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Un soneto, Daniil Jarms

sábado, 16 de marzo de 2013
Sín título, Jean-Michel Folon

UN SONETO

   Me ha pasado una cosa increíble; de repente me olvidé de qué número iba primero: si el siete o el ocho.
   Fui a casa de unos vecinos y les pregunté qué pensaban al respecto.
   Cuál no sería su sorpresa, y la mía, cuando de pronto cayeron en la cuenta de que tampoco ellos eran capaces de recordar el orden de los números. Se acordaban de que iba: uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis; pero a partir de ahí no sabían cómo seguir.
   Nos fuimos todos a la tienda de alimentación que está en la esquina de las calles Známenskaia y Basséinaia y le pedimos a la cajera que nos sacara de dudas. La cajera nos sonrió con tristeza, se sacó un martillito de la boca y, moviendo levemente la nariz, dijo:
   —En mi opinión, el siete irá detrás del ocho en caso de que el ocho vaya detrás del siete.
   Le dimos las gracias a la cajera y nos marchamos felices de la tienda. Pero enseguida, después de pensar detenidamente en lo que nos había dicho la cajera, volvimos a caer en el desaliento, pues nos pareció que sus palabras no tenían el menor sentido.
   ¿Qué podíamos hacer? Nos dirigimos al Jardín de Verano y empezamos a contar árboles. Pero, al llegar a seis, paramos y nos pusimos a discutir: para unos, el siguiente era el siete; para otros, el ocho.
   Nos habríamos pasado el día discutiendo, pero, por suerte, en ese momento un niño se cayó de un banco y se rompió las dos mandíbulas. Eso hizo que nos olvidáramos de nuestra discusión.
   Y después cada uno se fue para su casa.



Daniil Jarms, Me llaman capuchino, Automática, Madrid, 2012, pp. 25-26.

El cuaderno azul nº 10, Daniil Jarms

miércoles, 6 de marzo de 2013
I'm not there, Pol Úbeda


EL CUADERNO AZUL Nº10

   Érase una vez un tipo pelirrojo que no tenía ni ojos ni oídos. Tampoco tenía pelo, de modo que decía que era pelirrojo por decir algo.
   No podía hablar, puesto que no tenía boca. Nariz tampoco tenía.
   Por no tener, no tenía ni brazos ni piernas. Tampoco barriga, ni espalda, ni espina dorsal, ni tripas de ninguna clase. ¡No tenía nada de nada! Así que no hay forma de saber de quién estamos hablando.
   Bueno, será mejor que no sigamos hablando de él.
  

  
Daniil Jarms, Me llaman capuchino, Automática, Madrid, 2012, p. 21.