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La mala suerte, Felipe Benítez Reyes

miércoles, 10 de abril de 2013
La edad de hielo, Iván Cajigas


LA MALA SUERTE

Estaba yo a punto de hundir mi lanza en el corazón del mamut cuando sobrevino de repente la última glaciación.

Felipe Benítez Reyes

Aprendizaje del espejo, Felipe Benítez Reyes

martes, 26 de marzo de 2013
Volvemos a encontrarnos, viejo amigo, Tommy Ingberg


APRENDIZAJE DEL ESPEJO

Llega el momento en que no es verdadera
la imagen que tú ves
ni la que se refleja allí: se trata
de una lectura moral
de lo representado.
                              No eres
ese que eres. No eres tú,
en tus derivas. El espejo adelanta,
como algunos relojes, y se produce
un efecto discordante de anticipación:
la imagen que presagia la final, la venidera,
el punto sin retorno hacia no sabes
dónde, aunque lo sabes,
y toda la extrañeza de quien eres,
y toda la extrañeza de quien fuiste.

¿Lo que viene? Ya ves.
Lo que se fue, ¿de quién era?

Tu tiempo contra ti. Tú desde el tiempo.



Felipe Benítez Reyes, Las identidades, Visor, Madrid, 2012.

La novia, Felipe Benítez Reyes

martes, 31 de agosto de 2010
LA NOVIA

Dadas sus peculiaridades de carácter, a Pablo, hijo único del magistrado Ferré, le buscaron sus padres una novia invisible. La muchacha se llamaba Paulina y había nacido con aquella peculiaridad, para desconcierto de todo el gremio médico europeo de la época, al quedar proscrita la invisibilidad del ámbito de lo científico y acogida en cambio al de lo prodigioso y demoniaco.

La relación entre Pablo y Paulina tuvo, como casi todas, un comienzo apasionado, a pesar de que Pablo se pasaba la mayor parte del tiempo metido en una caja, ya que un mago de circo, bastante inexperto y además de Chiclana, le cercenó gran parte del cuerpo cuando Pablo se prestó como voluntario, en contra del criterio del magistrado Ferré, para el número de los sables. Pero llegó el momento, tal vez ineludible, en que Pablo empezó a imaginar qué cara tendría su novia, y ahí detonaron los conflictos, ya que Paulina acabó sintiendo celos de aquellas caras imaginarias que no podían ser suyas y decidió suicidarse con un trago de arsénico, aunque nunca se encontró su cadáver.




Felipe Benítez Reyes, Formulaciones tautológicas: informes y collages, Zut Ediciones, Málaga, 2010, pp. 37-39.

El taxidermista, Felipe Benítez Reyes

jueves, 26 de agosto de 2010
EL TAXIDERMISTA

Alfonso Heredia fue detenido por practicar la taxidermia de forma clandestina.

En su casa, la policía encontró muchos animales disecados: palomas colipavas y torcaces, hurones y raposas, un basilisco y un tití, una oropéndola y dos esturiones... Incluso una colonia de sapitos de caña había disecado Heredia, y con sus cadáveres primorosos montó una orquesta inmóvil, cada sapo con su instrumento, y uno de pie, con batuta de director.

Un juez condenó a Heredia a prestar servicios a la comunidad y fue destinado como profesor de ciencias naturales a una clase en que los alumnos sólo se interesaban por la métrica latina, por la narratología según Todorov y, como poco, por conceptos como el de narratario intradiegético.

Ante el desdén que mostraba el alumnado por sus explicaciones, Heredia acabó disecando a poco más o menos la mitad de aquellos niños, lo que le valió una condena más llevadera que la de intentar instruir sobre el mundo animal a unos enfermos precoces de literatura.


Felipe Benítez Reyes, Formulaciones tautológicas: informes y collages, Zut Ediciones, Málaga, 2010, pp. 81-83.

Frases del walterismo (y II), Felipe Benítez Reyes

miércoles, 21 de abril de 2010
—Con algunos tramos de nuestra vida pasa igual que con los efectos especiales de las películas anteriores a la Era Informática: un edificio se derrumba o un barco se estremece en medio de la tempestad y se nota perfectamente que se trata de una maqueta. (...) Con algunos tramos de la vida (...) pasa igual: todo parece falso. Un decorado. Unos efectos especiales ideados por un electricista chapucero.

—Los caminos se te ponen a la vista y tú eliges éste o el otro para llegar a la Nada, que es el único sitio al que llevan los caminos que uno elige en la vida.

—La vida... (...) Ese gran microcosmos que miramos con microscopio cuando se trata de nuestro sagrado microcosmos personal y que, en cambio, observamos con telescopio cuando se trata del microcosmos errabundo de los otros, esos flotantes y esforzados asteroides que giran alrededor de nuestra órbita suplicando un poco de existencia real en nuestro pensamiento.

—El pasado es como un perro atropellado en la carretera. Y ese perro eres tú.

—El mundo es como una gran coctelería, con millones de barmen ciegos que experimentan en una tiniebla cosmogónica.

—La memoria ofrece hospedaje de inmediato al horror, a la ridiculez y a la vergüenza.

—El instinto se equivoca a veces. Y a veces el destino se equivoca. Si no se equivocaran, ya no serían ni instinto ni destino: serían las ciencias más macabras del mundo, porque nuestra vida se convertiría en un guión que tendríamos aprendido de antemano: pequeños hamlets con almas mecánicas, diseñados por la empresa multinacional del Hado, camino del Hades o del País de las Hadas, según el caso.

—Todo en la Naturaleza es equilibrio, y no por ninguna clase de ideal estético, sino por la cuenta que a la propia Naturaleza le trae.

—El pelo se te cae. Los glaciares se derriten. Las selvas amazónicas se convierten en desiertos. La tierra es una incesante máquina de destrucción, una compulsiva alopecia general.

—Hay días (...) en que le pegarías fuego a tu propia alma por el simple gusto de destruir algo.

—El alcohol es milagroso: armoniza las desgracias. Arrastras tres o cuatro desgracias, te empapas de alcohol (...) y las tres o cuatro desgracias se convierten en una sola desgracia, en una Desgracia abstracta e inconcreta.

—Cualquier sitio es maravilloso si el sitio en el que estás se convierte en un infierno y comienzas a temer que ese infierno acabe gustándote porque te sientes importante dentro de él.

—El alma humana es como las alcantarillas: no hace falta bajar a una alcantarilla para saber que allí hay ratas.

—La gente se queda inmóvil cuando teme que el mundo se mueva más de la cuenta. Te dan una mala noticia y te quedas paralizado porque el instinto te dice que la realidad sólo adquiere rango de realidad cuando las cosas están en movimiento.

—Te ausentas durante unos días y comienzan a ocurrir cosas que te afectan, porque parece que las cosas están esperando a que tú te quites de en medio para suceder, como si les estorbaras.

—La llegada de la tragedia es tan natural y simple como esa manzana madura que, durante una fracción de segundo, cuelga del árbol por apenas un filamento que no soportaría ni siquiera el peso de una hormiga recién nacida. Y cae.

—Las ciudades tienen el sonido eléctrico de soledades de polo distinto. Soledades que no pueden unirse, porque provocarían un cortocircuito espectacular. (..) El mundo entero va a morirse un día de puta soledad reconcentrada.

—La realidad suele ser un chiste fácil: el jajajá del dios Disléxico.

—La realidad es un espejismo perfecto pero irreal. Tan perfecto, que a veces puede destrozarte la vida. Tan irreal, que hasta parece la pesadilla de un dios drogado hasta las cejas.

—Cuando te pones a recordar, es como si te comieras un ácido: el pasado forma de inmediato en tu cerebro esas olas de alucinación que rompen a millares en la orilla reseca de la memoria —esa playa llena de restos podridos del maderamen de los barcos bucaneros en que surcó los mares el Amor, con su parche en el ojo; el Dolor, con su garfio brillante; la Melancolía, con su pata de palo...

—Los negocios basados en el miedo de la gente casi siempre resultan rentables: la medicina, la mafia, el nazismo o el matrimonio, sin ir más lejos.

—Cualquier vida, vista desde fuera, no es más que la tragicomedia incoherente de un tipo que nace, que duerme en los lechos de la enfermedad y del amor, que recorre los largos pasillos del insomnio y que intenta sostener entre sus dedos temblorosos la estrella fragilísima de la felicidad —siempre a punto de desmoronarse y de caer como un confeti patético a los abismos de la desventura.

—¿Por qué nos pudre el tiempo, como si fuésemos manzanas?



Felipe Benítez Reyes, El novio del mundo, Tusquets, Barcelona, 2008 (1998).

Frases del walterismo (I), Felipe Benítez Reyes

martes, 13 de abril de 2010
Mi nombre es Walter Arias.

(...)

Así es como se manifiesta mi pensamiento, a cuyo fluir denominaré a partir de este instante walterismo. «¿Y en qué consiste ese repentino movimiento filosófico?», se preguntarán ustedes, carcomidos sin duda por ese pavor que les produce en sus pequeños espíritus la aparición de cualquier novedad de alcance cósmico, por corto que ese alcance sea. Pues bien, para ir familiarizándose con el concepto de walterismo, les propongo que repitan al menos cinco veces el siguiente ejercicio mental: imaginen un bosque psicológico lleno de hadas metafísicas de hermosas y largas piernas y lleno a la vez de repugnantes monstruos que vomitan estupores —si me permiten el patetismo— conocidos por los nombres de Miedo, Vergüenza, Rencor o Suspicacia —y completen la lista con cualquier sentimiento manchado con la sangre de un ángel recién nacido al que nos vimos obligados a sacrificar porque tenía las alas deformes.

**************


—Hay días, desde luego, en que si uno inventara un perfume le pondría de nombre Náusea.

—Todo depende del azar, ese cubilete de dados que agita un simio epiléptico.

—Lo frágil que es el mundo: un par de cristales lo deforma.

—El mal humor es una química macarra que nos convierte en un monstruo con el corazón en carne viva.

—La memoria, esa gran dama que es capaz de olvidar hasta su nombre.

—La realidad es una herida profunda e infectada, y los payasos resultan demasiado patéticos cuando resbalan en un charco de sangre.

—La sexualidad no es otra cosa que ese encuentro frontal de al menos dos errabundos fantasmas en un viejo castillo cuyos laberintos apenas intuyó Sigmund Freud: el Alma, esa ensalada de sueños, de frustraciones, de miedos y de titubeantes aspiraciones.

—Si conoces a alguien que sostiene medias teorías, rómpele su socrática nariz de patata de un derechazo aristotélico.

—Los sueños —esa especie de noveluchas escritas por una salamandra—.

—El éxito se basa más en el afán que en el azar.

—El mundo es un carnaval de veras extrañísimo en el que todas las máscaras tienen un casi imperceptible rictus de dolor y de vergüenza.

—La vida tiene dos grandes trechos: un trecho en que uno siente nostalgia del futuro y otro trecho en que uno siente nostalgia del pasado.

—La memoria: esa bolita de ruleta que se detiene en la casilla más imprevista: el 7, el 28...

—Un adulto apenas tiene sueños: ya ha entrado en el club de los arquitectos de pesadillas.

—El miedo es algo así como un alfiler clavado en una uña que se rompe dentro de la uña

—Cuando comienzas a odiar a tus héroes, mal asunto: algo se te está pudriendo por dentro.

—El peligro no es que flote en el aire: es que el peligro es un aire que no para de soplar. Con complejo de tornado.

—Incluso la mentira desenmascarada te da más prestigio que la verdad irrefutable. (Si lo aprendes pronto, te irá bien en el fraudulento y freudiano negocio de la vida.)



Felipe Benítez Reyes, El novio del mundo, Tusquets, Barcelona, 2008 (1998).

Nolugar, Felipe Benítez Reyes

lunes, 1 de junio de 2009

NOLUGAR

Cuando una niebla espese los salones
y el mar sea como el ala de un arcángel
caído que ha llorado eternamente,
cuando surtan las fuentes un crepúsculo líquido
y corte el cielo pálido
la clara reverencia de las nubes,
en esa justa hora en que las sombras
sean doncellas de luto cruzando nuestra casa,
en ese justo instante, cuando todo anochezca,
cuando una niebla espese los salones,
recorra los estantes, ponga sus manos blancas
sobre un libro, serpentee, sea la viva
sierpe que muerde un rostro,
cuando todo sea bruma, cuadro de Patinir,
densa espese la niebla los salones,
cuando nieve.

Paisaje con San Jerónimo (1515), Joachim Patinir


Felipe Benítez Reyes, Libros de poemas, Visor, Madrid, 2009, página 56.

La cosa, Felipe Benítez Reyes

martes, 21 de abril de 2009

LA COSA

Ayer salí de casa temprano, entre otras cosas porque tenía que hacer varias cosas. Nada más pisar la calle, me topé con un conocido: ¿Qué, cómo va la cosa?, me preguntó, y le contesté que bien, que la cosa iba bien, dentro de lo bien que pueden ir las cosas, y me despedí apresuradamente: «Bueno, te dejo, porque tengo muchas cosas que hacer», le dije, pero, como la prisa ajena no suele merecer ningún respeto, me retuvo: «Solo una cosa, mira…», y me contó una cosa.

Al poco, me crucé con otro conocido: ¿Cómo te van las cosas?, me preguntó, ignoro para qué, y al pronto me quedé dudoso, porque aquel conocido se interesaba por mis cosas en plural, que es una categoría aún más abstracta que la que representa la cosa en singular. De todas formas, para no contradecirme con respecto a la respuesta que le había dado al primer conocido, según la cual la cosa en singular iba bien, pensé que asegurarle que las cosas en plural iban bien no suponía ninguna incoherencia, de modo que le dije que bien, que las cosas en plural iban bien.

Llegué a un negociado municipal: ¿Se le ofrece alguna cosa?, me preguntó el funcionario, y le expuse la cosa pertinente. ¿Alguna otra cosa? Pero no, yo no disponía de una sola cosa afecta a ese negociado. Al salir, me crucé con un tercer conocido: «Tengo una cosa para ti. Ya te la llevaré algún día, porque ahora tengo muchas cosas entre manos», me dijo, y me dejó intrigado por la esencia y condición de esa cosa críptica, y experimenté durante unos minutos ese tipo de angustia que suelen suscitar los misterios cotidianos y triviales.

Poco después me crucé con un cuarto conocido: «Tengo que decirte una cosa, pero ahora no me acuerdo de qué cosa se trata», me informó, de modo que la angustia que me atenazaba el ánimo a consecuencia de esa cosa ignota que el tercer conocido tenía que darme fue reemplazada por la angustia novedosa de esa información imprevisible que el cuarto conocido me daría en cuanto pusiera un poco de orden en su memoria.

Entré en una sucursal bancaria. Tenía cita con el director desde hacía cosa de un mes. «El director ha tenido que ir a una reunión en Cádiz y luego iba a hacer varias cosas en Chiclana», me informó el interventor, que, en ausencia del director, sostiene el cetro de ese pequeño país de comisiones e hipotecas. Como es lógico, protesté por aquella informalidad. «Así son las cosas», sentenció el interventor regente, asumiendo de ese modo la fatalidad intrínseca que determina el rumbo de las cosas, sujetas a las leyes arcanas.

Al pasar por una plaza, vi a un anciano que se apoyaba angustiosamente en una farola. «¿Le pasa a usted algo?», le pregunté, y el anciano me dijo que, de pronto, le había entrado una especie de cosa mala por el pecho, y aquello me sobrecogió, porque suponía la evidencia de la malignidad de la cosa, de su capacidad diabólica para herir o matar, y sentí miedo de la cosa. De manera que, como quien no quiere la cosa, volví sobre mis pasos y entré en casa.

Felipe Benítez Reyes, Oficios estelares, Destino, Barcelona, 2009, páginas 319-321.

La voz tras el cristal de color ámbar, Felipe Benítez Reyes

domingo, 12 de abril de 2009

LA VOZ TRAS EL CRISTAL DE COLOR ÁMBAR

Cuando le diagnosticaron la enfermedad, decidí cerrar el negocio para poder cuidarla durante el tiempo que le quedase, pues, aunque el tiempo sea para todo el mundo una cuenta atrás, esa cuenta suya era ya muy breve, según el especialista.

Por las noches, le leía yo novelas protagonizadas por faraones embrujados del Egipto o por emperadores lascivos y altaneros de la Roma imperial. Le cogimos afición a eso, y era como desviarla un poco no del camino de la muerte, pero sí al menos del pensamiento de la muerte.

A veces, cuando la medicación le provocaba debilidad en el entendimiento y le fijaba los ojos en un punto inconcreto del vacío, le leía alguna de esas revistas que suelen entrevistar a princesas y a banqueros que están a bordo de un yate blanco o subidos a un caballo también blanco, siempre junto a mujeres tan guapas que parecen sacadas de un sueño de ilusiones dolorosas. Aquello de lo que se hablaba en esas revistas es posible que fuesen banalidades, no soy yo quién para juzgarlo, pero reconozco que nos gustaba leerlas, porque suponía la comprobación de lo mucho que nos habíamos perdido de la vida y del mundo, pero también la certeza de que todo eso que nos habíamos perdido no nos importaba lo suficiente como para convertirnos en personas rencorosas.

Nuestro piso es amplio, pero siempre ha sido caluroso a la vez que umbrío, porque tiene pequeñas las ventanas, y a ella no le venía bien el aire acondicionado, así que, durante buena parte de julio y todo agosto, salíamos por la noche a la terraza y nos sentábamos allí durante un par de horas para respirar el aire limpio de la ciudad casi vacía y también para enfriarnos un poco los pulmones, que se debilitan por el exceso de calor, y allí le leía las novelas de fantasías impensables, o las revistas.

Al principio no nos dimos cuenta.

No hacía ningún ruido. No tosía. No fumaba. Nada delataba su presencia intrusa y nada nos hacía sospechar que estuviese allí, en la terraza contigua, oyendo lo que yo leía para ella. Pero estaba, y podía llevar allí mucho tiempo sin que lo hubiésemos notado.

Lo descubrí por casualidad, que suele ser el modo en que las cosas se descubren tanto en las ciencias de veras importantes como en las situaciones sin importancia ni relieve.

El caso es que pusieron farolas nuevas en la calle, y el resplandor de una de ellas delató a contraluz, recortada en el cristal esmerilado de color ámbar que separa nuestros tramos de terraza, la silueta del intruso.

Ella se sobresaltó cuando le señalé aquella sombra, pero me llevé el dedo a los labios con prontitud, antes de que dijera algo ofensivo o inconveniente, pues los medicamentos estaban alterándole su carácter natural y yo mismo tenía que obligarla a veces a que se tomara una dosis doble de neurolépticos para que volviera si no a su ser, sí al menos a su limbo.

No podíamos dejar de salir a la terraza por las noches, a pesar de la presencia del intruso, porque fue mucho el calor que trajo aquel agosto. Los pulmones se le calentaban de manera alarmante durante el día, y el médico me había encomendado la tarea de enfriárselos lo más posible con estancias prolongadas al aire libre. Así que seguimos saliendo a la terraza para leerle lo que aquel día aconsejase su estado: las fantasías de los libros o las fábulas sociales de las revistas. Lo único que podía hacer era rebajar el volumen de mi voz cuando veía la silueta del intruso recortada en el cristal de color ámbar. Yo leía para ella, no para él, pero él tenía derecho a estar allí, y nadie puede obligar a nadie a renunciar a sus derechos.

Noche tras noche, sin saber que veíamos su silueta, se sentaba él a escuchar mi lectura en voz alta. Nunca tosía. Nunca arrastraba siquiera una silla. Pero yo bajaba el volumen de voz, hasta hacerla tal vez un poco espectral y poco alegre, y luego me notaba irritada la garganta, y notaba también que ella no siempre se reía al llegar a un pasaje cómico, no sé si porque no me oía bien o por estar padeciendo en ese preciso instante un presentimiento pasajero de muerte.

Septiembre vino también cálido, de modo que continuamos saliendo durante casi todo ese mes a la terraza, aunque ya un poco más temprano y con algo más de abrigo, y allí seguía el intruso.

Octubre vino por el contrario muy cambiante, y ella no podía exponerse a esas oscilaciones brusquísimas, así que dejamos de salir por las noches a la terraza y pude recuperar el volumen natural de mi voz al leerle las fantasías.

Luego vino noviembre, que es un mes de malos presagios, pero que nosotros sorteamos con éxito, y luego diciembre, que se la llevó, porque se trata de un mes al que sobreviven muy pocos enfermos, tal vez por el frío en sí o tal vez por la melancolía que promueve el frío en los enfermos, que suelen confundir el frío con la muerte y se vienen entonces abajo, según dicen algunos.

Abrí de nuevo la heladería, a pesar del frío, porque la gente ya ha perdido el miedo a los helados durante el invierno: sólo hay que dejarlos un rato a temperatura ambiente para que desaparezca no el helor que les da carácter, sino la violencia de ese helor. Basta con eso.

Volver a casa ya no era lo mismo y lo hacía siempre a horas irregulares, aunque por lo común tardías, pues siempre les viene bien el pasear a los viudos y a los ociosos, que de ese modo dan tregua al pensamiento.

Una noche de tantas, me crucé con un vecino en la puerta del bloque. Él sabía quién era yo, pero yo no sabía que se trataba del intruso, aunque no tardé en saberlo: «Vivo en el primero B», me dijo. «Yo en el primero A». Y ahí comenzó todo.

Cuando, en nuestro segundo encuentro, me invitó a cenar en su casa, no supe qué decir, de modo que opté por la solución que me ocasionaba menos conflictos en ese instante: aceptar su invitación con agradecimiento.

Y cené en su casa.

Él insistió en que no me moviera, en que me quedara sentado sin preocuparme de nada, porque era su invitado. De modo que fue sirviéndome unos platos que me supieron bien, y también me sirvió el vino, que era algo bronco pero bueno. A los postres, me anunció que la tarta de arándanos y queso la había hecho para mí, y me obligó luego a llevarme lo mucho de esa tarta que sobró, alegando con insistencia que la había hecho especialmente para mí y que la tarta era mía.

De él me extrañaba todo, pero me extrañaba especialmente el hecho de que, a pesar de su edad, no tosiera. «Será de pulmones fríos», pensé, porque yo sé lo que es tener unos pulmones de naturaleza cálida, y sé lo que es toser a causa del calentamiento de los pulmones, cuando sientes en ellos una especie de magma. «¿No tose usted?», y él negó sonriente con la cabeza.

Al día siguiente, me invitó de nuevo a cenar. Y cenamos muy bien. Y él se encargó de servir y de recoger los platos.

Al día siguiente me dijo que le gustaría pasear conmigo. Y paseamos juntos, y me pedía que le hablara: «Me gusta mucho su voz. Me va a tomar usted por un exagerado, pero podría pasarme la vida entera oyéndole hablar...».

A veces se venía a pasar la mañana o la tarde a la heladería, y allí se sentaba, y me pedía que le hablase. De cualquier cosa: «Me gusta oír su voz, sencillamente».

Noté que se echaba mucha colonia cuando me invitaba a cenar por ahí. Noté también que sabía de muchas cosas, aunque nunca supe de qué clase de cosas se trataba, porque él se empeñaba en que hablase yo: mi voz le gustaba mucho, según no se cansaba de repetir cuando le pedía que hablase un poco con él.

Acabé entrando con frecuencia en su piso y él en el mío. Me dijo que despidiese a la limpiadora, que no la necesitaría mientras él tuviese un poco de salud, y me negué a aquello, pero él insistió, de modo que despedí a la limpiadora, y un par de veces por semana me limpiaba él el piso, y me iba cambiando con buen gusto las cosas de lugar, porque tenía la magia de dar realce a los objetos con sólo modificar su posición o su combinación, y llenaba todo de flores y quincalla.

«¿Nunca ha pensado usted en vivir con alguien?», me preguntó un día, y aquella pregunta me cogió por sorpresa, porque la verdad es que nunca me la había hecho a mí mismo desde que murió mi mujer, quizá porque la respuesta negativa se anticipaba a la pregunta. «Creo que podría estar siempre a su lado, oyendo su voz. Porque no sé si le he dicho que tiene usted una voz preciosa. Y lee con mucha amabilidad.»

Un día me sentí obligado a confesarle que le veía a través del cristal de color ámbar cuando salía a la terraza con mi difunta mujer a leerle novelas o revistas. También creí necesario confesarle que bajaba el volumen de voz no tanto para que él no me oyese como porque me intimidaba su presencia. «Sus susurros también me parecían muy hermosos. Un hombre que sabe susurrar oculta muchas cosas en su corazón, y a los demás nos interesa descubrir cuáles son esas cosas», me dijo.

Él me había dado confianza, pero yo le había cogido miedo, porque no lograba entender la razón de aquella confianza que me daba. Le dije: «Usted está confundido con respecto a mí. No me gustan las fantasías de los libros. Yo sólo estaba dando alivio a una enferma. No tengo nada especial dentro de mi corazón, y mi voz es como la de cualquiera». Él me sonrió. «Ya sabe dónde estoy. Le estaré esperando», me dijo. Cogió del jarrón azul que me regaló por mi cumpleaños uno de los claveles blancos que él mismo me había llevado esa mañana —el tallo mojado goteó sobre su zapato derecho— y se fue.

Hace mucho calor, aunque aún falta para que llegue agosto. Cada noche salgo a la terraza y allí está él, sin fumar, sin moverse y sin toser. Mirándome a través del cristal de color ámbar. Mirándole yo. Frente a frente. Sin ninguno entender lo que nos ocurre.



Felipe Benítez Reyes, Oficios estelares, Destino, Barcelona, 2009, pp. 237-243.

Otoño de 2003, Felipe Benítez Reyes

viernes, 5 de diciembre de 2008


OTOÑO DE 2003

La caída mecánica de un oro evanescente:
la horajasca sin rumbo que naufraga en el viento.
Y esta serenidad de una abstracción que muere
en las manos del frío, con sus uñas de hielo.
Y el temblor de las hojas. Y el temblor de las fuentes:
el agua prisionera que rompe su silencio.
Y esa luna suicida entre nubes de éter.

Y el tiempo que se va para ser tiempo.



Felipe Benítez Reyes, La misma luna, Visor, Madrid, 2007, p. 13.

Kasida y Rondó, Felipe Benítez Reyes

martes, 15 de enero de 2008

KASIDA Y RONDÓ

Las ciudades sin ti no las recuerdo
Son las flores cerradas del mundo
Las ciudades sin ti no tienen nombre
Las ciudades sin ti no las recuerdo
La noche solitaria que parece
Tan sólo una tiniebla vagabunda
La noche en que no estás tiembla mi noche
Si el vacío me mira con tus ojos
Vale más el vacío que la vida
Si me mira el vacío con tus ojos
La noche en soledad corrompe sueños
La noche en que no estás tiembla mi noche


Felipe Benítez Reyes, El equipaje abierto, Tusquets, Barcelona, 1996.