y su fealdad.
¿Por qué no puedes aceptar que esto no se trata más
que, amor mío, de morir o de matar,
de morir o matar?".

Moriré, moriré, moriré...
Moriré, moriré, y es lo único que sé.
Moriré, moriré...
Moriré, y cuando lo haga
al fin ya nada va a impedirme descansar,
y así obtendré la santa paz que en vida no gocé jamás,
pues hasta morir la única opción
siempre es matar,
siempre matar.


Teatro Colón, La Coruña, 24 de abril de 2009


No tengo palabras para hablar de esta canción, creo que lo mejor es escucharla y sentir esa amalgama de poesía y música que roza la perfección. Como también es recomendable escuchar el disco entero, El manifiesto desastre, una nueva genialidad de Nacho Vegas.



1. Dry Martini, S.A.
2. Detener el tiempo
3. Junior suite
4. Lole y Bolan (un amor teórico)
5. El tercer día
6. Nuevas mañanas
7. Crujidos
8. Mondúber
9. Un desastre manifiesto
10. En lugar del amor
11. Morir o matar


El hombre que casi conoció a Michi Panero, Nacho Vegas

lunes, 27 de octubre de 2008

Esta canción fue lo mejor del genial concierto de Nacho Vegas y Christina Rosenvinge el pasado viernes 24 en Santiago.

Es hora de recapitular
las hostias que me ha dado el mundo.
Hoy querrán oír mi último adiós.
Bien, poco a poco van llegando
y yo los recibo en batín.

Y unos me llaman chaval
y otros me dicen caballero.
Alguno no se ha querido pronunciar.
Yo una vez tuve un amor,
pero si he de ser sincero
dije no en el altar
y cuando digo no es no.

Fracasé una vez, fracasé diez mil
y aún así alzo mi copa hacia el cielo
en un brindis por el hombre de hoy
y por lo bien que habita el mundo.
¡Mirad, las niñas van cantando!
(Niñas) Shalalaralalá...

Y no me habléis de eternidad.
No me habléis de cielos ni de infiernos más.
¿No veis que yo le rezo a un dios que me prometió
que cuando esto acabe no habrá nada más?
Fue bastante ya...

Nunca fui en nada el mejor,
tampoco he sido un gran amante.
Más de una lo querrá atestiguar.
Pero si algo hay capital,
algo de veras importante,
es que me voy a morir
y cuando digo voy es voy.



Lo he pasado bien, y casi conocí en
una ocasión a Michi Panero,
y es bastante más de lo que jamás
soñaríais en mil vidas.
¡Mirad, las niñas van cantando!
(Niñas) Shalalaralalá...

Dejadme preguntar: ¿Es esto el final?
Y si es así, decid: ¿Me vais a extrañar?
Veo que asentís pero yo sé que no.

Qué lástima, no dejaré
nadie a quien transmitir mi sabia;
consideré insensato procrear.
Y diréis de mí que soy
un viejo verde y cascarrabias,
y diréis muy bien,
y cuando digo bien es bien.

¡Largo ya de aquí! ¿Qué queréis de mí?
¿Es mi alma o es mi dinero?
Si de uno carezco y la otra es
una anomalía en esta vida.
¡Mirad, las niñas van cantando!
(Niñas) Shalalaralalá...

(Muy bien, niñas)

¡Y unos me llaman chaval,
y otros me dicen caballero!
¡Alguno declinó mi oferta para hablar!
¡Yo una vez tuve un gran amor,
pero si he de ser sincero
dije no en el altar,
y cuando digo no quiero decir que no!

He bebido bien, y casi conocí en
una ocasión a Michi Panero,
y ahora brindo en paz por la humanidad
y por lo bien que habita el mundo.
¡Escuchad, os lo diré cantando!
(Viejo) Shalalaralalá...

Hasta nunca...

La canción de Isabel, Nacho Vegas

viernes, 13 de junio de 2008
MARIE, Townes Van Zandt

I stood in line and left my name
Took about six hours or so
Well the man just grinned like it was all a game
Said they’d let me know
I put in my time till the Pocono line
Shut down two years ago
I was staying at the mission till I met Marie
Now I can’t stay there no more

Fella ‘cross town said he’s lookin’ for a man
To move some old cars around
Maybe me and Marie could find a burned-out
Van and do a little settlin’ down
Aw, but I’m just dreamin’, I ain’t got no ride
And the junkyard’s a pretty good ways
That job’s about a half week old besides
It’d be gone now anyway

Unemployment said I got no mote checks
And they showed me to the hall
My brother died in Georgia some time ago
I got no one left to call
Summer wasn’t had below the bridge
A little short on food that’s all
Now I gotta get Marie some kind of coat
We’re headed down into fall

I used to play the mouth harp pretty good
Hustled up a little dough
But I got drunk and I woke up rolled
A couple of months ago
They got my harp and they got my dollar
Them low life so and so’s
Harps cost money and I ain’t got it
It’s my own fault I suppose

The Pocono’s down but the Chesapeak’s runnin’
Two freights everyday
If it was just me I’d be headed south
But Marie can’t catch no train
She’s got some pain and she thinks it’s a baby
Says we gotta wait and see
In my heart I know it’s a little boy
Hope he don’t end up like me

Well, the man’s still grinnin’ says he lost my file
I gotta stand in line again
I want to kill him but I just say no
I had enough of that lime my friend
I head back to the bridge, its getting kinda cold
I’m feelin too low down to lie
I guess I’ll just tell Marie the truth
Hope she don’t break down and cry

Marie she didn’t wake up this morning
She didn’t even try
She just rolled over and went to heaven
My little boy safe inside
I laid them in the sun where somebody’d find them
Caught a Chesapeak on the fly
Marie will know I’m headed south
So to meet me by and by

http://rapidshare.de/files/39706637/Townes_Van_Zandt_-_Marie.mp3.html

Guardé la cola y dejé mi nombre,
Me llevó unas seis horas.
Aquel tipo sonreía como si todo fuera un juego,
Me dijo que ya me avisarían.
Dediqué todo mi tiempo a la línea de ferrocarriles de Pocono
Hasta que quebró hace dos años.
Permanecí en la misión hasta que conocí a Marie,
Ahora ya no puedo seguir allí por más tiempo

Un tipo del otro lado de la dudad dijo que necesitaba a un hombre
Para trasladar unos coches viejos,
Tal vez Marie y yo podamos encontrar
Una furgoneta estropeada y asentarnos de una vez.
Ah, pero estoy soñando, no tengo modo de moverme
Y hay un buen camino hasta la chatarrería.
El trabajo comienza en media semana
Y ya habré perdido mi oportunidad.

En el paro me dijeron que no había más cheques para mí
Y me señalaron el camino hacia la puerta.
Mi hermano murió en Georgia hace algún tiempo,
No tengo a nadie a quien llamar.
El verano no fue tan malo debajo del puente,
Un poco cortos de comida, nada más.
Ahora tengo que conseguir algo de abrigo para Marie
Pues ya se aproxima el otoño.

Solía tocar el harpa de boca bastante bien
Y conseguía algo de pasta
Pero hace dos meses
Me emborraché y me desperté ahí tirado,
Me habían robado mi harpa y mi dinero.
La mala vida es así,
Las harpas cuestan dinero y yo no lo tengo,
Supongo que la culpa es mía.

La línea de Pocono cerró pero ahora funciona la de Chesapeak,
Dos trenes de mercancías al día.
Si por mí fuera me iría al sur,
Pero Marie no puede coger ningún tren,
Tiene algunos dolores y cree que se trata
De un bebé, dice que habrá que esperar para asegurarse.
En mi corazón sé que será un niño,
Espero que no acabe como yo.

El tipo sigue sonriendo cuando me dice que perdieron mi ficha,
Y que tengo que guardar cola de nuevo.
Desearía matarlo pero sólo digo: “no,
Ya he tenido suficiente de esa cola, amigo”
Regreso al puente, comienza a hacer bastante frío
Y me siento demasiado deprimido para mentir,
Supongo que simplemente le diré a Marie la verdad.
Espero que no se venga abajo y llore

Marie no se despertó esta mañana,
Ni siquiera lo intentó,
Sencillamente se dio la vuelta y se fue al Cielo.
Mi niño a salvo en su interior.
Los dejé tendidos al sol donde alguien pudiera encontrarlos
Y me subí a un Chesapeak en marcha.
Marie sabrá que me dirijo al sur
Y vendrá a buscarme más tarde



NACHO VEGAS, El abrigo de Isabel

1

Ya te volveremos a llamar, me dice el tipo sin mirarme a los ojos. Creo que he oído esa frase decenas de veces en los últimos dos años. Salgo de la oficina y me voy caminando junto a las vías del tren hasta llegar a la parada de autobús. Voy palpando en el bolsillo del pantalón mi última paga. En el autobús vacío me desplomo en los asientos de la última fila. Me duelen todos los huesos. Son las ocho de la tarde y esta mañana comencé a las seis a trabajar en las vías. Si hubiera sabido que hoy iba a ser mi último día me hubiera sentado a fumar cigarrillos toda la jor­nada. Pienso esto y me siento ridículo por haberlo pensado. Después de todo, hace tiempo que la línea de ferrocarriles no funciona bien y se rumoreaba que acabaría cerrando. Me due­len los huesos, pero eso pasará. Vuelvo a palpar las cuarenta mil pesetas en mi bolsillo. Una noche volví a casa con menos de la mitad. Le dije a Isabel que me lo habían robado, pero lo cierto era que había estado bebiendo. Ella lo supo y se puso triste. No me dijo nada, pero habría tenido motivos para ponerse hecha una furia. Sólo se puso triste. Ahora vuelvo a casa con menos dinero cada vez que me pagan. Por miedo a que me lo roben o lo pierda, pero en realidad por miedo a bebérmelo.

Esta es mi parada. Al pisar la calle voy pensando en la manera en que le voy a decir a Isabel que ya no tengo trabajo. Éste no es el mejor momento. Dentro de tres meses y medio, en Navidad, nacerá nuestro primer bebé.

Subo las escaleras hasta nuestro piso y me detengo en el rellano. Pego la oreja a la puerta. Isabel está tocando el violín. Toca una pieza que nunca había escuchado. Es triste pero bonita. Me quedo con la cara allí pegada y los ojos cerrados, escuchando.

Isabel toca muy bien. Toca como los ángeles. Yo no sé una palabra de música, pero puedo pasarme horas escuchándola. Tiene un violín viejo, y lo hace sonar de un modo dulce y amargo a un tiempo. Como el lamento de un hada, es lo que yo siempre digo. Ella dice que el instrumento no es muy bueno, pero yo creo que debe valer su buen dinero. Hubo una época, en los momentos más difíciles, cuando yo más bebía, en que estuve tentado varias veces de venderlo. Doy gracias a Dios por no haberme permitido hacer algo tan miserable. Además, Isabel solía ganar algo de dinero tocando en la calle. Se ponía en el muelle, o en las calles peatonales del centro, y siempre se formaba un grupo de gente a su alrededor que acababa depositando unas monedas en el estuche abierto del violín. Pero no vuelto a salir desde que está embarazada. Necesita descansar. También necesitamos dinero, y no pocas veces se empeña en volver a tocar en la calle. Yo sé que tratándose de una mujer en estado la gente echaría más dinero, pero no puedo permitir que lo haga. En una ocasión dos policías dispersaron a la gente y obligaron a Isabel a dejar de tocar y largarse. Había estado tocando durante dos horas sin parar y ellos la insultaron y se llevaron todo el dinero que había conseguido. Cuando me lo contó monté en cólera. Hubiera matado con mis propias manos a esos hijos de puta.

Cuando dejo de escuchar el violín entro en casa. Isabel me mira y sonríe. Su cara es blanca y pequeña, y el dibujo que en ella trazan sus labios rosados me inspira una seguridad que no encontraría en ningún otro rincón del planeta. Hablamos de nuestra situación durante la cena. Al oírla me siento mucho mejor. Ella dice que las cosas cambiarán y yo la creo. Después escuchamos algo de música en la radio. Música clásica, de la que le gusta a Isabel. Yo la rodeo con el brazo y permanecemos así mientras termina el día, y con él todas las cosas ocurridas.

2

Hace un par de años solía hacer kilómetros y kilómetros a diario en mi furgoneta. Repartía comestibles a los pequeños comercios, no sólo de la ciudad sino también de los términos municipales cercanos. Aquello se terminó la tarde misma del accidente. No fue gran cosa, quedé empotrado contra el quita-miedos de la carretera y llevé un collarín durante algunas sema­nas. Pero había bebido, así que perdí el empleo y me retiraron el carné. La parte delantera de la furgoneta, además, había que­dado hecha un acordeón. La grúa me la llevó hasta un aparca­miento improvisado en un solar cercano a nuestro piso. Llevan años anunciando la construcción inminente de una residencia o algo por el estilo allí. Llamé al desguace, donde calculé que me darían diez o doce mil pesetas por la furgoneta. Que estaba demasiado lejos, dijeron. Que no les merecía la pena ir a bus­carla, pero que si me las arreglaba para llevarla yo hasta allí me darían algo por ella. Nunca encontré a nadie que me remolcara la furgoneta y, bueno, ahora puedo decir que me alegro de ello. Llevábamos un retraso de cinco meses en el alquiler de nuestro piso y la casera acaba de alquilárselo a alguien. No la puedo cul­par por ello. Hace un par de semanas Isabel y yo nos vimos obligados a instalarnos en la furgoneta. Y no se está tan mal, pueden creerlo. El dueño del bar que está pegado al que fuera nuestro portal nos deja utilizar los aseos. Ese es un buen hom­bre. Varias veces le he pedido trabajo, aunque sé que a él le pone muy incómodo tener que decirme que no. Que ya verá, que cuando vengan mejores tiempos... De todos modos es un buen hombre.

La furgoneta no es un lujo, pero con un par de colchones casi se puede decir que resulta un lugar cómodo. Siempre me gustó que la parte destinada a la carga fuera amplia. En reali­dad, lo único que verdaderamente me preocupa es el frío. El invierno estará muy pronto aquí, y nuestro hijo con él. El frío y la humedad no pueden ser buenos para Isabel ni para el crío. Pienso que deberíamos marcharnos al sur y probar suer­te en el campo, donde dicen que abunda el trabajo. Pero Isabel no está en condiciones de viajar, no en su estado. En cuanto nazca el niño nos largaremos, ya lo hemos planeado. Dejaremos esto y comenzaremos una nueva vida. Nueva y mejor.

Hemos empezado a acusar el frío, e Isabel no se encuentra bien. Estos días ni siquiera tiene fuerzas para tocar el violín. A base de pequeños trabajos consigo comida para cada día, pero la ropa de abrigo que tenemos es escasa. Apenas un par de jer­seys, mantas y una bufanda.

La empresa de contratación eventual me ha enviado hoy a un lugar por un trabajo para un desguace, moviendo chatarra de un lugar a otro. Creo que es el mismo sitio donde no qui­sieron mi furgoneta. Diez mil por jornada, me dicen, y a mí me parece bien. Llego a unas oficinas de las que veo salir a unos cincuenta o sesenta tipos como yo. No se hablan. Uno detrás de otro, mirándose a los zapatos. En sus rostros se adi­vinan el cansancio y la amargura. Me pongo al final de la cola.

Pasan unas tres o cuatro horas hasta que llega mi turno. El tipo del mostrador es joven y va bien vestido. Me pregunta el nombre, comienza cansinamente a rebuscar entre varios pape­les y me dice que no tienen mi ficha. Yo le digo que es imposi­ble, que la empresa ha tenido que enviarla.

Tendrá que hacerse una ficha, jefe; me dice. Odio que me llamen “jefe”, especialmente en estas circunstancias. Me dice que tengo que volver a guardar cola y sonríe como si todo esto tuviera la menor gracia. Vuelvo a ponerme a la cola. Ahora hay más gente que antes. Tardo cinco horas y ya es de noche, Me emplazan para el día siguiente a las siete.

Yo y otros cinco tipos más nos dedicamos a ir de un lugar para otro en un camión que vamos cargando con chatarra, vie­jos coches siniestrados en su mayoría. Algunos tienen sangre en los asientos delanteros. Me pongo a recordar los tiempos de borracheras, y pienso que esa sangre podía haber sido la mía. Trabajamos hasta que se pone el sol, y al finalizar se me acerca un tipo joven y con buena pinta, parecido al de la oficina, que viste una camiseta de una marca de ginebra. Me da cuatro mil pesetas. Creo que si me quedaran fuerzas me echaría a llorar. El tipo me tiende un recibí y me dice: écheme una firma, jefe. No, tío, ya he tragado suficiente mierda, le digo.

Isabel tiene algo de fiebre. Creía que se trataba sólo de un resfriado pero me temo que ha cogido la gripe. He ido a com­prarle medicamentos. También necesita ropa de abrigo con urgencia. Me voy a dar una vuelta por la zona del centro comer­cial. Entro en el hipermercado y compro naranjas para Isabel. Luego merodeo por las tiendas de ropa que están fuera. En todas hay chicas que no deben de tener más de veintitrés años empleadas como dependientas. Van muy arregladas, con ligera y maquillaje. Me decido. Entro con paso rápido, escojo un abrigo de fieltro negro. No es muy caro aunque es demasiado para mí. Pero abriga y a Isabel le iría muy bien. Hago como que me lo pruebo y con él puesto echo a correr con todas mis fuerzas. Corro como si me llevara el diablo, poniendo toda mi alma en ello. Y cuando estoy a dos metros de la puerta del centro comercial algo duro me golpea en la nuca. Un dolor intenso estalla en mi cabeza. Un flash cegador y siento como si me desparramara por dentro.

3

Cuando recobro el conocimiento me encuentro en una celda de apenas cuatro pasos de largo por dos de fondo. No sé cuánto tiempo llevo aquí pero pasan al menos seis horas hasta que aparece aquel policía. Me lleva hasta un teléfono y me dice que ruedo hacer una llamada, pero lo cierto es que no tengo nadie a quien llamar. Mi único hermano murió en Madrid hace algún tiempo. No hay nadie. El policía se ríe como si todo esto fuera un juego para él. Necesito ir al retre­te con urgencia. Él me lleva y tengo que hacerlo todo con él enfrente, mirándome y riéndose. De repente me fijo en que no tiene mano derecha. En su lugar luce un gancho de hierro. Veo que el manojo de llaves está en el lado derecho del cinturón, y me pregunto cómo me habrá abierto la celda. Él me ve mirar fijamente a su gancho y me dice: ¿te gusta mi mano, mamón?, y luego: ¿quieres probarla a base de bien?, y con la mano izquier­da me agarra del pelo y me echa la cabeza hacia atrás, para des­pués introducir la punta del gancho en uno de los orificios de mi nariz y tirar violentamente de él hasta que, con un dolor inmenso, siento cómo se desgarra la aleta y la sangre comienza a brotar. El tipo me vuelve a encerrar y me deja allí con sólo un rollo de papel higiénico con el que apenas puedo detener la hemorragia. Para evitar que el dolor se apodere de mí totalmente trato de pensar en Isabel, pero me tortura el hecho de no saber cómo están ella y nuestro bebé.

Al cabo de unos días me sacan de allí. No volví a atreverme a mirar el gancho de aquel tipo pero por el sonido de metales rozándose puedo adivinar que de alguna forma abre la celda valiéndose de su dedo de hierro. Cuando me ponen en la calle las fuerzas me flaquean pero echo a correr como un poseso. Dios mío, ojalá no le haya pasado nada a Isabel.

4

Cuando llego a la furgoneta me encuentro a Isabel pálida y tiritando. Al verme rompe a llorar pero sé que se alegra de verme. Alguien le ha robado su violín una noche en que salió a buscarme, y yo me siento culpable por ello. Por suerte el poco dinero que tenemos lo escondemos debajo de uno de los asien­tos y no pudieron encontrarlo. Me quito mi chaqueta tejana y mi camisa de algodón y trato de abrigar a Isabel. Le consigo más medicamentos, agua y algo de comer. Yo trato de mante­nerme en calor bebiendo pequeños sorbos de vodka. Isabel siente unos dolores y creemos que no tardará mucho en dar a luz. Cuando anochece ya no tirita y noto que le ha vuelto el color a las mejillas. Presiento que en unos días se pondrá bien del todo. Doy gracias a Dios, me abrazo a ella para que no coja frío y nos dormimos.

Esta mañana por fin brillaba un poco el sol y la temperatu­ra era tolerable, peto la recordaré como la peor de mi vida. Isabel no se despertó, ni siquiera pudo intentarlo. Tan sólo una débil tos y se fue directa al Cielo, con nuestro hijo a salvo dentro de su vientre. Yo lloro y maldigo. Chillo como sólo lo hacen los hombres desesperados y los torturados, con el acento inconfun­dible de la verdad. Rezo por Isabel y por nuestro niño. Al menos, pienso, no podrá acabar como yo.

Cojo el dinero que me queda y la botella de vodka. Con Isabel en mis brazos abandono la furgoneta de una vez por todas. La gente nos mira a nuestro paso. Hombres jóvenes con sus novias jóvenes y guapas. Hombres canijos y envejecidos con sus mujeres enormes. Ellos, todos ellos. Nos miran y nos juzgan y luego se compadecen. Pero ninguno de ellos tiene la menor idea de lo que es el amor. Dios, yo sí sé lo que es el amor.

Camino durante hora y media con Isabel y nuestro bebé en mis brazos y una carretera comarcal me lleva hasta una zona de fincas. En el prado de una de ellas dejo a Isabel, tendida sobre la hierba. La mañana sigue siendo agradable y su cuerpo se ve precioso al sol. Allí sé que alguien la encontrará. Me despido con un beso. Aún no estás fría. Creo que me iré al sur, Isabel. Las cosas me irán bien y tú lo verás todo desde ahí arriba.

5

Sé que Isabel tiene que estar mejor. Al menos no puede ser peor que esto, no para Isabel, ella no lo merecía. Muchas veces pienso en que debiera haberme ido con ella pero carezco del valor suficiente. Probablemente Isabel tampoco se merecía a alguien como yo. Su único pecado fue darle a la vida más de lo que obtuvo a cambio. Me mortifica pensar en aquel abrigo por el que me encerraron. Si me hubiera hecho con él estoy seguro de que Isabel habría entrado en calor, no hubiera enfer­mado y nuestro hijo habría nacido. Dios, si al menos no hubie­ra cometido la torpeza de intentar robarlo podría haberla cui­dado durante aquellos días en que estuvo prácticamente a la intemperie. Ni siquiera le hubieran robado su violín. Ahora sólo espero que Isabel me sepa perdonar, allá donde esté.

Las cosas en el sur son muy distintas pero no dejo que me vaya mal. El trabajo en el campo es duro y procuro que mis pen­samientos me mantengan ocupado hasta el final del día. Ahora lo veo todo con más claridad y sé que hay una deuda que tengo pendiente. Las noches aquí son claras y despejadas. Cuando miro al cielo y veo una estrella, pienso que es Isabel que me observa, y pienso también en que no tardaremos en encontrarnos.


Epílogo

El diario que precede a estas notas finales pertenece a un manuscrito anónimo que el que ahora les habla compró en un rastrillo de un pequeño pueblo blanco del sur por unas pocas pesetas, allá por 1994. La mujer que me lo vendió me aseguró que ella lo había obtenido comprándoselo a su vez a un hom­bre ciego, cuya piel estaba casi en su totalidad recubierta por un vendaje bajo el que parecían supurar decenas de llagas. A ella le llamó la atención el precioso encuadernado —un hilo grueso y púrpura unía las páginas, y las tapas de cartón estaban forradas con un tejido suave y extraño al tacto, diríase que se trataba de piel humana—, pero me confesó que al ser la letra difícilmente legible y ver que no se vendía, estuvo a punto de quemarlo.

He procurado transcribir la historia tal y como estaba escri­ta, haciendo únicamente alguna corrección sin otra intención que la de facilitar el buen entendimiento del texto. Descifrar lo que en esas páginas estaba escrito fue una tarea ardua, pues por momentos la letra se volvía prácticamente indescifrable, mostrando un trazo tembloroso que adivinaba lo doloroso del momento de su escritura.

El punto en el que la historia original acaba no es, como habrán adivinado algunos, aquel en el que nos hemos detenido. Ocurre que la de por sí difícil transcripción del diario manus­crito tórnase imposible a partir de ahí. Unas manchas oscuras —acaso sangre—, caprichosas por los extraños trazos que dibu­jan sobre las hojas, salpican el texto ocultando fatalmente las palabras escritas.

Esto, por supuesto, no hizo sino aumentar mi curiosidad acer­ca del contenido de las restantes páginas, y tal curiosidad acabó deviniendo en obsesión. Tanto es así, que los últimos siete años de mi vida los he consagrado a la búsqueda de testimonios, de un lado a otro de la península, que pudieran arrojar alguna luz sobre el destino de este hombre anónimo, enamorado y maltra­tado obscenamente por la vida.

He de reconocer que la gran mayoría de mis intentos fueron infructuosos y casi me conducen al desánimo absoluto. Mis esperanzas por encontrar a aquel hombre con vida —pues tal era mi fijación, a pesar de saber en mi fuero interno de mis escasas probabilidades de éxito— crecieron cuando un hombre sureño me aseguró haberle dado trabajo a alguien que podía tra­tarse del Amante de Isabel, que un buen día desapareció y que se rumoreaba que se había dirigido a la costa portuguesa. Y así transcurrieron para mí los años, haciendo caso a cualquiera que quisiera escucharme, siguiendo falsas pistas, caminando en cír­culo, del sur a Portugal, de Portugal a Levante, de Levante al sur otra vez, de allí al norte, del norte al centro... Todo sin ningún resultado palpable.

Al final de mi periplo, una luz fue arrojada sobre este asunto, cuando ya la desilusión comenzaba a ser para mí un modo de vida. Ocurrió en la costa cantábrica, el lugar donde es más probable que la mayor parte de las páginas de este diado fueran escri­tas. Allí, en la ciudad portuaria de Norteña, me topé con un joven y apenas conocido músico, de nombre Nacho Vegas, que aseguraba haber oído la historia del Amante de Isabel. Según él, durante la década de los 90, circuló en forma de romance canta­do que se podía escuchar en oscuros tugurios de las principales urbes del norte, donde músicos de rock la incluían en repertorios en los que sentimientos ocultos en algún oscuro compartimento del alma humana eran vomitados frente a una audiencia general­mente escasa pero siempre atenta. Muchas eran las versiones que Vegas había conocido y muchas las variantes del final que tantos quebraderos de cabeza me había causado en los últimos años, y que seguía ignorando. Él mismo se había hecho eco de una histo­ria que a él también le había sobrecogido, escribiendo una canción que, acompañado sólo de una guitarra española, tuvo a bien tocar para mí —era la primera vez que la compartía con alguien—. Mi asombro fue grande cuando comprobé que las notas de diario que yo conocía estaban reflejadas de una manera sorprendentemente fiel en la canción que escuché interpretar a Vegas, incluyendo un trágico desenlace. Aquello me hizo pensar que debían circular copias del manuscrito con el que yo hace siete años me topara. Quisiera pues acabar esta crónica con la letra de la canción, deseando que la puedan escuchar algún día musicada para poder apreciarla en su totalidad.


LA CANCIÓN DE ISABEL

Me dicen: ya te volveremos a llamar
Pero no lo harán, lo sé muy bien
Estoy en la calle y sólo puedo pensar
En la manera de decírselo a Isabel
Tras la puerta escucho cómo toca en su violín
Algo triste y yo no sé qué vamos a hacer
No es un buen momento pues en Navidad
Nacerá nuestro primer bebé.
Conozco mi suerte demasiado bien
Pero al oír su voz me siento algo mejor
Ella dice que las cosas cambiarán
Yo la abrazo y permanezco así
Y así se esconde el sol
En este viejo coche no se está tan mal
Vivo aquí desde hace un mes con Isabel
Pero el invierno muy pronto llegará
Y nuestro hijo con él
Ya no cobro el paro, Isabel no toca su violín
Hace frío y no se encuentra bien
Vi un abrigo en el centro comercial
No tengo dinero pero me he de hacer con él
Robaré para ella, robaré para Isabel
Lo hago y trato de escapar pero alguien por detrás
Me golpea y me he debido desmayar
Pues despierto en una celda gris
Y no consigo recordar.
Llevo dos semanas sin saber de Isabel
Me dan cuatro hostias y me dejan libre al fin
Vuelvo al viejo coche y me la encuentro tiritando
Está enferma y alguien le ha robado su violín
Me desnudo y con mis ropas la trato de abrigar
Yo manténgome en calor con un poco de alcohol
Le consigo agua y algo de comer
En unos días se pondrá mejor
Pero esta mañana cuando al fin brillaba el sol
Isabel no despertó, siquiera lo intentó
Se me fue con nuestro hijo en su interior
Al menos no podrá acabar
Igual que yo.
Isabel se fue a un lugar mejor
Yo no tuve el valor para ir detrás
Con aquel abrigo habría entrado en calor
Sólo espero que me sepa perdonar
Pero fue mi culpa y por ella pagaré
Hoy estoy en deuda...
Al fin lo veo claro, ahora sé
Cuál es mi misión
Tengo una navaja, esta misma noche haré
un abrigo con mi piel, pondrá Isabel en él.
Queda algo de vodka, aliviará el dolor.
Si comienzo pronto podré acabar al amanecer.

http://www.mediafire.com/?zcnm2phj2cz


NACHO VEGAS, “El abrigo de Isabel”, Canciones contadas, Editorial Km1, Gijón, 2001, pp. 197-215.

Maldición, Nacho Vegas

lunes, 29 de octubre de 2007
Ésta es Maldición, una de las mejores canciones de Nacho Vegas. Narra el tormento de Ezequiel, que arrastra una desconocida maldición que lo conduce a la más desesperada de las decisiones.



Ezequiel, fue un gran error tan sólo regresar. Era pronto y a la gente le cuesta olvidar. Ezequiel respira hondo al descender del tren. Es extraño, nadie está esperando en el andén. Una breve intuición: algo huele a maldición. Pero se dirige a la casa en la que se crió.

Y habla con su madre: -Soy yo, madre, ¿no lo ves?- Madre dice: -Olvida que algún día te engendré-. Y habla con su padre: -Padre, ¿qué ocurre aquí?- Padre no contesta; se limita a maldecir. Ezequiel se acerca al bar; alguien le sabrá explicar. Pero todos callan, todo el mundo calla al verlo entrar.

Dicen que hizo algo y nunca nadie lo olvidó,
pero él no consigue recordarlo
y su vida entera se redujo a maldición
con los años y los años.
Ezequiel, mejor te vas de noche y sin molestar.

Ezequiel se oculta junto a las vías del tren. Necesita una respuesta para no enloquecer. ¿Qué ocurrió un verano negro en su ciudad natal, que la gente ni siquiera se atreve a mencionar? Al alba se va a lavar a un estanque del lugar, y es en su reflejo donde encuentra toda la verdad.

Ezequiel contempla el agua con un rictus de horror. En su rostro encuentra el rostro de la maldición. Llega al fondo de sus ojos, donde ya no hay luz. Puede ver su alma y continúa más al fondo aún. Toma conciencia del mal y su grito suena igual que el de un hombre roto que descubre dentro al animal.

Dicen que hizo algo, algo que nadie olvidó,
pero él no consigue recordarlo
y su vida entera se redujo a maldición
con los años y los años.
Ezequiel, mejor te vas de noche y sin molestar.

Ezequiel comienza a huir, nadie lo va a extrañar. Huye en dirección al norte, le guía el olor a sal. El Cantábrico se muestra en todo su esplendor. Se desnuda y lentamente avanza en dirección al sol. Y decide descansar bajo el manto gris del mar. Las olas lo mecen y duerme eternamente como un viejo zar.

Dicen que hizo algo y nunca nadie lo olvidó,
pero él no lograba recordarlo
y su vida entera se redujo a maldición.
Y ahora espera el Juicio
por los siglos de los siglos.
Ezequiel, descansa en paz en el fondo del mar.