[En la salida de la M-40...], Olvido García Valdés

miércoles, 14 de enero de 2009


En la salida de la M-40, dirección A-6,
en los desmontes entre la autopista
y el acceso –tierra de nadie–,
un pequeño huerto cultivado.
Al lado del chamizo
arranca malas hierbas. Pide
a la tierra la vida, quizá setenta años,
ruega a Perséfone. Casa y huerto. Sentir
el sol. El túnel enseguida húmedo y largo.




Olvido García Valdés, Y todos estábamos vivos, Tusquets, Barcelona, 2006.

[Vuelan gaviotas...]

lunes, 12 de enero de 2009


Vuelan gaviotas
buscando su lugar
allí en el cielo.



[No hay cielo ni tierra..], Hashin

domingo, 11 de enero de 2009



No hay cielo ni tierra
Sólo nieve
que cae eternamente




Alberto Silva, El libro del haiku, Visor, Madrid, 2008, p. 282.

Cursilina, Jorge Llopis

jueves, 8 de enero de 2009

CURSILINA

Margarita está frita. ¿Qué tendrá Margarita?
Su boquita chiquita se marchita contrita
con bostezos de triste e infeliz boquerón.
Margarita no dice más que cosas vacías,
y al que coge por banda la mitad de los días
o le da la tabarra o le atiza un tostón.

El crepúsculo dora la discreta persiana;
ferroviaria, la tarde con su luz provinciana,
en el río se rasca sus narices de añil,
y en la calle despierta con rebuznos de establo,
se pasea don Lucas, se pasea don Pablo,
se pasea don Cosmeo, se pasea don Gil.

Margarita se aburre en su silla de enea;
vocinglera, su madre, por la casa pasea,
y su padre se toma una caña en el bar.
Margarita no tiene pebeteros ni pomos,
y en lugar de los sándalos y de los cinamomos,
el olor del repollo embalsama su hogar.

¿Piensa acaso en el príncipe de una tierra confusa
(Margarita es tontarria, Margarita es obtusa),
o en un hombre maduro o en un tierno doncel?
¿O en el rey del boato y la dulce fanfarria
(Margarita es obtusa, Margarita es tontarria),
que la lleve a los toros de Cacarabanchel?

¡Ay, la pobre muchacha de los senos homófonos,
quiere ser una artista y comerse micrófonos,
como todo el que piensa que maullar es cantar,
y almorzar con caviares y cenar con mariscos,
y firmar mil autógrafos, y grabar muchos discos,
que a comprar va su padre, el que estaba en el bar!

Margarita no tiene refulgentes joyeles,
ni dragones rampantes, ni fogosos corceles,
ni románticas dueñas de brial y runrún;
Margarita no cumple treinta y siete castañas,
y ha de darse prisa con truquitos y mañas,
si no quiere quedarse a the Valencia's moon.

Y no reina en las tierras del País de las Brumas,
ni en los vastos imperios de las Blancas Espumas,
con sus olas que vienen y sus olas que van.
En su vida son pocos los momentos triunfales;
solamente fue reina de unos juegos florales,
que mantuvo y retuvo, como siempre, Pemán.

¡Oh, quién fuera el lirófono que en la noche rechina
(Margarita es idiota, Margarita es cretina),
mariposa que sueña en un cielo ideal,
y si piensa que a tientas va a palpar el nelumbo,
al buscarlo sus manos, se le vuelve higo chumbo,
que es la máxima gala de la flora local!

¡Calla, calla, monada! -dice el Hada Violante-
(Margarita es pesada, Margarita es cargante),
en un ocho cilindros llega ya triunfador
el gentil financiero que tu amor presentía,
don José Iparraguirregorritiechevarría,
que maneja "Iberduero", "Marcabril" y "Exterior".


Jorge Llopis, Las mil peores poesías de la lengua castellana, Ediciones Espuela de Plata, Sevilla, 2008, páginas 339-341.

[Había penetrado profundamente...], Sam Shepard

martes, 6 de enero de 2009
Campo abierto, Eric Lowenbach


Había penetrado profundamente en las treinta y dos hectáreas de pastos que acababan de brotar y la cabeza no paraba. Podía ver a través de las verdes hojas las marcas dejadas por el tractor en su última pasada. Las profundas depresiones de las huellas del ganado en los sitios en donde el suelo estaba embarrado y se lo habían comido todo y sólo quedaba un corto rastrojo amarillo. Más o menos cuando atajaron el incendio. Oía a mi cuerpo que quería irse y tenderse, pero mi cabeza no le hacía caso. Vi que aquí, al aire libre, era mucho más fácil determinar la hora. Todo aquí entendía íntimamente que el sol se estaba yendo. Hasta los halcones lo dejaban para el día siguiente.

Seguí pensando que allá en el establo había alguien que me llamaba. Oía en realidad su voz y me volví a mirar. No había nadie.

Me volví hacia la extensión de tierras y me pregunté hasta dónde ir. Exactamente la misma pregunta que me hice antes, cuando nadaba en el océano. ¿A partir de qué lugar empieza a ser peligroso seguir alejándose? Y comprendí que uno se lo pregunta cuando ya empieza a creer que ha ido demasiado lejos.

18/12/79
Petaluma, Ca.



Sam Shepard, Crónicas de motel, Anagrama, Barcelona, 1985, página 116.

[No sabiendo si existo...], Leopoldo María Panero

lunes, 5 de enero de 2009

No sabiendo si existo
no sabiendo
a solas no sabiendo, rodeado de flores pálidas
que habitan el cemento
y la áurea paloma a la que embisto
sin saber todavía si yo existo.

Diciembre, Ángel González

sábado, 3 de enero de 2009


DICIEMBRE

Diciembre vino silenciosamente,
estirando las noches hasta casi
juntarlas:
el alba a pocas horas de distancia
del crepúsculo lleno de tristeza,
y un mediodía sin sol,
un mediodía
de pájaros ocultos y apagados
ruidos,
con bajas nubes grises recibiendo
el sucio impacto de las chimeneas.

Diciembre vino así, como lo cuento
aquel año de gracia del que hablo,
el año aquel de gracia y sueño, leve
soplo de luces y de días,
encrucijada luminosa
de lunas hondas y de estrellas altas,
de mañanas de sol, de tardes tibias
que por el aire se sucedían lentas
como globos brillantes y solemnes.

Pero diciembre vino de ese modo
y cubrió todo aquello de ceniza:
lluvia turbia y menuda,
niebla densa,
opaca luz borrando los perfiles,
espeso frío tenaz que vaciaba
las calles de muchachas
y de música,
que asesinaba pájaros y mármoles
en la ciudad sin hojas del invierno.

Pájaros muertos, barro, nieve sucia,
lanzó diciembre sobre el año, y todos
abandonamos en silencio
su ámbito feliz, pisando indiferentes
los restos consumidos de sus cosas,
el envoltorio de sus alegrías,
dejándolo cubierto de papeles
y rotas luces,
oquedad sumergida
en decepción y desfallecimiento,
como la sala de un teatro, cuando
el telón cae, finalizando el drama.

De esa forma dejamos aquel año,
sórdido
recinto
manchado de recuerdos derribados
y deseos oscuros
y nostalgia
-y por qué no también remordimiento-
sin mirar para atrás,
sin querer enterarnos
de su agonía lívida a las puertas de enero.




Ángel González, Antología poética, Alianza Editorial, Madrid, 2007, pp. 61-63.