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Ser como de la familia, Flavia Company

lunes, 26 de diciembre de 2011
Casa giratoria, Paul Klee


SER COMO DE LA FAMILIA

Me fui con ellos porque insistieron: «Que no puedes quedarte sola, que la Navidad hay que pasarla en familia, que ya verás qué casita más mona hemos alquilado», etcétera. Me dejé convencer. Las apariencias engañan y la propuesta tenía buena pinta. Debería haber recordado que hay películas de terror con comienzos aún más cándidos. En fin.
La casa era mona, es cierto. Estaba en lo alto de una colina, en medio de un manto de nieve blanca y pura. Se respiraba sosiego. Nada hacía sospechar la tormenta que se avecinaba. El mismo día de nuestra llegada, por la noche, ocurrió la primera inesperada catástrofe: después de insultarse sin ningún tipo de miramientos, el padre y uno de los hijos llegaron a las manos. Tuvimos que ir de urgencias al hospital. Yo no salía de mi asombro, claro está. Quién podía prever algo así. Además, sentía vergüenza ajena.
El segundo día, 24 de diciembre, la sangre corrió entre los esposos. Yo ya no daba crédito. Aquello era un escándalo. Pensé en irme, pero habría quedado fatal. Los acompañé de nuevo a urgencias. Para Navidad, el asunto no mejoró: uno de los hermanos empujó a otro con tan mala fortuna —o tan mala saña— que logró que cayera por las escaleras y entrara en coma.
Total que yo, que hasta entonces había sido una persona pacífica y que jamás había intuido el carácter oculto de mis amigos, el día de San Esteban, contagiada y eufórica, prendí fuego a la casa con todos adentro y me largué. «¿Son parientes suyos?», me preguntaron en el depósito cuando fui a reconocer lo que quedaba de ellos. «No —contesté—, pero puede considerarse que ya he pasado a ser como de la familia». De ahí.


Flavia Company, Trastornos literarios, Páginas de Espuma, Madrid, 2011, pp. 153-134.

El gran espectador, Flavia Company

domingo, 27 de noviembre de 2011
Teatro pobre, Gregori Maiofis

EL GRAN ESPECTADOR

Cuando Miriam conoció a Piotr tuvo la certeza de haber topado con su príncipe azul.
La primera vez que lo vio fue tras una actuación en el Teatro Principal. Piotr esperó junto a su camerino y, al verla salir, le ofreció un ramo de rosas blancas incontables y una sonrisa silenciosa, después de la cual desapareció hasta una semana más tarde, en que se presentó de la misma manera para hacer exactamente lo mismo.
Las ayudantes de Miriam observaban con cierto recelo el extraño comportamiento de aquel hombre singular, y no dejaban de aconsejarle que se anduviese con cuidado. Entre tanto, uno de los técnicos de luces se enteró de que Piotr era un multimillonario soltero conocido por sus imaginativas excentricidades, característica que nadie supo etiquetar, pues igual podía ser positiva que todo lo contrario.
La tercera vez que Piotr acudió al teatro, provisto también de un gigantesco ramo de flores —en esa ocasión se trataba de rosas rojas—, no solo esperó a la salida del camerino, no solo le ofreció a Miriam sus flores sino que, además, habló con ella para felicitarla por su fastuosa interpretación y declararle su más rendida y eterna admiración.
Halagada hasta el no va más, Miriam ansiaba que llegara el momento en que Piotr la invitara a cenar, a compartir unas horas con él. Lo habría invitado ella, pero era orgullosa como todas las divas y temía llevarse algún chasco, de modo que prefirió esperar.
Piotr siguió visitándola con el mismo ritual cada vez: la espera, la entrega de flores, las lisonjas. Miriam llegó a salir al escenario impaciente por acabar la obra y ver si, aquel día, se producía al fin algún cambio. Piotr ocupaba todos sus sueños, tanto los que tenía dormida como los que la invadían despierta.
Por fin una noche, al salir al escenario, Miriam se percató de que solo había un espectador. Supo inmediatamente que se trataba de Piotr. Se entregó como nunca a su arte. No le cabía ninguna duda de que su admirador había por fin decidido expresarle sus sentimientos.
Pero no fue así. Tras aquella mágica noche en que no hubo declaración ni petición alguna, Piotr siguió siendo, nada más, el gran espectador —así lo habían bautizado en la compañía—. Se convirtió en el platónico amor de Miriam quien, despechada no se sabía muy bien por qué, se casó con otro hombre que jamás acudió al teatro a verla actuar. Ya se sabe que la persona junto a la que alguien se pasa la vida no siempre es la misma que consigue llegarle al corazón.


Titular: «Un multimillonario serbio adquiere el aforo completo del mayor teatro belgradés para asistir a solas a la actuación de una artista».


Flavia Company, Trastornos literarios, Páginas de Espuma, Madrid, 2011, pp. 253-254.

Nadie es perfecto, Flavia Company

sábado, 12 de noviembre de 2011
Enlace peligroso, René Magritte

NADIE ES PERFECTO

«Tengo los ojos verdes, de un verde muy oscuro, rasgados, grandes. Hay gente que dice que dan miedo, porque miro con mucha intensidad. ¿Qué más? Pues tengo la boca un poco grande, con los labios bastante gruesos. Cuando me río parezco qué sé yo qué. Pelirroja, con una melena rizada hasta la cintura, muy abundante, sedosa. Casi siempre llevo el cabello recogido con cintas negras. No soy demasiado alta, la verdad, un metro sesenta y ocho. Más bien delgada, pero proporcionada, ya me entiendes. No soy especialmente huesuda. O sea, tengo de todo. No es que sea musculosa, pero he hecho bastante gimnasia y estoy en forma. Piernas largas, manos finas, pies estrechos, vientre liso. No sé si me imaginas. La piel... suave, tirando a morena. Y en verano, dorada. Me paso horas tumbada al sol. Con cremas protectoras, claro. Me encanta. Tengo veintitrés años recién cumplidos, aunque aparento alguno menos. Visto ropa casi siempre ajustada, vaqueros, minifaldas y prendas cómodas de algodón, excepto en ocasiones especiales, en que me pongo mis zapatos negros con tacones y demás. ¿A ti cómo te gusta que vistamos las mujeres, Kike? ¿Y tú, cómo eres?».
Pedro le dio al «Enter» y vio aparecer el texto que acababa de escribir en la ventana del privado que le había abierto al tal Kike. El «nick» de Pedro era Selma, y siempre daba resultado. El tío había picado enseguida y llevaban un rato «chateando». Mientras esperaba la respuesta, Pedro evitó, como tantas otras veces, mirar hacia el espejo.


Diagnóstico: Prosopografía (Descripción del aspecto físico externo de un personaje. Se opone a etopeya).


Flavia Company, Trastornos literarios, Páginas de Espuma, Madrid, 2011, pp. 83-84.