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[Revelar la forma], Sándor Márai

jueves, 16 de noviembre de 2017
Lo profundo es el aire, Eduardo Chillida


La poesía se halla en la materia del mundo, en todos sus prodigios, como la estatua en el mármol; sólo falta revelar la forma.


Sándor Márai, Diarios 1984-1989, Salamandra, Barcelona, 2008.

[Hace falta mucho valor...], Sándor Márai

lunes, 4 de septiembre de 2017
Cornel Gingarasu


Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas. Un valor que es casi heroísmo. La mayoría de la gente no puede dar ni recibir amor porque es cobarde y orgullosa, porque tiene miedo al fracaso. Le da vergüenza entregarse a otra persona y más aún rendirse a ella porque teme que descubra su secreto… el más triste secreto de cada ser humano: que necesita mucha ternura, que no puede vivir sin amor. Creo que ésa es la verdad. O al menos eso he creído durante mucho tiempo, aunque ya no lo afirmo tan categóricamente porque estoy envejeciendo y me siento fracasado. ¿Qué en qué he fracasado? Te lo estoy diciendo, en eso, precisamente en eso. [...] En aquellos tiempos no sabía lo que sé hoy… que no hay nada de lo que avergonzarse en la vida excepto de la cobardía, que hace que uno no sea capaz de dar sentimientos o no se atreva a aceptarlos.


Sándor Márai, La mujer justa, Salamandra, Barcelona, 2012, pp. 146-147.
   

[Materia inflamable], Sándor Márai

sábado, 23 de julio de 2016
Bernard Hoffmann (Hiroshima)


El mundo es, sin duda, materia inflamable, y basta una sola persona para prenderle fuego con una sola cerilla encendida en el momento adecuado.


Sándor Márai, Lo que no quise decir, Salamandra, Barcelona, 2016, p. 87.

[La persona justa], Sándor Márai

martes, 17 de junio de 2014
Entre la oscuridad y la luz,  Marc Chagall


   Y de golpe comprendí que la persona justa no existe. Ni en el cielo ni en la tierra, ni en ningún otro lugar. Simplemente hay personas, y en cada una hay una pizca de la persona justa, pero ninguna tiene todo lo que esperamos y deseamos. Ninguna reúne todos los requisitos, no existe esa figura única, particular, maravillosa e insustituible que nos hará felices. Sólo hay personas. Y en cada una hay siempre un poco de todo, es a la vez escoria y un rayo de luz...
   [...] es cierto que no existe la persona justa y que las ilusiones se desvanecen, pero yo lo amo, y eso es distinto.


Sándor Márai, La mujer justa, Salamandra, Barcelona, 2012, pp. 130-131.
  

[Al final es todo tan sencillo...], Sándor Márai

miércoles, 28 de mayo de 2014


   Al final es todo tan sencillo… todo lo que fue y lo que pudo haber sido. Todo se convierte en polvo y ceniza, incluso los hechos. Todo lo que nos quemaba el corazón, de tal manera que creíamos que no podríamos soportarlo y que moriríamos por ello, o que mataríamos a alguien; yo también conozco esos sentimientos, yo también conocí los momentos de la tentación, poco después de que te marcharas (…); y luego todo esto se convierte en polvo y en ceniza, se vuelve tan ligero como el polvo que alfombra los caminos de los cementerios.

 
Sándor Márai, El último encuentro, Salamandra, Barcelona, 2012.

[Hoy hace seis meses...], Sándor Márai

martes, 12 de noviembre de 2013


   Hoy hace seis meses que murió, a las dos menos veinte de la tarde. Le cogí la muñeca, aunque no se puede determinar el momento de la muerte con un cronómetro. Creo que no existe un «momento» exacto en que uno deja de existir. La muerte es un proceso acompasado que cuando ya parece haberse producido, sigue ocurriendo.


Sándor Márai, Diarios 1984-1989, Salamandra, Barcelona, 2008.

[Porque los corazones humanos...], Sándor Márai

lunes, 11 de febrero de 2013
Sín título, Rita Arias



   Porque los corazones humanos también tienen sus noches, colmadas de una pasión tan salvaje como la pasión de conquista y de caza que anida en el corazón del ciervo o del lobo. El sueño, el deseo, la vanidad, la egolatría, la ira del macho sediento de placer, la envidia, la venganza, todas las pasiones anidan en la noche del alma humana, siempre al acecho, como el zorro, el buitre o el chacal en la noche de los desiertos de Oriente. También existen instantes en que no es de noche ni de día en los corazones humanos, instantes en que los animales salvajes salen de su escondite, de las madrigueras del alma, y en que tiembla en nuestro corazón y se transforma en movimiento de nuestra mano una pasión que hemos tratado en vano de domesticar durante años, durante muchísimos años... Todo ha sido en vano: hemos negado, sin la menor esperanza, el sentido de esta pasión, incluso a nosotros mismos, pero el contenido real de la pasión era más fuerte que nuestros propósitos, y la pasión no se ha disipado, sino que ha cristalizado. En el fondo de cada relación humana existe una materia palpable, y esa realidad no cambia, por muchos argumentos o astucias que se utilicen. (…) cuando un sentimiento, una pasión, se apodera por completo del alma humana, al lado del entusiasmo arde el deseo de venganza también... Porque la pasión no conoce el lenguaje de la razón, ni sus argumentos. Para una pasión, es completamente indiferente lo que reciba de la otra persona: quiere mostrarse por completo, quiere hacer valer su voluntad, incluso aunque no reciba a cambio más que sentimientos tiernos, buenos modales, amistad y paciencia. Todas las grandes pasiones son desesperadas: no tienen ninguna esperanza, porque en ese caso no serían pasiones, sino acuerdos, negocios razonables, comercio de insignificancias.



Sándor Márai, El último encuentro, Salamandra, Barcelona, 2012, pp. 120-121.

[Tenemos que soportar], Sándor Márai

lunes, 28 de enero de 2013
 Melancolía, Edvard Munch


   Pero en el fondo de tu alma habitaba una emoción convulsa, un deseo constante, el deseo de ser diferente de lo que eras. Es la mayor tragedia con que el destino puede castigar a una persona. El deseo de ser diferentes de quienes somos: no puede latir otro deseo más doloroso en el corazón humano, porque la vida no se puede soportar de otra manera que sabiendo que nos conformamos con lo que significamos para nosotros mismos y para el mundo. Tenemos que conformarnos con lo que somos, y ser conscientes de que a cambio de esta sabiduría no recibiremos ningún galardón de la vida: no nos pondrán ninguna condecoración por saber y aceptar que somos vanidosos, egoístas, calvos y tripudos; no, hemos de saber que por nada de eso recibiremos galardones ni condecoraciones. Tenemos que soportarlo, éste es el único secreto. Tenemos que soportar nuestro carácter y nuestro temperamento, ya que sus fallos, egoísmos y ansias no los podrán cambiar ni nuestras experiencias ni nuestra comprensión. Tenemos que soportar que nuestros deseos no siempre tengan repercusión en el mundo. Tenemos que soportar que las personas que amamos no siempre nos amen, o que no nos amen como nos gustaría. Tenemos que soportar las traiciones y las infidelidades, y lo más difícil de todo: que una persona en concreto sea superior a nosotros, por sus cualidades morales o intelectuales. Esto es lo que he aprendido en setenta y cinco años de vida, aquí, en medio de este bosque. Pero tú no has podido soportarlo.



Sándor Márai, El último encuentro, Salamandra, Barcelona, 2012, pp. 122-123.
 

[Uno envejece poco a poco...], Sándor Márai

lunes, 21 de enero de 2013
La novia del viento, Oskar Kokoschka


   Uno envejece poco a poco, primero envejece su gusto por la vida, por los demás, ya sabes, todo se vuelve tan real, tan conocido, tan terrible y aburridamente repetido... Eso también es la vejez. Cuando ya sabes que un vaso no es más que un vaso. Y que un hombre no es más que un hombre, un pobre desgraciado, nada más, un ser mortal, haga lo que haga... Luego envejece tu cuerpo, no todo a la vez, no, primero envejecen tus ojos, o tus piernas, o tu estómago o tu corazón. Envejecemos así, por partes. Más tarde, de repente, empieza a envejecer el alma: porque por muy viejo y decrépito que sea ya tu cuerpo, tu alma sigue rebosante de deseos y de recuerdos, busca y se exalta, desea el placer. Cuando se acaba el deseo de placer, ya sólo quedan los recuerdos, las vanidades, y entonces sí que envejece uno, fatal y definitivamente. Un día te despiertas y te frotas los ojos, y ya no sabes para qué te has despertado. Lo que el nuevo día te traiga, ya lo conoces de antemano: la primavera, el invierno, los paisajes, el clima, el orden de la vida. Ya no puede ocurrirte nada imprevisto: no te sorprende ni lo inesperado, ni lo inusual, ni siquiera lo horrendo, porque ya conoces todas las posibilidades, ya lo tienes todo visto y calculado, ya no esperas nada, ni lo bueno, ni lo malo... y esto precisamente es la vejez. Todavía hay algo vivo en tu corazón, un recuerdo, algún objetivo vital poco definido, te gustaría volver a ver a alguien, te gustaría decir algo, enterarte de algo, y sabes que llegará el día en que ya no tendrá tanta importancia para ti saber la verdad, ni responder a la verdad, como creíste durante las décadas de espera. Uno acepta el mundo, poco a poco, y muere. Comprende la maravilla y la razón de las acciones humanas. El lenguaje simbólico del inconsciente... porque las personas se comunican por símbolos, ¿te has dado cuenta? Como si hablaran un idioma extraño, chino o algo así, cuando hablan de cosas importantes, como si hablaran un idioma que luego hay que traducir al idioma de la realidad. No saben nada de sí mismas. Sólo hablan de sus deseos, y tratan desesperada e inconscientemente de esconderse, de disimular. La vida se vuelve casi interesante cuando ya has aprendido las mentiras de los demás, y empiezas a disfrutar observándolos, viendo que siempre dicen otra cosa de lo que piensan, de lo que quieren de verdad... Sí, un día llega la aceptación de la verdad, y eso significa la vejez y la muerte. Pero entonces tampoco esto duele ya.



Sándor Márai, El último encuentro, Salamandra, Barcelona, 2012, pp. 172-174.

[Sueños], Sándor Márai

jueves, 24 de mayo de 2012



Un verso de Shakespeare: «¿Quién sabe los horribles sueños que pueden azorar en el sepulcro al infeliz?...» En realidad los horribles sueños te azoran ya en vida. A veces tengo miedo de dormirme.



Sándor Márai, Diarios 1984-1989, Salamandra, Barcelona, 2008, p. 180.

[La vileza, la bestialidad...], Sándor Márai

sábado, 17 de diciembre de 2011
Dos caballos azules, Franz Marc


La vileza, la bestialidad, la sed de sangre, la codicia, la indolencia no han cambiado en ninguna civilización, ni siquiera hoy en día. Quedan dos paréntesis, dos momentos en los que se puede ser algo más, algo diferente de lo que se es: los instantes de compasión y de placer, dos umbrales ante los que la bestia sanguinaria se detiene brevemente. La compasión no es amor, pues este último sentimiento puede esconder un egoísmo solapado: la compasión no exige correspondencia, no juzga. Es sencillamente piadosa, incondicional, momentánea, aunque quien la recibe no la «merezca». Y el placer. El placer físico, esa llama que consume todo egoísmo. Y el otro, el placer máximo del arte, del espíritu, de la música. El resto es mera zoología.


Sándor Márai, Diarios 1984-1989, Salamandra, Barcelona, 2008, pp. 148-149.