Historia de Yuan, Juan Gracia Armendáriz

miércoles, 7 de septiembre de 2011
HISTORIA DE YUAN

Yo entonces no podía saberlo, pero el lugar estaba en una encrucijada de caminos, y el paisaje era un amplio humedal con peñascos entre las nubes, como pintados con tinta china. En invierno respirábamos niebla. Las paredes eran blancas y olían a pis helado. El aire se sostenía en un bostezo que a veces se transformaba en llanto, algo así como los movimientos de muchos cuerpos pequeños en una sala. Había cabezas en las cunas. Los ojos miraban la luz incesante de un tubo verde. Las mujeres entraban y salían; la mayor daba miedo, o más bien parecía transportar una maldad vibrátil en sus ojos amarillos; su ayudante tenía un rostro bello, como una cáscara de huevo, pero todo podía cambiar en un instante, y entonces su cara ya no era un huevo, sino una serpiente. Repartía la papilla de arroz haciéndose paso entre las cunas. Para las últimas no alcanzaba, así que de vez en cuando las sacaban envueltas, con sus cabezas quietas. Era como arrancar patatas y amontonarlas en un saco. Un día la mujer mayor se detuvo frente a nosotras, y dijo «Papá», «Mamá»; luego se fue. Otro día se repitió la escena. Y al otro. Y al otro. Hasta que repetimos aquellas palabras. La mujer pareció satisfecha. Luego nos sacaron al patio. La luz quemaba en los ojos, pero la hierba olía bien, y también el aire que llegaba desde la montaña. Nos hicieron fotografías en nuestras sillas. El sol hería; el olor de la hierba hería; hasta las hojas de los árboles herían. Un día, la cuidadora más joven trajo ropa. Me vistió y dijo que debía prepararme. Luego dijo «Papá, Mamá», y yo dije aquellas palabras y ella pareció satisfecha. Por la noche nos sacaron al patio. Hacía frío. El traqueteo nos acunó. Al despertar, estaba mojada. Sentía la piel húmeda debajo de las capas de ropa. El olor a pis helado, a nabo cocido y especias picantes. Había luces fuera, gente y coches. Detuvieron la furgoneta frente a un hotel. La cuidadora me tomó en brazos. Entramos en una sala donde esperaban un hombre y una mujer de rostros muy raros, que daban miedo –sus ojos tan redondos, su nariz, sus cabellos claros– pero no olían a nabo quemado, ni a pasta de arroz. Alguien leyó mi nombre: «Yuan». La cuidadora me tendió hacia ellos. Dije «Papá», luego «Mamá», tal como me habían enseñado. La mujer de nariz grande me apretó contra ella. Olía bien y su voz era muy suave. El hombre me besó y yo me dormí. Cuando alguien me pregunta por mi pasado en el orfanato les cuento esta historia. Es todo cuanto recuerdo de China.

Tres amigos, Pekín, 1989, Don Hong-Oai


Juan Gracia Armendáriz, Cuentos del jíbaro, Demipage, Madrid, 2008, pp. 43-44.

Rencor, Rubén Martínez

martes, 6 de septiembre de 2011

RENCOR

Injustamente hechizada, la rana buscó trabajo en una tienda de ropa femenina, se mudó a un vecindario de mala muerte, se casó con un hombre que no le pegaba los domingos, tuvo varios hijos y llegó a ser abuela, pero nunca, nunca dejó de maldecir a la bruja que la había convertido en mujer.


Rubén Martínez, 47 ideas para una novela, Palabras del Candil, Guadalajara, 2008, p. 29.

Transmutación de la energía, Carlos Marzal

lunes, 5 de septiembre de 2011
Vivir en la sombra, Seth Camm


TRANSMUTACIÓN DE LA ENERGÍA

El aire sofocante del verano
es el medio por el que se propaga
esta extraña energía de la vida,
que a veces amenaza con borrarnos:
pasa una moto lejos, tal vez una pareja,
buscando un sitio oculto
donde follar en calma,
o vete a saber quiénes;
cerca, en la calle, ríe
un grupo de vecinos,
comentarios obscenos, griterío soez,
la vorágine absurda y cotidiana;
el eco de un ladrido, las vigas de madera,
que crujen, como si lamentasen
lo que tienen que oír y lo que han visto.
Una pequeña selva inextricable.

Tú acechas en la sombra,
te preguntas, insomne,
cuánto tiempo te han dado
antes de que el azar dé con tus huellas,
antes de que el azar se te abalance,
antes de que el azar tire la puerta abajo
y que la vida, enloquecida, ruja,
en tu oído, implacable, hasta borrarte.



Carlos Marzal, Sin porqué ni adónde, Renacimiento, Sevilla, 2003, pp. 111-112.

Mario y el gato, Carlos Almira

domingo, 4 de septiembre de 2011
Gatos, Franz Marc

MARIO Y EL GATO

La voz no humana me llegó de lo alto:
–¡Agostino, Agostino! –levanté la cabeza y lo vi. Estaba echado en el tejadillo calentándose al sol. Desde el paseo se avistaba su cabeza y el extremo delantero de las patas, con las garras bien recogidas.
–¡Agostino, Agostino! –repitió, y se puso en pie, estirándose y desperezándose, mirándome fijamente:
–¡Soy yo, tu amigo Mario!
Mario Cavalcanti se había matado con su moto hacía menos de un mes. Miré estupefacto al gato romano, lustroso, que se hacía pasar por mi amigo. En la tapia y el paseo del río flotaba la soleada mañana invernal.
–¿Te ha comido la lengua el gato? –bromeó, típico de Mario.
–Quiero prevenirte –prosiguió, cambiando a un tono grave, lacónico. Y arqueó el lomo trazando un rápido garabato con la cola:
–La muerte no existe, muchacho: pero no te hagas ilusiones. ¿Ves aquel perro que está haciendo caca en la farola? ¿Te acuerdas de Enrique Vinuti, el primero de nuestra clase, el preferido de los maestros que nunca fumaba ni se pajeaba y que murió de meningitis?
Miré horrorizado.
–El mismo –maulló–. Estás avisado.
Sin decir más giró hacia los árboles, dio una voltereta, saltó y desapareció en el tejado.



Carlos Almira, Fuego enemigo, Nowevolution, Madrid, 2010, p. 36.

Desde el otro costado, José Ángel Valente

sábado, 3 de septiembre de 2011
Pescando bajo el claro de luna, Aert van der Neer


Ha pasado algún tiempo. El tiempo pasa y no deja nada. Lleva, arrastra muchas cosas consigo. El vacío, deja el vacío. Dejarse vaciar por el tiempo como se dejan vaciar los pequeños crustáceos y moluscos por el mar. El tiempo es como el mar. Nos va gastando hasta que somos transparentes. Nos da la transparencia para que el mundo pueda verse a través de nosotros o pueda oírse como oímos el sempiterno rumor del mar en la concavidad de una caracola. El mar, el tiempo, alrededores de lo que no podemos medir y nos contiene.
(Desde el otro costado)


José Ángel Valente, Fragmentos de un libro futuro, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2000, p. 34.

Es de noche y llueve, Raúl Ariza

viernes, 2 de septiembre de 2011
Lluvia, David Hockney

ES DE NOCHE Y LLUEVE

Me despierto a eso de las tres de la madrugada. La tormenta ha cesado y ahora apenas se escucha el monótono chispear de una fina lluvia que parece que no vaya a terminar nunca. Bajo a la calle tras vestirme con lo primero que encuentro y calzarme las deportivas que me regalaron el día del padre. La idea era que volviera a hacer algo de deporte. Me veían algo fondón pero, entre risas veladas, ninguna de las dos se atrevió a decírmelo.

Custodiado por esa ingrata soledad que acompaña a los desgraciados a modo de sombra indeleble, y sometido a la incómoda humedad de un invierno demasiado frío y demasiado lluvioso, ando un par de cientos de metros hasta salir de la urbanización, zangoloteo sin mucho sentido por entre el barrizal del descampado que estos días está sirviendo de aparcamiento para los periodistas y los curiosos, y acabo acercándome a la parada del autobús en donde la dejé la mañana del viernes.

Ángela duerme sin fin, como la lluvia. Hace tres días que no se entera de nada, atiborrada por la medicación que le vienen dando desde el mismo instante en el que le sobrevino la crisis. Lo último inteligible que hizo antes de caer desvanecida, fue maldecirme por no haber llevado yo a la niña al instituto. Hijo de puta, me gritó. Esta noche necesitaba compañía pero no he querido despertarla. Para qué. Mi dolor es sólo mío, y ella ya tiene bastante con la cruz de madre que le tocará arrastrar si la pequeña no aparece.

La noche es cerrada e ingrata, y sólo la pávida luz de una lámpara lacrimosa, rompe con cierta timidez su sucia oscuridad. Me siento bajo la marquesina y, sin poder evitarlo, me asalta un escalofrío al imaginarme lo desgraciado que llegaré a ser si mis miedos resultan fundados. Encojo los pies sobre el frío asiento metálico, apoyo mi cabeza en el cristal y, antes de romper a llorar, me ovillo esperando baldíamente a que la lluvia por fin escampe.


Raúl Ariza, Elefantiasis, Editores Policarbonados, Madrid, 2010, pp. 50-51.

Septiembre, Rafael Pérez Estrada

jueves, 1 de septiembre de 2011



SEPTIEMBRE

Por la llave supe que volvería.
Estaba como siempre: oxidada e inmóvil
debajo de una graciosa
alfombra de Teherán.
También había un mensaje
y preferí no leerlo:
hay excesivos S.O.S. en verano.




Una llave demasiado lejos, Gyuri Lohmuller


Rafael Pérez Estrada, La palabra destino, Hiperión, Madrid, 2001, p. 169.