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El río, Juan Bonilla

jueves, 9 de junio de 2016
Río azul y cascada, Kent Shiraishi


EL RÍO

Si pudiera elegir, sería un río.
Siempre el mismo pero sin ser el mismo nunca.
Un río hundiéndose como daga en el mar
en el exacto instante repetido
en el que nace sin testigo alguno
entre las grietas de una peña y se desliza como lágrima.
Y a cada instante ser también
hilo de agua solitario entre árboles pacientes
que levanta un rumor de agua nerviosa
o se ensancha orgulloso al paso de ciudades
por reflejar torres del oro y vanas catedrales,
o da de beber al ganado en un recodo
o se inventa piscinas para que se bañen los chavales.
No, nuestras vidas no son ríos:
ellos siguen naciendo cuando mueren,
siguen corriendo alegres, violentes,
o se remansan en los valles.

Si pudiera elegir, sería un río, cualquier río,
algo que siempre está naciendo,
algo que está pasando siempre,
algo que muere en cada instante.



Juan Bonilla, Poemas pequeñoburgueses, Renacimiento, Sevilla, 2016, pp. 17-18.

[Besar], Juan Bonilla

martes, 15 de julio de 2014
Radiografía (El beso), Man Ray


   Besar es escuchar el silencio del otro con la boca.


Juan Bonilla, El arte del yo-yo, Pre-Textos, Valencia, 1996, p. 253.
   

[Las compañeras de habitación...], Juan Bonilla

lunes, 14 de abril de 2014


   Las compañeras de habitación de mi madre se sucedían. Eran enfermas de cáncer que se enfrentaban a veces a su primer ingreso, y otras al enésimo: estaban un par de dias en observación y les daban luego el alta y la fecha de la cita para iniciar o proseguir con un tratamiento. Ninguna de ellas estaba recibiendo cuidados paliativos. T., informada por su amigo el enfermero, me dijo que nunca ponen juntas a dos pacientes que están recibiendo cuidados paliativos; sólo en el caso de que ambos pacientes sepan qué son los cuidados paliativos, es aconsejable colocarlos juntos en la misma habitación, así se hacen compañía útil: náufragos licenciados en geografía que saben que ni aun a miles de kilómetros de donde están hay isla donde puedan salvarse.


 Juan Bonilla, "Cuidados paliativos", Una manada de ñus, Pre-Textos, Valencia, 2013, p. 49.

[Tabla de madera], Juan Bonilla

domingo, 19 de enero de 2014
Amanecer tras el naufragio, William Turner


   Sentí que esas palabras no me dejaban hablar, que las palabras, en efecto, a veces no nos dejan hablar, y acudimos a ellas como a una tabla de madera el náufrago, sin reparar en que hay olas cuya potencia no puede soportar ninguna barca improvisada, aunque resulta inevitable pensar que cuando se ha alcanzado un trozo de madera tras el naufragio se está más cerca de la salvación, se alimentan las esperanzas por haber retrasado la hora del fin.


Juan Bonilla, El arte del yo-yo, Pre-Textos, Valencia, 1996.

[Fosa], Juan Bonilla

jueves, 9 de enero de 2014
Nocturno, Max Ernst


   Cuando un hombre cava día tras día su propia fosa, cuando con sus propias manos decide abrir un agujero en el campo donde encerrarse, uno no puede hacer nada, le fallan las convicciones, se siente impotente para declararle sus errores, porque quiénes somos nosotros para declarar como errores lo que tal vez no sea sino única salida.


Juan Bonilla, El arte del yo-yo, Pre-Textos, Valencia, 1996, p. 22.

[Anochecer], Juan Bonilla

domingo, 15 de diciembre de 2013
Anochecer en Yosemite, Albert Bierstadt


   Viajaríamos sin descanso con la noche, a la velocidad de la noche, o mejor, del anochecer. Siempre está anocheciendo. El anochecer no es un instante sino un milagro que sucede constantemente. No hay un solo momento en el que no esté anocheciendo. No hay un solo instante en que alguien no contemple el anochecer, cómo se derrumba el sol, ese fumador empedernido, que con la lumbre del día que se apaga enciende un nuevo día en otro sitio, con la elocuencia de lo inexpresable.


Juan Bonilla, El que apaga la luz, Pre-Textos, Valencia, 1995, p. 11.

[Las imágenes de la preciosa Lily...], Juan Bonilla

jueves, 12 de septiembre de 2013
Los amantes en el cielo rojo, Marc Chagall


   Las imágenes de la preciosa Lily le martirizaban de madrugada, el momento en que abandonaba la sala donde leía sus poemas, sus apariciones estelares en sus sueños: era un niña saltando a la comba con sus sienes, era una boxeadora magullando su rostro de piedra, era una puta esperándolo bajo un farol, era una señorita conducida en trineo por un cochero de gala, era La Gioconda, estaba harto de copiarla una y otra vez y de saber al terminar cada una de las copias que la auténtica estaba colgada en un museo o en la casa de Osip Brik, tenía que robarla, no le iba a quedar más remedio que robarla y aprender que amar es arrancarse de las sábanas desgarradas del insomnio, que no tenía que ver con los paraísos de dulzura que nos vendían los simbolistas tétricos, sino el asalto rugiente de una tempestad de fuego y de agua.


Juan Bonilla, Prohibido entrar sin pantalones, Seix Barral, Barcelona, 2013, p. 52.

Monos de Tortuguero, Juan Bonilla

lunes, 26 de abril de 2010
MONOS DE TORTUGUERO

Se pasan todo el día bajo el arbusto negro
—creyendo que de él fluye la vida—.
Mascan hojas alucinógenas
que les llenan la mente de amigos invisibles,
fiestas interminables, túneles de colores, globos
que se alzan hasta estrellas
que ignoran los astrónomos más doctos.
Cada uno anda perdido, dedicado a encontrarse
en esos laberintos que se inventan
sintiéndose inmortales, lejos del pobre yo,
de los cuerpos peludos que aparecen
cuando al agua se asoman, impostores.

Por la noche todo es algarabía,
pelean, se persiguen, juegan, saltan,
recién llegados todos de sus mundos,
hasta que la fatiga los arropa
y caen al sueño al fin rendidos.
Cuando durante el día,
están en la labor
de inventarse sus mundos,
sólo despiertan si una barca de turistas
se acerca disparando flashes.
Entonces abandonan sus ensueños y hacen piña
y defiende el territorio del arbusto sacro
del que fluye la vida.

Su método infalible consiste en lo siguiente:
Defecan abundantemente y luego
lanzan como hediondos proyectiles
los excrementos, tan reales,
contra los fascinados turistas, que de vuelta a casa
enseñarán la foto
de un simio muy borracho que les tiró una piedra
de mierda para defender
el palacio invisible de sus sueños.





Juan Bonilla, Cháchara, Renacimiento, Sevilla, 2010, pp. 37-38.

No volverás a ser joven (ni falta que te hace), Juan Bonilla

miércoles, 21 de abril de 2010
NO VOLVERÁS A SER JOVEN (NI FALTA QUE TE HACE)

Imitraición de Gil de Biedma


Que la vida no va en serio
lo empezamos a comprender muy pronto.
Como todos los jóvenes vinimos
fundamentalmente a hacer el tonto.

Ni dejar huella ni
domar el lento potro
del miedo a envejecer, morir. Morirse
una fea costumbre de los otros.

Pero ha pasado el tiempo
y no nos divertimos en la feria
del mundo. Sólo aprendimos esto:
que la vida no es seria.

De todos los que pudimos ser
en el espejo no nos queda nadie.
Eso es envejecer:
cualquier futuro ya nos viene grande.




Juan Bonilla, Cháchara, Renacimiento, Sevilla, 2010, página 49.

[Tras la tormenta...], Juan Bonilla

lunes, 28 de septiembre de 2009

Tras la tormenta_____________________

el cielo a nuestros pies

_____________________en cualquier charco


Juan Bonilla, Defensa personal (Antología 1992-2006), Renacimiento, Sevilla, 2009, página 82.

La persecución, Juan Bonilla

viernes, 12 de junio de 2009


LA PERSECUCIÓN

Está la muerte tan segura
de que va a alcanzarte
que te ha dado una vida de ventaja.

De ella procedes, de su vientre oscuro,
y a ella te diriges, a su insondable sótano,
así que corre, corre, piérdete en los bosques
sagrados de la vida sin futuro,
graba en los troncos tu nombre secreto,
ese que no conoce nadie más que tú,
y mezcla tu ignorancia acerca de quién eres
con la ignorancia de los otros.
A fuerza de ignorancia serás sabio.

Por tus bolsillos rotos se desliza sin descanso el tiempo hacia la tierra
donde quedan tus huellas un instante.
No te vuelvas a mirarlas, son abismos
donde va derritiéndose tu identidad.

Los mastines de la muerte están buscándote
haz que se llenen el hocico
con las cuchillas con que formulaste en tantos sitios
tu nombre, no el que te impusieron los mayores
sino el que has inventado a cada paso
para amarte en todas las cosas de este mundo.

Te darán caza los mastines de la muerte:
saberlo te hará más fuerte y más veloz.
No aceptes pues las prórrogas cobardes
que inventa la debilidad y el frío del futuro:
otras vidas en dimensiones hipotéticas,
ni edenes en los que ángeles siniestros
sellan el pasaporte de un difunto valorando
acciones sustentadas por un vómito de dogmas.

La muerte está segura de su triunfo:
corre, pues, corre, es solamente un juego sin por qué.
Las reglas poco importan si resistes
y el resultado está amañado y aunque pierdas
has de vender muy cara tu derrota.




Juan Bonilla, Defensa personal (Antología 1992-2006), Renacimiento, Sevilla, 2009, páginas 31-32.