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Las puertas del cielo, Manuel Moyano

jueves, 21 de enero de 2016
 
LAS PUERTAS DEL CIELO

    Nuestro líder espiritual afirmó que aquella pócima nos llevaría al encuentro de Dios. Mis hermanos fueron cayendo uno detrás de otro, con una radiante sonrisa de oreja a oreja, pero yo no dejé que la pócima humedeciera siquiera mis labios: me tiré al suelo y simulé estar muerto. Cuando llegó la policía, era el único superviviente entre los más de doscientos acólitos cuyos cadáveres anegaban el templo. Como no había cumplido aún los quince años, pude rehacer mi vida: me casé, compré una casa y un coche, tuve tres hijos. Ahora trabajo para una empresa de electrodomésticos de nueve a seis, aunque diariamente empleo dos horas en ir y venir de la oficina. Cuando me hallo en mitad de algún atasco, suelo acordarme de las sonrisas beatíficas de mis hermanos en el instante de emprender su viaje. Tal vez —pienso entonces— también yo debí haber ingerido aquel veneno.
 
 
Manuel Moyano, Teatro de ceniza, Menoscuarto, Palencia, 2011, página 27.
 

Ocaso de un imperio, Manuel Moyano

jueves, 7 de enero de 2010

OCASO DE UN IMPERIO

Swift inventó el país de Liliput, poblado por hombres diminutos, y Tomás Moro la isla de Utopía, cuya capital es Amauroto. Yo también me dedico a inventar lugarse imaginarios. Sin ir más lejos, ayer dibujé un círculo con guijarros en el patio y lo nombré Imperio de Chu. Chu es un país árido, sembrado de agujas de pino y habitado sólo por hormigas. Más allá de sus fronteras se extienden parterres con begonias y crisantemos, y también un sendero de grava que conduce hasta la verja de salida, esa verja que siempre permanece cerrada (al menos, para mí). Todos los imperios están condenados a desaparecer: esta mañana, el jardinero arrasó Chu al pasarle un rastrillo por encima. Como me encaré con él, las enfermeras decidieron inyectarme una nueva dosis de tranquilizante.



Clara Obligado (ed.), Por favor, sea breve 2: Antología de microrrelatos, Páginas de Espuma, Madrid, 2009, p. 102.