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Ave Fénix, Carlos Almira

martes, 4 de octubre de 2011

AVE FÉNIX

Don Víctor Quintanar descubrió que podía convertir sus emociones en seres reales: su miedo en una liebre, su ansiedad en una ardilla, su cólera en un oso. Pero si intentaba, por ejemplo, hacer surgir un hipopótamo o un león, fracasaba. Tampoco podía crear seres mitológicos ni monstruos del tipo de la quimera, el grifo o el unicornio.
Empezó a ir solo a cierto descampado. Comprobó, con satisfacción, que sus osos y sus lobos, siendo reales, eran inofensivos para él, y que ni las becadas ni los venados le huían. Todos aquellos seres además, se esfumaban en cuanto desaparecía la emoción correspondiente. Pero, ¿qué pasaría si perdía los estribos en su casa o en la calle, en el casino o en la iglesia?
Una tarde que perdía al tresillo vio una víbora deslizarse bajo el tapete verde; ese mismo domingo un mochuelo descomunal sobrevoló sigiloso la nave de la catedral brotando del pañuelo tras el que bostezaba.
Por esa época su mujer empezó a coquetear con don Álvaro Mesía. Don Víctor Quintanar husmeaba el aire impregnado de secreciones amorosas; auscultaba los más leves sonidos del ilícito cortejo; vislumbraba las formas escurridizas de los amantes en las tinieblas de las habitaciones.
Decidió sorprenderlos y castigarlos con un oso o al menos, una jauría de lobos, pero sólo le salió un Ave Fénix.


Carlos Almira, Fuego enemigo, Nowevolution, Madrid, 2010, p. 71.

Crecimiento, Carlos Almira

martes, 27 de septiembre de 2011




CRECIMIENTO

Las marcas arden aún, rojizas y tenues, en las muñecas y tobillos del chico que acaba de despertarse con dolor de cabeza y de huesos, como si se hubiese caído por un barranco.
Hace rato que la cuadrilla de demonios emprendió la fuga con sus cuerdas, sus pernos, sus palancas y sus poleas, tras una larga noche de trabajo.





Carlos Almira, Fuego enemigo, Nowevolution, Madrid, 2010, p. 42.

Mario y el gato, Carlos Almira

domingo, 4 de septiembre de 2011
Gatos, Franz Marc

MARIO Y EL GATO

La voz no humana me llegó de lo alto:
–¡Agostino, Agostino! –levanté la cabeza y lo vi. Estaba echado en el tejadillo calentándose al sol. Desde el paseo se avistaba su cabeza y el extremo delantero de las patas, con las garras bien recogidas.
–¡Agostino, Agostino! –repitió, y se puso en pie, estirándose y desperezándose, mirándome fijamente:
–¡Soy yo, tu amigo Mario!
Mario Cavalcanti se había matado con su moto hacía menos de un mes. Miré estupefacto al gato romano, lustroso, que se hacía pasar por mi amigo. En la tapia y el paseo del río flotaba la soleada mañana invernal.
–¿Te ha comido la lengua el gato? –bromeó, típico de Mario.
–Quiero prevenirte –prosiguió, cambiando a un tono grave, lacónico. Y arqueó el lomo trazando un rápido garabato con la cola:
–La muerte no existe, muchacho: pero no te hagas ilusiones. ¿Ves aquel perro que está haciendo caca en la farola? ¿Te acuerdas de Enrique Vinuti, el primero de nuestra clase, el preferido de los maestros que nunca fumaba ni se pajeaba y que murió de meningitis?
Miré horrorizado.
–El mismo –maulló–. Estás avisado.
Sin decir más giró hacia los árboles, dio una voltereta, saltó y desapareció en el tejado.



Carlos Almira, Fuego enemigo, Nowevolution, Madrid, 2010, p. 36.

Sueños, Carlos Almira

miércoles, 3 de agosto de 2011
El tiempo apuñalado, René Magritte

SUEÑOS

Todo le iba de maravilla hasta que un día soñó que lo arrollaba un tren. ¿Un tren? Por si acaso, Victorio decidió encerrarse unas semanas en su villa. No en vano todo el país, estrecho y montañoso, estaba taladrado de túneles y vías férreas.
Años atrás había soñado con el premio de la Lotería y con el dinero se había comprado aquella villa en la que, sólo la biblioteca, ocupaba una sala dos veces mayor que su antiguo piso, y a la cabecera de la cama le guiñaba un ojo el retrato de Federico de Montefeltro.
El tren que lo arrollaba en su sueño era una máquina enorme y negra que producía un ruido espantoso. Por otra parte, la villa de Victorio estaba rodeada de jardines, y disponía de un lago y un pinar. Podía pasear, leer, escuchar música, y solazarse sin traspasar sus muros.
Aunque el sueño no se repitió y Victorio lo olvidó, la costumbre lo mantuvo retenido durante años. Un día que rebuscaba un libro raro en una estantería alta, resbaló y cayó de las escaleras. Las piernas ya no eran lo que fueron y la vista, fatigada, le obligaba a acercar los libros a un palmo de la cara.
Mientras estaba inconsciente en la ambulancia volvió a soñar con el tren: la máquina negra y pesada de cuarenta años atrás se había convertido en un tren moderno, de alta velocidad, ahusado y de morro puntiagudo, que lo arrollaba igualmente. Victorio se sonrió al comprobar que también el progreso llegaba a los sueños.
Lo despertó el traqueteo de la ambulancia atascada en las vías del paso a nivel.


Carlos Almira, Fuego enemigo, Nowevolution, Madrid, 2010, p. 9.