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La matrícula, Dino Buzatti

martes, 19 de marzo de 2013
Matrícula incompleta, Nathan Marvel

LA MATRÍCULA

   El 22 de septiembre pasado, al anochecer, estaba parado en el tercer semáforo de la Via Melchiorre Gioia, en Milán, cuando a mi izquierda, dos toquecitos de claxon, como llamando. Me vuelvo, a mi lado un coche de lujo. Al volante, un señor sobre los cuarenta. Me hace una señal y baja la ventanilla derecha. Yo abro la mía. Y él, con una especie de apatía, como asumiendo la molestia que le suponía infligir una norma cívica:
   —Mire usted, ha perdido la matrícula y lleva un piloto fundido.
   Me sienta mal, pero no me sorprende. De noche dejo mi destartalado cacharro en la calle, nada más fácil que alguien, mientras estoy aparcado o al salir, me haya ocasionado la doble faena.
   Naturalmente, allí en el semáforo no voy a ponerme a comprobar. Lo hago doscientos metros más adelante, en cuanto el tráfico lo permite. Pues bien: la matrícula está en su sitio y ambos pilotos lucen.
   Conque una broma. Pero el señor que me ha advertido en absoluto parecía un tipo bromista. Y además, ¿con qué fin? Evidentemente había visto mal.
   Recorro la Via Melchiorre Gioia casi todos los días. Una semana más tarde, me paré en el mismo semáforo y oí que me llamaba con el claxon, esta vez desde la derecha.
   Un furgón. El conductor, un joven vestido con mono, bajó el cristal y me hizo una seña. Lo bajé yo también. Me dijo, con sonrisa amable, casi compadeciéndose:
   —Oiga, señor, no lleva la matrícula. Y sólo se le enciende un piloto.
   Le di las gracias de dientes afuera, preguntándome si no sería una ocurrencia idiota de moda por aquellos parajes. Pero por si acaso me bajé pasado el cruce y fui a ver. Exactamente: la matrícula desaparecida y uno de los dos pilotos hecho trizas.
  


Dino Buzzati, Las noches difíciles, Acantilado, Barcelona, 2010, pp. 265-266.

Los días perdidos, Dino Buzzati

lunes, 18 de febrero de 2013
 Pájaro negro, Tommy Ingberg

LOS DÍAS PERDIDOS

   Algunos días después de haber tomado posesión de su suntuosa villa, Ernst Kazirra, al entrar en casa, divisó a lo lejos a un hombre que salía con una caja al hombro por una puerta secundaria de la tapia y la cargaba en un camión.
   Antes de que pudiera alcanzarlo el hombre se había marchado. Así que lo siguió en el coche. El camión hizo un largo trayecto hasta más allá de las afueras de la ciudad, deteniéndose al borde de un cañón. Kazirra bajó del coche y fue a ver. El desconocido cogió la caja del camión, avanzó unos pocos pasos y la arrojó al barranco; estaba lleno de miles y miles de cajas iguales.
   Se acercó al hombre y le preguntó:
   —Te he visto sacar la caja de mi jardín. ¿Qué había dentro? ¿Y qué son todas estas cajas?
   Él lo miró y sonrió:
   —Quedan más en el camión, para tirar. ¿No lo sabes? Son los días.
   —¿Qué días?
   —Tus días.
   —¿Mis días?
   —Tus días perdidos. Los días que has desperdiciado. Los esperabas, ¿a que sí? Llegaron. ¿Y qué hiciste de ellos? Míralos, intactos, todavía llenos. Y ahora...
   Kazirra miró. Formaba una pila inmensa. Descendió por la escarpadura y abrió uno.
   Dentro había un camino en otoño y al fondo Graziella, su novia, se iba para siempre. Y él ni siquiera la llamaba.
   Abrió un segundo. Era una habitación de hospital y en la cama su hermano Giosuè, que estaba mal y lo esperaba. Pero él estaba fuera por negocios.
   Abrió un tercero. En la verja de la vieja y mísera casa estaba Duk, su fiel mastín, esperándole desde hacía dos años convertido en piel y huesos. Y él ni siquiera había pensado en volver.
   Sintió que algo le oprimía ahí, en la boca del estómago. El descargador estaba de pie al borde del cañón, inmóvil como un verdugo.
   —¡Señor!— gritó Kazirra—. Escúcheme. Deje que me lleve al menos estos tres días. Se lo suplico. Al menos estos tres. Soy rico. Le daré cuanto quiera.
   El descargador hizo un gesto con la mano derecha, como señalando un punto inalcanzable, como diciendo que era demasiado tarde, que ya no había remedio posible. Luego se desvaneció en el aire y al instante desapareció también el gigantesco cúmulo de cajas misteriosas. Caían las sombras de la noche.
   


Dino Buzzati, Las noches difíciles, Acantilado, Barcelona, 2010, pp. 22-23.