Después de haber dormido no más de cuatro horas, llegamos al aeropuerto de Santiago poco antes de las seis. El avión despegó a las siete y veinte, y una hora más tarde habíamos llegado a la terminal 4 de Barajas, de la que ya tendríamos tiempo a cansarnos por la noche.
La primera visita de la mañana fue el Museo del Prado, donde tuvimos que decantarnos por ver las obras de los pintores más relevantes debido a la apretada agenda que habíamos diseñado para ayer. Después fuimos al museo Thyssen, en el que, a pesar de todas las veces que fui a Madrid, nunca había estado, y me he dado cuenta de lo que me había estado perdiendo hasta ahora, porque vi cuadros que me encantaron, como éste, Localización de móviles gráficos I, de Frantisek Kupka, o algunos de Marc Chagall o André Derain. Para mí, fue lo mejor del viaje. Además del museo, fuimos a la exposición de Modigliani que se encontraba en el mismo edificio.
Ya de noche, fuimos a la Puerta del Sol y anduvimos por la Gran Vía, intentando retrasar el inevitable regreso al aeropuerto. Llegamos allí a las once, por lo que nos aguardaban más de ocho horas de interminable espera. Además, los bancos, en su afán de guardar una estética acorde con el moderno diseño de la terminal, eran totalmente de metal, con unos afilados reposabrazos entre cada asiento, por lo que no invitaban al sueño. Pero al final sí que acabamos durmiendo algo las tres, el cansancio era tan grande que incluso pudo vencer la incomodidad de los bancos.
Finalmente, la hora de volver llegó, y a las ocho menos diez el avión despegaba hacia Santiago. Llegamos cansadas, claro, pero realmente el viaje había merecido la pena. Ya hemos pensado en repetir dentro de unos meses una experiencia de este estilo yendo a otro lugar pero, eso sí, sin escatimar gastos en un hotel donde poder pasar la noche.
