Las dos mitades, Ana María Shua

martes, 29 de noviembre de 2011
Amantes, Marc Chagall

LAS DOS MITADES

Charles Tripp, el hombre sin brazos, se ganaba la vida como carpintero antes de entrar en circo. Eli Bowen, el acróbata sin piernas, tenía dos pequeños pies de diferente tamaño que nacían de sus caderas y era considerado el más buen mozo de los artistas de circo. En una de sus actuaciones conjuntas Bowen conducía una bicicleta mientras Tripp pedaleaba. Los espectadores aplaudían como tontos, sin darse cuenta de todo lo que podríamos hacer si tuviéramos esa otra mitad de la que nada sabemos, la mitad que nos falta, la otra parte de estos cuerpos inacabados que sólo por ignorancia imaginamos completos.


Ana María Shua, Fenómenos de circo, Páginas de Espuma, Madrid, 2011, p. 95.

[A veces arrastramos...], Andrés Neuman

lunes, 28 de noviembre de 2011






A veces arrastramos a los otros hacia nuestra oscuridad, cuando lo que queríamos era pedirles que encendieran la luz.








Bombilla ardiente, Erik Christian



Andrés Neuman, El equilibrista (Aforismos y microensayos), Acantilado, Barcelona, 2005.

El gran espectador, Flavia Company

domingo, 27 de noviembre de 2011
Teatro pobre, Gregori Maiofis

EL GRAN ESPECTADOR

Cuando Miriam conoció a Piotr tuvo la certeza de haber topado con su príncipe azul.
La primera vez que lo vio fue tras una actuación en el Teatro Principal. Piotr esperó junto a su camerino y, al verla salir, le ofreció un ramo de rosas blancas incontables y una sonrisa silenciosa, después de la cual desapareció hasta una semana más tarde, en que se presentó de la misma manera para hacer exactamente lo mismo.
Las ayudantes de Miriam observaban con cierto recelo el extraño comportamiento de aquel hombre singular, y no dejaban de aconsejarle que se anduviese con cuidado. Entre tanto, uno de los técnicos de luces se enteró de que Piotr era un multimillonario soltero conocido por sus imaginativas excentricidades, característica que nadie supo etiquetar, pues igual podía ser positiva que todo lo contrario.
La tercera vez que Piotr acudió al teatro, provisto también de un gigantesco ramo de flores —en esa ocasión se trataba de rosas rojas—, no solo esperó a la salida del camerino, no solo le ofreció a Miriam sus flores sino que, además, habló con ella para felicitarla por su fastuosa interpretación y declararle su más rendida y eterna admiración.
Halagada hasta el no va más, Miriam ansiaba que llegara el momento en que Piotr la invitara a cenar, a compartir unas horas con él. Lo habría invitado ella, pero era orgullosa como todas las divas y temía llevarse algún chasco, de modo que prefirió esperar.
Piotr siguió visitándola con el mismo ritual cada vez: la espera, la entrega de flores, las lisonjas. Miriam llegó a salir al escenario impaciente por acabar la obra y ver si, aquel día, se producía al fin algún cambio. Piotr ocupaba todos sus sueños, tanto los que tenía dormida como los que la invadían despierta.
Por fin una noche, al salir al escenario, Miriam se percató de que solo había un espectador. Supo inmediatamente que se trataba de Piotr. Se entregó como nunca a su arte. No le cabía ninguna duda de que su admirador había por fin decidido expresarle sus sentimientos.
Pero no fue así. Tras aquella mágica noche en que no hubo declaración ni petición alguna, Piotr siguió siendo, nada más, el gran espectador —así lo habían bautizado en la compañía—. Se convirtió en el platónico amor de Miriam quien, despechada no se sabía muy bien por qué, se casó con otro hombre que jamás acudió al teatro a verla actuar. Ya se sabe que la persona junto a la que alguien se pasa la vida no siempre es la misma que consigue llegarle al corazón.


Titular: «Un multimillonario serbio adquiere el aforo completo del mayor teatro belgradés para asistir a solas a la actuación de una artista».


Flavia Company, Trastornos literarios, Páginas de Espuma, Madrid, 2011, pp. 253-254.

[Dónde dejar...], Alejandra Pizarnik

sábado, 26 de noviembre de 2011
Huesos y flores, Maia Spall


Dónde dejar mis ojos,
cuándo augurarles una estación amable.
Quiero decir:
lo que muero cada noche,
mis huesos torcidos por abrazar una sombra.



Alejandra Pizarnik, Poesía completa, Lumen, Barcelona, 2000, p. 323.

Nos pasa a todos, Ana María Shua

viernes, 25 de noviembre de 2011
En el circo, Marc Chagall

NOS PASA A TODOS

Si la contorsionista tiene artrosis y el trapecista sufre de vértigo, si a la ecuyere se le rompió el menisco por desgaste y el mago perdió los reflejos, si el malabarista tiene presbicia y una tendinitis supraespinal le impida al domador hacer restallar el látigo, qué importa, la vejez no existe. Se tiene la edad de los sueños, la edad de los deseos, la edad de la más joven de tus amantes, la edad de tu corazón. Y siempre habrá algún lugar para nosotros en el circo: solo se trata de maquillarnos un poco más cuando los años nos conviertan a todos en payasos.


Ana María Shua, Fenómenos de circo, Páginas de Espuma, Madrid, 2011, p. 72.

Protección, Julián Sánchez Caramazana

jueves, 24 de noviembre de 2011





PROTECCIÓN


Las luces no están lejos. Así se lo asegura su ángel de la guarda. Lástima que no sean las del aeropuerto.







Ángel falsificado, Teerawat Puttaworrachai



Julián Sánchez Caramazana, Venidos del miedo, Páginas de Espuma, Madrid, 2007, p. 66.

[Dormir], Carlos Edmundo de Ory

miércoles, 23 de noviembre de 2011



Cuando no puedas dormir de noche, recuerda que has estado alguna vez dormido.


Cuando estés dormido acuérdate de despertar.




Carlos Edmundo de Ory, Aerolitos, El Observatorio, Madrid, 1985.