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Adiós, Juan José Millás

martes, 18 de septiembre de 2012
Noche lluviosa, Jim Cobb

ADIÓS

   Llueve en Madrid, pero todo está en orden. Durante la noche llovió sin convicción, aunque con insistencia, con la voluntad del torpe. De madrugada, desde un taxi, vi el color oscuro de las calles mojadas y la arquitectura de los paraguas abiertos. Íbamos o veníamos de algún sitio con los pies húmedos y el corazón frío.Luego, al amanecer, llovió un poco más y salió el sol. Habíamos fumado mucho y teníamos la garganta seca. En un hospital tomé un café. La sala de espera estaba llena de gente asustada que observaba a los otros intentando calibrar por su gesto la gravedad del caso. Alguien oía un transistor como si esperara que a través de él le dijeran algo realmente importante para el curso de su vida. El médico de guardia tenía barba y llevaba una bata verde.
   Nos fuimos de allí porque había que hacer papeles, ver al juez, contratar la sala del tanatorio. En fin, toda la burocracia de la muerte.
   Entretanto, las cosas iban despertando. Vi un helicóptero que sobrevolaba uno de los accesos más complicados a Madrid. Recuerdo que en una película italiana aparecía un helicóptero que simbolizaba la muerte.
   Dos certificados de defunción; para incinerar un cuerpo hacen falta dos certificados de defunción y una nota a pie de página en la que el médico diga que no ve ningún inconveniente en incinerar ese cadáver.
   Los taxistas corren mucho de madrugada, aunque el suelo esté mojado. Hablan a través de la radio con otros compañeros; se intercambian pequeñas confidencias.
   Estamos en una edad de pérdidas, lo malo es que a veces perdemos cosas o personas que nunca hemos llegado a tener.


Juan José Millás, Articuentos completos, Seix Barral, Barcelona, 2011, pp. 822-823.

Letras, Juan José Millás

viernes, 17 de febrero de 2012
Obra anónima; fotógrafo: Timo Arnall

LETRAS

Cada mañana, al abrir el ordenador portátil, varias hormigas se cuelan entre la G y la H en dirección al disco duro, donde al parecer han anidado para protegerse del invierno. Si permanezco inactivo más de diez minutos, víctima del desaliento o la pereza, salen en grupo de entre las teclas señaladas y parecen una hemorragia de letras. El primer día creí que el aparato se estaba desangrando y aplasté a tres o cuatro sin querer al taponar la llaga con el dedo. Recogen del teclado los restos de mi desayuno (migas de magdalena y virutas de fibra), dejándolo como la dentadura de un tiburón tras el paso de uno de esos peces que viven de los desperdicios adheridos a las muelas de los grandes animales. Tenemos una relación simbiótica, pues. Hasta ahí todo bien.
Pero, ayer mismo, un artículo de treinta líneas se desmoronó ante mis ojos cuando me disponía a repasarlo. Y es que no estaba hecho de letras, sino de hormigas que se asustaron por los movimientos del cursor. Creo que han llegado a un acuerdo con el abecedario y se hacen pasar por él cuando este no quiere trabajar. El alfabeto, por su parte, ha adoptado una caligrafía formicular, de modo que a veces no sé si quienes salen a recoger los desperdicios son los insectos o las letras, que evidentemente viven igual que las hormigas: excavando túneles y construyendo galerías subterráneas en la conciencia de las personas y en el disco duro de las cosas.
No me importa reescribir los artículos; son cortos. Pero sería incapaz de rehacer una novela, aunque las he visto desmenuzarse con la misma facilidad con la que se vienen abajo treinta líneas, unas veces por culpa de la gramática y otras de la zoología.
Así se desmoronan las vidas, con frecuencia sin que lleguemos a saber si eran de carne o verbo, auténticas o escritas.


Juan José Millás, Cuerpo y prótesis, Santillana, Madrid, 2009 (2000), pp. 31-32.

Deseos, Juan José Millás

sábado, 5 de junio de 2010
DESEOS

Todos los sueños se cumplen. Quizá no en quien los ha soñado, pero sí en otros. No hay un solo sueño por cumplir. ¿Que quisiste escribir una obra maestra? La historia de la literatura está llena de obras maestras. ¿Que habrías dado la mano derecha por ser un gran pintor? La historia del arte está llena de genios. ¿Que un gran arquitecto? Ahí tienes a Foster, a Calatrava, a Zumthor. ¿Que hubieras preferido ser famoso a secas, sin demostrar ningún mérito? Enciende la tele y la verás llena de gente que alcanzó tu sueño, que quizá no era el suyo. Muchas personas han destacado en esto o lo otro por casualidad, sin habérselo propuesto. No estaba en mi horizonte, dicen, jamás pensé que me convertiría en actor o en neurocirujano o en cómico o en obispo. Sin duda, fueron sueños de otros que se cumplieron en ellos.

También los deseos malos se cumplen. Si has imaginado disponer de un sótano secreto, con una presa a la que violabas a discreción, ahí tienes al monstruo de Amstteten. Si has fantaseado con la posibilidad de bombardear una población civil y enviar luego ambulancias a recoger los restos, ahí tienes a Bush. Si en sueños te has visto provocando una catástrofe económica de carácter planetario, ahí tienes a Madoff. ¿Que todos estos deseos que nacieron en ti no se han cumplido en ti? De acuerdo, pero seguro que tú has realizado algún sueño que pertenecía a otro. Quizá aprobaste a la primera las oposiciones a juez o a notario. Tal vez te tocó la lotería sin que nunca hubieras pensado en esa contingencia. Es posible que el ascenso a director general, que ni se te había pasado por la cabeza, se fraguara en la imaginación de un compañero que lo deseaba de verdad. La mayoría de las ambiciones no se cumplen en quien las alimenta. Cada cuerpo, sin embargo, es dueño de su digestión y de su hambre y de su dolor. ¿Por qué?
Juan José Millás. El País, 01/05/09


La cosa, Juan José Millás

sábado, 20 de octubre de 2007

LA COSA

De pequeño tuve una caja de zapatos que llegó a ser mi juguete preferido, entre otras cosas porque no tenía otro. Pero envejeció más deprisa que los zapatos que había llevado dentro, de manera que a mi caja se le cayó un día la primera a y se quedó en una cja, que así, a primera vista, parece un juguete yugoslavo. Busqué entre las herramientas de mi padre una a de repuesto, pero no había ninguna y tuve que sustituirla por una o. De este modo, sin transición, tuve que olvidar la caja para hacerme cargo de una coja, lo que es tan duro como pasar directamente de la niñez a los asuntos. Jugué mucho con aquella coja, todavía la recuerdo, pero se fue haciendo mayor también y un día se le cayó la jota. Hay quien piensa que las vocales se estropean antes que las consonantes, pero yo creo que vienen a durar más o menos lo mismo. El caso es que tampoco encontré entre los tornillos de mi padre una jota en buen uso, así que la sustituí por una pe que estaba prácticamente sin estrenar. La coloqué en el lugar de la jota y me salió una copa estupenda, con la que he bebido de todo hasta ayer mismo, que se me cayó al suelo y se rompió. A decir verdad, se rompió justamente por la pe, y como es muy antigua no he encontrado en ninguna ferretería una igual. Ayer fui a casa de mis padres, y después de mucho rebuscar en el trastero di con una ese que no desentona con el conjunto. O sea, que ahora tengo una cosa, pero no sé qué hacer con ella. La caja, la coja y la copa eran muy útiles para guardar secretos, jugar o emborracharse. Pero la cosa me da miedo; además, la escondí en el bolsillo interior de la chaqueta, de manera que desde ayer tengo una cosa aquí, en el pecho, que me llena de angustia. Lo peor de todo es que, como no sé qué es, tampoco sé cómo se rompe. Qué vida, ¿no?