Niebla eterna

"Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo", Julio Cortázar



LA MOSCA QUE SOÑABA QUE ERA UN ÁGUILA

Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.
En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.
En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.
Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.


Augusto Monterroso, La oveja negra y demás fábulas, Seix Barral, Barcelona, 1981 (1969).

Sin título (reloj de arena), Ed Ruscha

EL RELOJ DE ARENA

¿Qué tienes que contar, reloj molesto,
en un soplo de vida desdichada
que se pasa tan presto;
en un camino que es una jornada,
breve y estrecha, de éste al otro polo,
siendo jornada que es un paso solo?
Que, si son mis trabajos y mis penas,
no alcanzaras allá, si capaz vaso
fueses de las arenas
en donde el alto mar detiene el paso.
Deja pasar las horas sin sentirlas,
que no quiero medirlas,
ni que me notifiques de esa suerte
los términos forzosos de la muerte.
No me hagas más guerra;
déjame, y nombre de piadoso cobra,
que harto tiempo me sobra
para dormir debajo de la tierra.

Pero si acaso por oficio tienes
el contarme la vida,
presto descansarás, que los cuidados
mal acondicionados,
que alimenta lloroso
el corazón cuitado y lastimoso,
y la llama atrevida
que Amor, ¡triste de mi!, arde en mis venas
(menos de sangre que de fuego llenas),
no sólo me apresura
la muerte, pero abréviame el camino;
pues, con pie doloroso,
mísero peregrino,
doy cercos a la negra sepultura.
Bien sé que soy aliento fugitivo;
ya sé, ya temo, ya también espero
que he de ser polvo, como tú, si muero,
y que soy vidrio, como tú, si vivo.



Francisco de Quevedo, Antología poética, Biblioteca Nueva, Madrid, 1999, pp. 194-195. Edición de José María Pozuelo Yvancos.

Libro y rosa, Will Fugazzi


DE LIBROS Y DE ROSAS

«En los pétalos de los libros y en las páginas de las rosas estuvieron escritas las mejores historias que el ser humano pudo imaginar», pensó, cuando ya ni los libros, ni las rosas, existían.



José María Merino, El libro de las horas contadas, Alfaguara, Madrid, 2011, p. 146.

Autorretrato rodeado de máscaras, James Ensor

CARNAVAL

El hombre disfrazado de regicida se acercó, sacó su pistola de plástico y dio un tiro al hombre disfrazado de rey. Los disfrazados de populacho aplaudieron pero los policías disfrazados abortaron cualquier intento de sublevación. Llevaron al hombre disfrazado de regicida a un inmenso decorado que representaba la corte suprema donde un grupo de hombres disfrazados con sus trajes militares (con sus galones y todo) lo encontraron culpable. La condena a muerte se ejecutaría de manera inmediata. El disfraz del pelotón era impecable, así como el del capitán que, sable en mano, dijo las tres conocidas palabras: preparados, apunten, fuego, esta última con algo más de ímpetu, si cabe. El regicida cayó al suelo y la sangre, bien disfrazada de sangre, manó de su pecho.
Es-to-es-car-na-val, o algo así, vino a decir el fusilado.


Federico Fuertes Guzmán, Los 400 golpes, e.d.a., Benalmádena, 2008, p. 50.

Obra anónima; fotógrafo: Timo Arnall

LETRAS

Cada mañana, al abrir el ordenador portátil, varias hormigas se cuelan entre la G y la H en dirección al disco duro, donde al parecer han anidado para protegerse del invierno. Si permanezco inactivo más de diez minutos, víctima del desaliento o la pereza, salen en grupo de entre las teclas señaladas y parecen una hemorragia de letras. El primer día creí que el aparato se estaba desangrando y aplasté a tres o cuatro sin querer al taponar la llaga con el dedo. Recogen del teclado los restos de mi desayuno (migas de magdalena y virutas de fibra), dejándolo como la dentadura de un tiburón tras el paso de uno de esos peces que viven de los desperdicios adheridos a las muelas de los grandes animales. Tenemos una relación simbiótica, pues. Hasta ahí todo bien.
Pero, ayer mismo, un artículo de treinta líneas se desmoronó ante mis ojos cuando me disponía a repasarlo. Y es que no estaba hecho de letras, sino de hormigas que se asustaron por los movimientos del cursor. Creo que han llegado a un acuerdo con el abecedario y se hacen pasar por él cuando este no quiere trabajar. El alfabeto, por su parte, ha adoptado una caligrafía formicular, de modo que a veces no sé si quienes salen a recoger los desperdicios son los insectos o las letras, que evidentemente viven igual que las hormigas: excavando túneles y construyendo galerías subterráneas en la conciencia de las personas y en el disco duro de las cosas.
No me importa reescribir los artículos; son cortos. Pero sería incapaz de rehacer una novela, aunque las he visto desmenuzarse con la misma facilidad con la que se vienen abajo treinta líneas, unas veces por culpa de la gramática y otras de la zoología.
Así se desmoronan las vidas, con frecuencia sin que lleguemos a saber si eran de carne o verbo, auténticas o escritas.


Juan José Millás, Cuerpo y prótesis, Santillana, Madrid, 2009 (2000), pp. 31-32.



EL QUE BUSCA UN SENTIDO ENCUENTRA DOS SENTIDOS

Iba a caer.
Cuando intenté aferrarme al clavo ardiendo
me traspasó la mano.
Mientras con la mano quemada y desgarrada
caía
pensé: nos matamos trabajando
para construir cementerios,
nos matamos trabajando.



Jorge Riechmann, Futuralgia (Poesía reunida 1979-2000), Calambur, Madrid, 2011, pp. 618-9.


CUPIDO

Los cinco divorciados lo sorprenden defecando y lo rodean para impedir que huya otra vez. Él, aterrado, avergonzado por la situación, no acierta a mostrar resistencia. Los hombres, entre risas, untan sus heces en el ridículo trapo que lleva para taparse las partes púdicas y se lo meten en la boca. A continuación, sacan una por una las flechas del carcaj y se las van clavando en zonas de su cuerpo no vitales: las dos primeras le clavan los pies al suelo, otra atraviesa el brazo derecho, otra el izquierdo; una flecha cruza de lado a lado los músculos de la pierna derecha, otra los de la izquierda; una más le atraviesa las mejillas, dos más pasan por debajo de las clavículas... Ajeno a su edad, llora como un niño: sabe que esta vez será la definitiva. El hombre más flaco le rocía las alas con gasolina, el de las gafas le aplica una cerilla. Ahora sí que grita, y parte de las heces le resbalan por la barbilla. Es el hombre más grande, quizá por pena, quizá por asco, quien se apiada de él y cogiendo el arco con presteza en mitad del furor de la escena, le revienta la cabeza de un certero saetazo. El cuerpo sin vida se cimbrea hacia delante, sin derrumbarse. El crepitar de las alas y el olor nauseabundo que desprenden lo envuelve todo. Cuando dejan de jadear como perros de presa, el pelirrojo intenta justificar la barbarie que acaban de cometer alegando en voz baja que así no lo volverá a hacer. Los otros, sin aguantarle la mirada, le dan la razón.


Autorretrato como un talón, Jean-Michel Basquiat


No dejarse impresionar, gobernar, por lo pasajero. Tratar de que toda determinación esté inspirada por lo esencial. Tratar en consecuencia de saber que es lo esencial. Tratar en consecuencia de ejercitar la razón. Tratar en consecuencia de no tomar en cuenta los sentimientos, porque no son duraderos ni razonables. Tratar en consecuencia de ser inhumano.


Julio Ramón Ribeyro, Prosas apátridas, Seix Barral, Barcelona, 2007, pp. 138-139.


VIVIR TIENE MOVIMIENTOS QUE NO SIEMPRE SE ACUERDAN CON LOS DE NUESTRO CORAZÓN. ES MENESTER APRENDER NO LA RESIGNACIÓN, SINO UNA PACIENCIA ACTIVA CAPAZ DEL RESPETO POR EL RITMO ADVERSO COMO CONDICIÓN PARA TRANSFORMARLO

Una rendija de luz para desayunarnos hoy, porque la jornada será ardua. Parece que los verdugos andan preparando un nuevo paraíso. Que nuestra insurrección no dependa de la posibilidad de victoria (la generosidad, como el niño de Charleville decía del amor, aún hay que inventarla). Si el fulgurante punto de lo incondicional se asoma fuera del corazón —donde aún puede dar forma a esa modalidad de salud que es la esperanza—, inmediatamente envenena el cuerpo entero.

Somos débiles y somos invulnerables.



Jorge Riechmann, Futuralgia (Poesía reunida 1979-2000), Calambur, Madrid, 2011, p. 157.

EL PESO

Es esta condenada
impotencia.
Esta ausencia
hasta de rabia.
Este peso.
Sí, este peso:
como un frasco
de aspirinas
en un estómago
vacío.

Cristales de aspirina, Spike Walker


Roger Wolfe, Máquina de sueños, Ateneo Obrero, Gijón, 1991.

Tomate y cuchillo, Hye Coh

ALMUERZO

El minutero apremia. El hombre y el niño se marchan. Ambos se despiden de ella con un beso apurado y el abrazo de rutina. Queda el más pequeño. Toma el biberón y mira la tele. Ella se va hacia la cocina y, apenas entra, oye el llanto indómito de su hijo que la reclama. Recoge lo necesario y regresa. Se sienta en el sillón. Él se calma y le ríe con las lágrimas aún resbalando por sus mejillas. Ella le devuelve el gesto mientras coge con fuerza el cuchillo y trata, inútilmente, de matar otra mañana.


José Luis Torres Vitolas, L, Albatros, Genève, 2010, p. 19.





Duro es volverse
a la luna creciente
con este frío.


Kiorai



La obra maestra o Misterios del horizonte, René Magritte



Antonio Cabezas (ed.), Jaikus inmortales, Hiperión, Madrid, 1983.

Yonkers, Edward Hopper


DISCURSO EN EL DEPÓSITO DE OBJETOS PERDIDOS

Perdí algunas diosas en el camino de sur a norte,
y también muchos dioses en el camino de este a oeste.
Se me apagaron para siempre un par de estrellas, ábrete cielo.
Se me hundió en el mar una isla, otra.
Ni siquiera sé exactamente dónde dejé las garras,
quién trae mi piel, quién vive en mi concha.
Mis hermanos murieron cuando me arrastré a la orilla
y sólo algún huesito celebra en mí ese aniversario.
Salté de mi pellejo, perdí vértebras y piernas,
me alejé de mis sentidos muchísimas veces.
Desde hace mucho cerré mi tercer ojo ante todo esto,
me despedí de todo con la aleta, me encogí de ramas.

Se esfumó, se perdió, se dispersó a los cuatro vientos.
Yo misma me sorprendo de mí misma, de lo poco que quedó de mí:
un individuo aislado, del género humano por ahora,
que sólo perdió su paraguas ayer en el tranvía.

Wisława Szymborska


Traducción: Gerardo Beltrán

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