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Tantear la noche, Rogelio Guedea

domingo, 4 de diciembre de 2011
Pequeña estación de tren por la noche, Paul Delvaux


TANTEAR LA NOCHE

El miedo es un buen consejero; el jardín, un buen amigo. Ir al jardín se ha hecho una costumbre, una tarea. Ahí uno junta sus partes abandonadas: la fe —cuando abunda—, el rostro de una mujer, un árbol. Sentarse en la banca, al lado de un hombre de mirada extraviada, es siempre reconfortante. Luego hablarle del calor que ha hecho en el día, mientras se rasgan las vestiduras o se alcanza una flor recién nacida pero muerta. Carraspear, sonreír, volver la vista al chorro de la fuente. Tan simple como colocar sobre la mesa las migas caídas al suelo y, con ellas, hacer del pan corriente un pan ácimo. La vida como una hoja que cae, como algo que vuela. Nada está más allá del acto de mirar, silenciosamente. Si en lugar de hombre fuera uno puerta cancel o mesa o campo de palomas, ¿desde qué lado entonces dolería la vida? Sólo se trata de levantarse y caminar hasta el final de la calle iluminada. Contar los pasos, no detenerse. Mantener correspondencia con la sombra que uno es, interpretar sus lluvias, dejarse seducir. Eso quizá sea lo valedero, si valedero es vivir a ciegas.


Rogelio Guedea, Del aire al aire, Thule, Barcelona, 2004, p. 36.

Extranjero, Rogelio Guedea

miércoles, 9 de febrero de 2011
EXTRANJERO

Un extranjero siempre será un extranjero: aunque sea dueño de la casa donde vive, la casa donde vive nunca será su casa: aunque sea dueño de las calles que camina, las calles que camina nunca serán sus calles: aunque sea dueño de la mujer que ama, la mujer que ama nunca será su mujer: un extranjero siempre será un extranjero: caminará en la cuerda floja del aire, bordeará la orilla de las cosas, habrá entre su sombra y su prójimo una red de cristal o un muro de piedra: una noche insondable, nada más, como sus ojos.

El extranjero, Michel Alet


Rogelio Guedea, Cruce de vías, Menoscuarto, Palencia, 2010.

El amor que yo quería contar, Rogelio Guedea & Ocasión, Rubén Abella

sábado, 4 de diciembre de 2010

EL AMOR QUE YO QUERÍA CONTAR

Ésta quería ser una larga historia de amor, una historia de un hombre y una mujer que se conocieron un día en el centro comercial, mientras ella miraba con detenimiento unas zapatillas rojas y él, del otro lado del cristal, amorosamente, la miraba mirar. Ésta quería ser la historia de un hombre y una mujer que toda su vida ensayaron sus pasos para poderse encontrar. Quería la historia que el hombre abordara a la mujer, la invitara a un café, a un salón de baile, la invitara a amar. Quería esta larga historia que nadie estuviera detrás: ni Dios, ni el diablo, ni el azar. Sólo la mujer y el hombre saliendo del brazo, amorosamente, del centro comercial. Después vendrían los hijos, las promesas, las noches de frío, el té de las diez, los besos con sabor a lluvia. Después vendrían los paseos por el jardín, el cine, las reuniones con amigos, las breves pero sustanciosas alegrías. Hubiera sido bellísimo que el hombre la invitara a amar, pero la mujer, inesperadamente, y sin advertir la larga historia de amor que yo quería contar, se dio la media vuelta y se perdió en los pasillos del nunca jamás.


Rogelio Guedea, Cruce de vías, Menoscuarto, Palencia, 2010.

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OCASIÓN

Al cruzarse en la calle Preciados se miraron a los ojos y supieron en el acto que estaban hechos el uno para el otro. Pero ambos tenían prisa —él iba a visitar a un cliente, ella tenía hora en la peluquería—, y tras un instante de vacilación cada cual siguió su rumbo.


Rubén Abella, Los ojos de los peces, Menoscuarto, Palencia, 2010, p. 67.