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[Quién sabe tocar el arpa], William Faulkner

martes, 30 de septiembre de 2014

   Padre decía que un hombre es la suma de sus desgracias. Un día crees que las desgracias han abandonado la partida, pero entonces el tiempo se convierte en tu mayor desgracia decía padre. Una gaviota planea por el espacio sujeta por un cable invisible. Uno lleva el símbolo de su frustración a la eternidad. Luego las alas son mayores decía padre pero ¿quién sabe tocar el arpa?


William Faulkner, El ruido y la furia, Alianza, Madrid, 2013, p. 123.
  

La pena o la nada, William Faulkner & Nacho Vegas

domingo, 18 de mayo de 2014
Sé que tiempos más duros aún están por venir,
que algunos días de mayo son más lluviosos que los de abril.
Me clavaste ambos ojos, y aún recuerdo en tu voz:
la vida es parte buscar placer y parte hallar dolor.
[...]

Nacho Vegas, "La pena o la nada", El tiempo de las cerezas, 2006.




   Pero después de todo la memoria podía vivir en las viejas entrañas jadeantes: y ahora la tenía a mano, irrefutable y clara, y serena, mientras la primera golpeaba y murmuraba, seca y salvaje, y débil, y en la noche, pero él podía afrontar la memoria, pensando: No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La misma carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejará de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la pena.


William Faulkner, Las palmeras salvajes, Edhasa, Barcelona, 2004, p. 362.

[Un poco de frío], William Faulkner

martes, 6 de agosto de 2013
Un frío destello de las almas, Derick Hegarty


   Hay que hacerse a la idea de que siempre va a tener un poco de frío, aun en cama, y hay que seguir trabajando. Después de un tiempo uno se acostumbra y se olvida y ni siquiera se da cuenta que tiene frío porque se olvida lo que es calor.


William Faulkner, Las palmeras salvajes, Edhasa, Madrid, 2004, p. 214.

[Palabras], William Faulkner

viernes, 12 de julio de 2013
Lenguaje corporal, Arnulf Rainer


   Conque acepté a Anse. Y cuando me enteré de que iba a tener a Cash, comprendí que la vida era terrible y que esto es lo que nos trae. Fue cuando aprendí que las palabras no sirven para nada; que las palabras no se corresponden ni siquiera con lo que tratan de decir. Cuando nació comprendí que maternidad había sido inventado por alguien que tenía que tener una palabra con que llamarlo, porque a los que tienen hijos no les interesa si existe una palabra para llamar eso o no. Comprendí que el miedo fue inventado por alguien que nunca había sentido miedo; y el orgullo, por quien nunca había sentido orgullo. Comprendí que había sido eso, no que tuvieran las narices sucias, sino que nos habíamos tenido que usar unos a los otros por medio de las palabras como arañas que se cuelgan por la boca de una viga, se balancean y retuercen sin tocarse nunca, y que sólo por medio de la vara mi sangre podría mezclarse con la suya en una sola corriente. Comprendí que había sido eso, no que mi soledad hubiese tenido que ser violada una y otra vez cada día, sino que nunca había sido violada hasta que llegó Cash. Ni siquiera de noche por Anse.
   También él tenía una palabra. Amor, lo llamaba. Pero yo llevaba mucho tiempo acostumbrada a las palabras. Sabía que esa palabra era como las demás: sólo una forma de llenar una carencia; que cuando llegase el momento preciso uno no necesitaría una palabra para llamarlo, como no la necesitaba para el miedo o el orgullo.


William Faulkner, Mientras agonizo, Cátedra, Madrid, 2011, pp. 167-168.