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El compañero, Juan Rodolfo Wilcock

jueves, 10 de marzo de 2011
El muñeco colgante, Scattergood-Moore

EL COMPAÑERO

Con trapos, paja y una vieja máscara de carnaval, Beraum se ha hecho un muñeco que lo acompaña sin molestarlo. Por todas partes, en el apartamento, ha tendido cuerdas, de una pared a otra, y también de un cuarto a otro; ha puesto un gancho en la cabeza del muñeco, y así puede colgarlo donde quiere, o bien arrastrarlo de la mano cuando cambia de habitación. Desayuna y come con el muñeco, porque desde chico le han enseñado que comer en compañía favorece la digestión. No se lo lleva a la cama, pero antes de acostarse lo recuesta en el diván, con una almohada bajo la cabeza; cuando apaga la luz le da las buenas noches y lo primero que hace cuando se despierta es preguntarle si ha dormido bien; hace algún comentario sobre el tiempo, después se levanta y vuelve a colgarlo de una cuerda.

El muñeco es decididamente inanimado; no responde a las preguntas, no se interesa por lo que Beraum le cuenta, no tiene deseos, en suma, podría perfectamente ser el mango de una escoba en vez de un muñeco acolchado, con la ventaja de que un mango de escoba resultaría más liviano al moverlo. Pero sus vagos parecidos humanos, agregados al hecho de que Beraum es extremadamente miope, le confieren una cierta personalidad, al menos a los ojos de su dueño. Después de todo, hay tantas parejas que consiguen vivir juntas, a fuerza puramente de ganchos y cuerdas.


Juan Rodolfo Wilcock, El estereoscopio de los solitarios, Edhasa, Barcelona, 2000, pp. 158-159.

La sirena, Juan Rodolfo Wilcock

viernes, 21 de enero de 2011
LA SIRENA

Otras sirenas habitan en grandiosas grutas submarinas, en donde las anémonas naranja, las estrellas rojas y los erizos marrones vuelven todavía más claras y azules las aguas, y los peces multicolores ostentan colas de pájaros tropicales, célebres costados de finos metales. Ella en cambio es la única sirena de este río cenagoso, ancho, turbio y lento, y se aloja debajo de los restos negruzcos de un barco hundido, un montón de madera podrida encastrada en el barro, entre cajas oxidadas, botellas, zapatos viscosos y peces planos con los ojos en la espalda, repugnantes. Ni siquiera consigue mantener limpios sus cabellos; tiene solamente un viejo peine, roto, de plástico negro, que siempre se le enreda con alguna porquería, pedacitos de papel, cáscaras de naranja, cordones que el río arrastra en su imparable indiferencia. Y así la sirena está siempre sucia, desgreñada, y cada vez que se atreve a salir a la costa a peinarse y a sacarse de las escamas las costras de barro pegajoso, los niños del lugar le tiran basura, los hombres le proponen porquerías, y un domingo fue un cura con tres mujeres vestidas de negro a exorcizarla, agitando una cruz. Por eso decidió no hacerse ver más dando vueltas por ahí; pero el problema más serio es la planta química recientemente inaugurada aguas arriba, que cada tanto arroja en el río desechos irritantes. Ahora la sirena tiene tos, y sobre todo le pica la parte humana de su cuerpo; debería mudarse al valle, más cerca de la desembocadura, pero allí el agua sabe a mar y ella no puede tolerar la salobridad. Más arriba, en cambio, la corriente es demasiado fuerte, hay que nadar todo el día para permanecer en el mismo lugar, no se descansa ni siquiera de noche. Nadie se ocupa de la sirena solitaria, salvo un empleado de la municipalidad que de tanto en tanto se presenta a reclamar el depósito de ciertos impuestos que ella de ninguna manera puede pagar. Entre la fábrica de abono y el hombre de los impuestos, la última sirena del río está muy deprimida y ya van dos veces que ha intentado suicidarse, con esos tubitos de barbitúricos que en primavera arrastra la crecida.

La invención colectiva, René Magritte


Juan Rodolfo Wilcock, El estereoscopio de los solitarios, Edhasa, Barcelona, 2000, pp. 82-83.

La lectora, Juan Rodolfo Wilcock

miércoles, 15 de diciembre de 2010
LA LECTORA

Una gran gallina ocupa el departamento; es tan grande que, en el intento de pasar de una habitación a otra, ya ha derribado algunas puertas. No es que sea muy inquieta; es una gallina intelectual, y pasa casi todo el tiempo leyendo. De hecho, es consultora de la editorial A; el editor le manda todas las novelas que aparecen en el extranjero, y la gallina pacientemente las lee con el ojo derecho, porque no puede leer con los dos ojos al mismo tiempo: el izquierdo permanece cerrado, bajo su hermoso párpado gris aterciopelado. De tanto en tanto la gallina refunfuña algo, porque la letra es demasiado pequeña para ella; o bien hace clo-clo y bate las alas, pero nadie puede decir si lo hace de placer o de aburrimiento. De cualquier forma, cuando un libro no le gusta, la gallina intelectual se lo come; después la editorial A manda a un inspector a recoger el resto –que ella deja esparcido por toda la casa– y lo publica. Esto, en el pasado, dio origen a algunos equívocos: libros que eran encontrados dentro de un armario, cuando ya habían sido publicados por otro editor, con un éxito deplorable. No obstante esto, es la gallina más autorizada de la industria literaria.

No sabemos cómo deshacernos de ella; además de derribar las puertas nos ensucia las habitaciones; y la sirvienta amenaza con irse si no se va la gallina. Y sin embargo es un animal tan inteligente, sus juicios son tan exactos, sus costumbres tan inofensivas; a las seis de la tarde se sube a su diván, se instala, cierra los ojos y duerme, sin molestar más a nadie; ni siquiera se mueve para hacer sus necesidades. Por la mañana nos levantamos y la encontramos ya en el comedor, ocupada en leer al último ruso de Siberia o al último sudamericano. Y nunca puso un huevo.




Juan Rodolfo Wilcock, El estereoscopio de los solitarios, Edhasa, Barcelona, 2000, pp. 53-54.

Los amantes, Juan Rodolfo Wilcock

sábado, 11 de diciembre de 2010
Los amantes, Marc Chagall


LOS AMANTES

Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de las llamadas del mundo. Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros místicamente entrelazados.

La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando se despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.



Juan Rodolfo Wilcock, El estereoscopio de los solitarios, Edhasa, Barcelona, 2000, pp. 173-174.