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El hacedor, Armando Alanís

jueves, 15 de febrero de 2018
Escena en biblioteca, William Henry Fox Talbot 

EL HACEDOR

Sembró un árbol, tuvo un hijo y escribió un libro. El libro fue el primero en morir.


Armando Alanís, Coitus interruptus, La Terquedad, Saltillo, 2016.

Umbral, Inés Mendoza

martes, 13 de febrero de 2018
Ante el recuerdo de la ventana, Deborah Parkin 

UMBRAL

Ordeno unos libros sobre un anaquel en una casa vacía. Alguien me observa. No me siento inquieto. Por alguna razón, me urge encontrar una ventana. Veo de repente que desde el techo al rodapié, las paredes de la casa están cubiertas por huellas de cuadros. Hay marcas de todo tipo: el óvalo que dejó un retrato pequeño, el rectángulo donde posiblemente colgó un bodegón y bastantes más.
   Al fin, reparo en una ventana que al parecer no se ha abierto desde hace años. Alguien respira a mis espaldas. Es una niña, pero tiene una mirada adulta, una mirada que me sobrecoge. La niña dice: "tiemblo por el ser". Entonces me asomo afuera y entiendo que el mundo lleva mucho tiempo muerto y que yo lo había olvidado.

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Inés Mendoza, Objetos frágiles, Páginas de Espuma, Madrid, 2017.
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El maquinista, Iván Teruel

viernes, 7 de julio de 2017
Observación de trenes en una vía abandonada, Bastiaan Beun 


EL MAQUINISTA

Vuela demasiado bajo. La gaviota roza la furgoneta que viene de frente y describe en el aire un escorzo desequilibrado. Cae en mi carril. Esas décimas de segundo hasta que la atropello me provocan un vivo estremecimiento. Porque queda delineado, diáfano, el perímetro de la existencia. Y porque su transposición resulta inminente e inevitable. El momento es intenso, trágico, turbador. De repente, alcanzo a comprender esa mezcla de horror y perplejidad que a veces traía mi padre en los ojos cuando llegaba a casa. No era tanto el hecho de atropellar a un suicida como la conciencia nítida de no poder hacer nada por evitarlo.


Iván Teruel, El oscuro relieve del tiempo, Edicions Cal·lígraf, Figueres, 2014.
  

Diagnóstico de la civilización, Eduardo Galeano

jueves, 1 de septiembre de 2016
Reloj de la Académie Française, París, André Kertesz


DIAGNÓSTICO DE LA CIVILIZACIÓN

   En algún lugar de alguna selva, alguien comentó: Qué raros son los civilizados. Todos tienen relojes y ninguno tiene tiempo.


Eduardo Galeano, El cazador de historias, Siglo XXI, Madrid, 2016.
 

Monstruo se busca, Eduardo Galeano

viernes, 20 de mayo de 2016
Flor, lago Ness, Alex Bell


MONSTRUO SE BUSCA

   San Columba estaba remando en el lago Ness, cuando el Monstruo, inmensa serpiente de fauces abiertas, se abalanzó contra el bote. San Columba, que no tenía el menor interés en ser almorzado, lo conjuró haciendo la señal de la cruz, y el Monstruo huyó.
   Catorce siglos después, el Monstruo fue fotografiado por los vecinos del lago, que casualmente llevaban una cámara colgada al cuello, y sus piruetas se publicaron en los diarios de Glasgow y Londres.
   El Monstruo resultó ser un muñeco, y sus huellas eran patas de un bebé de hipopótamo, que se vendían como ceniceros.
   Las revelaciones no desalentaron a los turistas.
   La demanda de monstruos alimenta al mercado del miedo.


Eduardo Galeano, El cazador de historias, Siglo XXI, Madrid, 2016.
   

Noche paralela, Víctor Lorenzo

miércoles, 18 de mayo de 2016
Mark Rothko


NOCHE PARALELA

   La primera raya de la noche fue la que dibujó con el peine en su cabeza. La segunda fue la que estaba pintada en los ojos de aquella chica a quien no pudo convencer para que tomaran juntos una copa. La tercera, cuarta y quinta, las trazó con una tarjeta encima de un espejo, solo, en el coche. La sexta raya fue la continua del asfalto que no debió sobrepasar. La séptima es ésta, la que acompañada de un molesto pitido avanza hasta el infinito, verde y recta.


Víctor Lorenzo Cinca, Cambio de rasante, Enkuadres, Valencia, 2015, p. 79.

Los libres, Eduardo Galeano

miércoles, 11 de mayo de 2016
Ave fénix, Viorel Marginean

LOS LIBRES

   En los días, los guía el sol. En la noche, las estrellas. 
   No pagan pasaje, y viajan sin pasaporte y sin llenar formularios de aduana ni de migración.
   Los pájaros, los únicos libres en este mundo habitado por prisioneros, vuelan sin combustible, de polo a polo, por el rumbo que eligen y a la hora que quieren, sin pedir permiso a los gobiernos que se creen dueños del cielo.

 
Eduardo Galeano, El cazador de historias, Siglo XXI, Madrid, 2016.
 

La espera, Txuma Murugarren

sábado, 2 de abril de 2016
Riccardo Magherini

LA ESPERA

   Está sentado en el poyo que hay fuera del banco. Está fumando un cigarro. Esperando a alguien. Yo también estoy esperando, en la acera de enfrente, y sin nada más en qué ocuparme, le miro de vez en cuando. Al principio no parece preocupado, espera tranquilo, con confianza. Pero pasados los primeros diez minutos, comienza a mirar a uno y otro lado, cada vez con más frecuencia. Se está haciendo tarde. Así y todo, permanece sentado en el poyo. Saca el teléfono móvil y lo examina, comprueba que no haya llamadas perdidas. Lo veo entre los autobuses y los coches que cruzan por la carretera, a ratos, como cuando ponen esas luces como flashes en las discotecas, con un extraño asincronismo. Ahí está, piensa por un momento, y es que al final de la calle, entre la gente, ha visto a un desconocido que se parece a su amigo. Se ha levantado, pero enseguida se ha dado cuenta de que no es él. De todos modos, ha decidido permanecer de pie, apoyado contra la pared del banco.  Ha encendido otro cigarro, pero ahora, cuando ha llevado la cabeza hacía el mechero que mantiene entre las manos, sigue mirando de reojo a uno y otro lado. No quiere perder ni un solo momento. Porque es muy posible que en ese exacto segundo pase su amigo. Así lo cree al menos. Son las paranoias de la larga espera. El último síntoma del estrés que crea el esperar. De repente, parece que se da cuenta de lo absurdo de su situación. No vendrá y yo aquí, cada vez más nervioso. ¿Pero que me importa a mí que no venga? Ha mirado hacia mi lado. Se ha dado cuenta de que yo también estoy esperando a alguien. Se le ha encendido el semblante. Se ha sentido solidarizado conmigo. Y espera lo mismo a cambio. He metido las manos en los bolsillos. Ya no mira a uno y otro lado. En vez de eso, me mira a mí, cada vez con más frecuencia. Me han tocado en la espalda. Es mi amigo. Ha venido. Juntos nos hemos dirigido calle arriba. Antes de desaparecer en el cruce de calles, he mirado al chico del banco. Él me mira a mí. Triste. Me he sentido como un cabrón.


Txuma Murugarren, Larrialdietakaro irteera / Salida de emergencia, Palas Atenea, Madrid, 2011.
  

En otra vida, Arantza Portabales

sábado, 6 de febrero de 2016
Pensamientos de origami, Riccardo Focacci


EN OTRA VIDA

   En otra vida vivimos juntos. En un piso pequeño, con una calefacción horrible y vistas a una pared plagada de ventanas turbias. Y no nos importa. No tenemos hijos. Ni ganas de tenerlos. Me gusta acariciar tu cabello. Perdemos el tiempo en los rastrillos y las fresas no saben a nevera. Tus ojos también son grises. Y llueve menos. Y te beso. Te beso tanto que los labios me duelen, hinchados, henchidos de ti.
   En esta vida te alargo la barra de pan. Tú me das un euro y los buenos días. Y tu mujer, desde la puerta de la panadería, pretende que apures. Yo te doy la vuelta, esperando rozar tus dedos. Pero en esta vida, eso no sucede. Y te vas. Y yo me quedo aquí, tocándome estos labios que te besan, en otra vida.


Arantza Portabales, A Celeste la compré en un rastrillo, Zaera Silvar, A Coruña, 2015.
 

[Junto a Godot], Juan Romagnoli

sábado, 30 de enero de 2016
La espera, Nicholas Roerich


Soy paciente y te sigo esperando. Pero empiezo a creer que venís junto a Godot.


Juan Romagnoli, Narrar es humano, Macedonia, Morón, 2015.
 

Se quiera o no, Ángel Zapata

jueves, 28 de enero de 2016
El pensamiento que ve, René Magritte


SE QUIERA O NO

   Ni sale de su casa ni entra en ella: permanece en el umbral, atónito. El mundo, fuera, se ha vuelto de carbón, un mundo negro, inanimado, exhausto. Sobre su cabeza, la ley inexorable de un cielo de carbón. En su interior, un cuchillo dentado. «Aquí terminan todas las cobardías», piensa. Pero sus pies siguen inmóviles. Llega el día, la noche, el día otra vez. Cada no mucho tiempo, un hombre hecho de lágrimas cruza la calle.


Ángel Zapata, Materia oscura, Páginas de Espuma, Madrid, 2015, p. 30.
  

Las puertas del cielo, Manuel Moyano

jueves, 21 de enero de 2016
 
LAS PUERTAS DEL CIELO

    Nuestro líder espiritual afirmó que aquella pócima nos llevaría al encuentro de Dios. Mis hermanos fueron cayendo uno detrás de otro, con una radiante sonrisa de oreja a oreja, pero yo no dejé que la pócima humedeciera siquiera mis labios: me tiré al suelo y simulé estar muerto. Cuando llegó la policía, era el único superviviente entre los más de doscientos acólitos cuyos cadáveres anegaban el templo. Como no había cumplido aún los quince años, pude rehacer mi vida: me casé, compré una casa y un coche, tuve tres hijos. Ahora trabajo para una empresa de electrodomésticos de nueve a seis, aunque diariamente empleo dos horas en ir y venir de la oficina. Cuando me hallo en mitad de algún atasco, suelo acordarme de las sonrisas beatíficas de mis hermanos en el instante de emprender su viaje. Tal vez —pienso entonces— también yo debí haber ingerido aquel veneno.
 
 
Manuel Moyano, Teatro de ceniza, Menoscuarto, Palencia, 2011, página 27.
 

[Lleva a cuestas un silencio...], Ángel Zapata

viernes, 15 de enero de 2016
 Marcel Duchamp


   Lleva a cuestas un silencio pegajoso en el que no se reconoce. En algunas paradas lo abre, abre el silencio como abriría un durazno, pero dentro no hay nada, no hay ninguna dulzura, no hay dentro.


Ángel Zapata, Materia oscura, Páginas de Espuma, Madrid, 2015, pp. 63-64.

14/12/95

lunes, 14 de diciembre de 2015
Gervasio Sánchez

14/12/95

   Es difícil pensar estas calles sin ruinas. Tantos años el mismo paisaje, por una guerra que, como todas por el mero hecho de empezar, se ha alargado demasiado. Ahora al fin termina. Reconstruirán la ciudad, pero no será fácil recordar cómo era, saber si podremos ya recordarla de otra forma. Lo que fue se ha desvanecido. Ahora Sarajevo es esto y otra vez van a quitárnoslo.
   También a esos niños que juegan al escondite, corriendo entre los muros derribados: la única forma en que realmente los conocen. Cómo trepará por ellos la nostalgia, si sus recuerdos sólo podrán partir desde lo devastado, si la ruina misma ya es en sí lo que se pierde. Cómo recordarán estos años, estos escombros.
   Cuando recuerden todo esto.
   Cuando recuerden aquellos que eran sus escombros.
  

La posteridad, Sergi Pàmies

miércoles, 9 de diciembre de 2015
Takashi Kitajima


LA POSTERIDAD

   Tu funeral es la última oportunidad que tienes de mandar y organizar. Has escogido el tanatorio, el modelo de ataúd, el orden de los parlamentos, la música que sonará y los pasajes de la Biblia que leerá el sacerdote. Lo has dejado todo bien indicado en un pliegue de últimas voluntades pensado para no agobiar ni a tus hijos ni a tu tercera esposa. Te has asegurado una asistencia masiva, basada más en los compromisos que en la amistad. No has querido ser incinerado: has dejado pagada la mejor sala de velatorio y has invertido mucho dinero en la tanatoplastia que te permitirá recibir a los invitados con la manicura hecha, una expresión más amable que cuando estabas vivo y, por supuesto, el traje más caro de tus armarios. Para redactar el texto de la esquela incluso has contratado a un poeta que, en sólo tres líneas, ha resumido la consternación de tus familiares. Ninguna cita en latín. Ningún verso de un poeta nacional. Sólo un epitafio que también será esculpido sobre la lápida de una tumba a primera línea de mar. Si lo hubieras podido ver, te habrías sentido satisfecho por, una vez más, haberlo previsto todo. O casi. No podías prever que llovería a cántaros y que la gente llegaría tarde, de mal humor y con los zapatos sucios. Ni que, en el momento de interpretar el Preludio en si bemol de Blanch-Modin, a uno de los músicos se le caería accidentalmente el arco. Tampoco podías prever que la tos se contagiaría de una fila a otra, ni las veces que alguien se ha tapado la boca para ahogar un bostezo. Por no hablar de los que se han ido antes del final de la ceremonia, sin dar el pésame, corriendo hacia el parking para librarse del atasco. Si hubieras podido verlos habrías entendido muchas cosas sobre tu vida, especialmente si hubieras subido con ellos al coche y los hubieras observado, contrariados por la lluvia, poner la radio para seguir las noticias —deportivas y financieras— y, después de dos semáforos y de unos breves minutos de conducción, olvidarte para siempre.


Sergi Pàmies, Canciones de amor y de lluvia, Anagrama, Barcelona, 2014, pp. 149-150.

Palabra de muerte

lunes, 16 de noviembre de 2015
Bertioga, Marcos Simanovic

PALABRA DE MUERTE
   
   Después de hacerlo prisionero en el sótano, mató al invitado. A pesar del acuerdo, del refugio incondicional que le había prometido. Las muertes incontables, tantos crímenes y huidas, parecían difuminarse bajo el peso de aquel cuerpo inerte. Su promesa, por qué tuvo que hacerla. Tal vez, demasiado poeta para tratarse de un asesino: en los ojos de sus infinitos niños de probeta sólo buscaba abrazar el mar.
    Le concedió el océano, la voluntad de perderse en un baño último. Y aun así Wolfram Bossert no tembló al dar muerte a aquel huésped con el que había entablado tan honda amistad.
   En las aguas calmas de una playa brasileña, dejaría hundirse aquel cadáver.
   Ya inofensivo, como un triste ángel.
   Como el gemelo imposible de Mengele.


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Microrrelato finalista en el V Concurso de La Microbiblioteca correspondiente al mes de octubre, junto a los textos de Sergio Astorga, Pedro Herrero Amorós, Josefina Maymó i Puig y Mónica María Brasca. El ganador ha sido Rafa Heredero García.

Mírame, Elena Sanjuanbenito

domingo, 15 de noviembre de 2015


MÍRAME

   ¿Recuerdas aquella época? ¿La de mis vértigos?
   ¡Qué mareo! La inestabilidad, la confusión, esa sensación constante de ir a caerme y todo dándome vueltas.
   Los médicos revisaron mi organismo a fondo, pero no encontraron ninguna explicación. El oído bien, las cervicales sanas, ningún tumor, ningún virus, nada. Los nervios, dijeron.
   No hubo tratamiento ni tampoco mejoría. Fue pasando el tiempo.
   Hasta que un día, de pronto, volviste a mirarme y entonces el mundo dejó de girar.


Elena Sanjuanbenito, Razones para ir a Arkansas, ESjB, Granada, 2014, p. 14.
 

Epitafio

miércoles, 4 de noviembre de 2015
Tumba, Martyn Ravensdale

EPITAFIO

    Aquellas señales que grababas en los árboles, ¿te acuerdas? Desde niño te gustaron los códigos. Fuimos creciendo, y yo quise aprender morse, o cirílico, si aquello me acercaba a ti. Si era el modo en que quizá un día descifraría tu piel, en que quizá deletrearía tus ojos.
    Descodifiqué mi deseo, y tu balbuceo, tu espalda, fueron una respuesta que no busqué traducir. Sólo la herida. La necesidad de un idioma sin ti en que repararme. Me aferré a la amistad como única interpretación entre nosotros, aunque siguieras siendo ese ideograma que podría leer siempre sin cansarme.
    Te fuiste, me fui: dos adultos que se bifurcan como tantos. Aunque no tu recuerdo: todavía aprendí que el eco es el alma de un bosque, que una séptima te convoca en puntos suspensivos. Tú me entenderías. Ojalá pudieras aún hacerlo.
    Ahora, al cobijo de un ciprés, la lluvia es una ‘O’ que se me clava. Raya, raya, raya. Adónde envío esta señal de emergencia. Cómo se codifica el dolor tallado en un silencio.
    Ahora, que descubro este relieve. Braille. Así que ahora me lo dices. Como una caricia tuya, al fin. Pero el mármol, tan frío. Y este tiempo tan tarde.
 

[En Esta noche te cuento.]
 

Cartas para Elena, Arantza Portabales

martes, 13 de octubre de 2015
Antti Viitala


CARTAS PARA ELENA

   Querida Elena:

   El sol de Tarfaya quema. Cabalgo sobre las olas y cierro los ojos. Te veo a mi lado, con tu pelo negro y crespo, teñido de sal. Estiro la mano y casi rozo tu piel de neopreno. Después vuelvo a la orilla. Y no queda nadie. La casa de Amîn está cerrada. Las calles son un inmenso escenario de atrezo en el que todos habéis desaparecido. Suelo deambular por el zoco de El Aaiun, buscando tu rostro en cada puesto, en cada esquina. Nunca estás. Siempre lo tuvimos claro. Hasta que la muerte nos separe. Pero no sabíamos lo que eso supondría. Lo que duele la ausencia.
   Busca a Fátima. Dile que he encontrado a Omar. Que lleva aquella camiseta del Barça que le trajimos en nuestro tercer viaje. Está guapo, el enano. Aún tiene ocho años. Juega al futbol a todas horas. Le sigue faltando un diente. Y luce una eterna herida en la rodilla. Díselo. Que estamos juntos. Que estamos bien. 
   Porque este es mi cielo, Elena. Al final, mira tú, resulta que existe. Es hermoso. Huele a cuero, a comino, a hierbabuena y a jazmín. Sabe a dátiles y a mandarinas. Se impregna de la arena del Sahara. Se tiñe de rojo cada atardecer. Tú ya lo conoces.
   Esto es todo. Me limito a esperarte, con el pequeño de Fátima pegado a mis talones. Te añoro en cada ola de este mar. En cada playa. ¿Sabes qué? Debiste morir conmigo. Este era nuestro paraíso. Y está a punto de convertirse en un infierno sin ti.




Arantza Portabales, A Celeste la compré en un rastrillo, Zaera Silvar, A Coruña, 2015, pp. 105-106.
 

¿Qué es la tristeza?, Jairo Aníbal Niño

sábado, 26 de septiembre de 2015
Ajedrez, Man Ray

¿QUÉ ES LA TRISTEZA?

La tristeza
es un ajedrecista
que siempre juega
con las piezas grises.


Jairo Aníbal Niño, Preguntario, Panamericana, Bogotá, 1998, 188 páginas.