No volverás a ser joven (ni falta que te hace), Juan Bonilla

miércoles, 21 de abril de 2010
NO VOLVERÁS A SER JOVEN (NI FALTA QUE TE HACE)

Imitraición de Gil de Biedma


Que la vida no va en serio
lo empezamos a comprender muy pronto.
Como todos los jóvenes vinimos
fundamentalmente a hacer el tonto.

Ni dejar huella ni
domar el lento potro
del miedo a envejecer, morir. Morirse
una fea costumbre de los otros.

Pero ha pasado el tiempo
y no nos divertimos en la feria
del mundo. Sólo aprendimos esto:
que la vida no es seria.

De todos los que pudimos ser
en el espejo no nos queda nadie.
Eso es envejecer:
cualquier futuro ya nos viene grande.




Juan Bonilla, Cháchara, Renacimiento, Sevilla, 2010, página 49.

Contramarcha, Sergi Gros

miércoles, 14 de abril de 2010
CONTRAMARCHA

No nos demos prisa:
dentro de muy poco
todos los caminos
serán de retorno.

Nuestros pies heridos
seguirán heridos.
Volverán las piedras.



Sergi Gros, Las rendiciones, Huacanamo, Barcelona, 2009, página 20.

Frases del walterismo (I), Felipe Benítez Reyes

martes, 13 de abril de 2010
Mi nombre es Walter Arias.

(...)

Así es como se manifiesta mi pensamiento, a cuyo fluir denominaré a partir de este instante walterismo. «¿Y en qué consiste ese repentino movimiento filosófico?», se preguntarán ustedes, carcomidos sin duda por ese pavor que les produce en sus pequeños espíritus la aparición de cualquier novedad de alcance cósmico, por corto que ese alcance sea. Pues bien, para ir familiarizándose con el concepto de walterismo, les propongo que repitan al menos cinco veces el siguiente ejercicio mental: imaginen un bosque psicológico lleno de hadas metafísicas de hermosas y largas piernas y lleno a la vez de repugnantes monstruos que vomitan estupores —si me permiten el patetismo— conocidos por los nombres de Miedo, Vergüenza, Rencor o Suspicacia —y completen la lista con cualquier sentimiento manchado con la sangre de un ángel recién nacido al que nos vimos obligados a sacrificar porque tenía las alas deformes.

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—Hay días, desde luego, en que si uno inventara un perfume le pondría de nombre Náusea.

—Todo depende del azar, ese cubilete de dados que agita un simio epiléptico.

—Lo frágil que es el mundo: un par de cristales lo deforma.

—El mal humor es una química macarra que nos convierte en un monstruo con el corazón en carne viva.

—La memoria, esa gran dama que es capaz de olvidar hasta su nombre.

—La realidad es una herida profunda e infectada, y los payasos resultan demasiado patéticos cuando resbalan en un charco de sangre.

—La sexualidad no es otra cosa que ese encuentro frontal de al menos dos errabundos fantasmas en un viejo castillo cuyos laberintos apenas intuyó Sigmund Freud: el Alma, esa ensalada de sueños, de frustraciones, de miedos y de titubeantes aspiraciones.

—Si conoces a alguien que sostiene medias teorías, rómpele su socrática nariz de patata de un derechazo aristotélico.

—Los sueños —esa especie de noveluchas escritas por una salamandra—.

—El éxito se basa más en el afán que en el azar.

—El mundo es un carnaval de veras extrañísimo en el que todas las máscaras tienen un casi imperceptible rictus de dolor y de vergüenza.

—La vida tiene dos grandes trechos: un trecho en que uno siente nostalgia del futuro y otro trecho en que uno siente nostalgia del pasado.

—La memoria: esa bolita de ruleta que se detiene en la casilla más imprevista: el 7, el 28...

—Un adulto apenas tiene sueños: ya ha entrado en el club de los arquitectos de pesadillas.

—El miedo es algo así como un alfiler clavado en una uña que se rompe dentro de la uña

—Cuando comienzas a odiar a tus héroes, mal asunto: algo se te está pudriendo por dentro.

—El peligro no es que flote en el aire: es que el peligro es un aire que no para de soplar. Con complejo de tornado.

—Incluso la mentira desenmascarada te da más prestigio que la verdad irrefutable. (Si lo aprendes pronto, te irá bien en el fraudulento y freudiano negocio de la vida.)



Felipe Benítez Reyes, El novio del mundo, Tusquets, Barcelona, 2008 (1998).

[Nevará dentro de unos días...], Philippe Delerm

domingo, 11 de abril de 2010
Nevará dentro de unos días.
Me acuerdo del año pasado,
me acuerdo de mi tristeza junto al fuego.
Si me hubieran preguntado «¿qué es?»,
habría dicho: «Dejadme en paz,
no es nada».

El señor Spitzweg recuerda este poema de Francis Jammes. Estaba en segundo de bachillerato. El profesor había hablado de torpeza voluntaria y luego se puso a explicar el texto. Arnold [Spitzweg] no entendía. Se había quedado meditando sobre ese primer verso extraño. «Nevará dentro de unos días».

Arnold siempre esparaba la nieve. Significaba tantos paseos en trineo con Hélène Necker por las callejas de Kinzheim. A veces se contentaban con deslizarse en una bandeja de aperitivo, cuando el zapatero Apfelbaum le había prestado ya a alguien su pequeño trineo. Por supuesto, uno podía esperar la nieve. Pero ¿preverla? «Nevará dentro de unos días». Era algo casi absurdo oír de pronto esas palabras en el calor-hastío de la clase de la tarde. Un poco mágico también. Luego tuvieron que aprenderse el poema. A Arnold le parece estar oyendo la voz de Hélène, ligera, como sorprendida por un misterio, la voz monocorde y hosca de Wolheber.

El acento alsaciano sube por la Rue Marcadet. Con la frente pegada al cristal, Arnold se pregunta por qué le volverá ese poema ahora, un día apacible de noviembre. El señor Spitzweg no espera ya nada. Nevará dentro de unos días.



Philippe Delerm, Llovió todo el domingo, Tusquets, Barcelona, 2000, pp. 119-120.

Salmones, Sergi Gros

viernes, 9 de abril de 2010
SALMONES

Los salmones viejos
mueren donde nacen.

Los hombres vagamos
derechos, desnudos.

Los días caminan
con patas de pájaro.



Sergi Gros, Las rendiciones, Huacanamo, Barcelona, 2009, página 53.

Ars adivinatoria, José Antonio Arcediano

martes, 6 de abril de 2010

ARS ADIVINATORIA

Saber que hay un abismo
lamiéndote las plantas de los pies,
que vives de prestado, en un impás del aire,
calmándote la sed con unas aguas
que no te pertenecen,
surgido de la estela de unos nombres
que un día u otro van a ser silencio
y te van a dejar abandonado,
a merced de otros tiempos, de otras voces
al fin desconocidas.
Saber que en el final hay un principio
y que el mundo trasciende tu mirada
no produce inquietud, ni desvarío,
tan solo la nostalgia anticipada
de lo que no será, de este momento
al que nunca podrás encadenarte.



José Antonio Arcediano, La verdad del frío, La Garúa Libros, Santa Coloma de Gramanet, 2009, página 24.

[El señor Spitzweg...], Philippe Delerm

sábado, 3 de abril de 2010
El señor Spitzweg no coge nunca el metro para ir a trabajar. Prefiere el autobús, o, si no, ir andando. Hay una buena caminata desde la Rue Marcadet hasta el distrito VI, pero le gusta andar, sobre todo a comienzos de primavera, o incluso esos luminosos días de invierno.

No, para él el metro no es un medio de locomoción. El señor Spitzweg coge el metro para empaparse de humanidad. Casi se ha convertido en una costumbre. Hay una hora muy especial en que el metro se torna humano. Un día, el señor Spitzweg se encontró por casualidad, entre Saint-Lazare y La Fourche, en ese frágil momento en que todo oscila, en que los asépticos vagones no acarrean a una arisca y apresurada multitud. Serían poco después de las ocho de la tarde. De pronto le encontró gusto a aquel extraño ambiente. Para convencerse de que no había soñado, al día siguiente volvió a coger la misma línea a la misma hora. Por segunda vez, se produjo el milagro. De modo que probó suerte de nuevo, a la misma hora en Sèvres-Babylone. Milagro confirmado. La línea no tenía nada que ver. Lo importante era el momento.

¿Cuál era la causa? El señor Spitzweg no es muy amigo de analizar, de entender. Prefiere mirar. Después de las ocho, viaja aún mucha gente en el metro. Pero los que salen de trabajar lo hacen tan tarde que ya ni les urge volver a casa. Hay en su manera de sentarse una especie de cansancio acogedor, de desencantada afabilidad. Entonces se acercan los marginados. Los borrachos y los que van por ahí rasgueando guitarras dejan de sentirse diferentes. Se entablan conversaciones entre el hombre-orquesta que ya no tiene fuerzas para tocar, el empleado de oficina que ya no tiene fuerzas para correr y el bebedor que ya no tiene nada que beber. Circulan menos trenes. La gente habla en los andenes. En una ocasión, el señor Spitzweg oyó:

—¡No, hombre, no, qué va a estar usted acabado! A su edad...

Desde las ocho y diez hasta las nueve menos cuarto, es ya el metro nocturno. Entre el estrés del día, la soledad de más tarde, entre las carreras de los marchosos y los lúgubres gritos de los errantes nocturnos, el anonimato pasa a ser vivo y cálido. La gente se atreve a veces a contar cosas que nunca ha contado a nadie. Hablan de todo, sobre todo de nada, de la vida y todo eso... Incluso cuando no hablan, se advierte esa manera de sentarse al lado, de quedarse de pie asidos a la barra. Separados pero juntos. El señor Spitzweg coge el metro nocturno para no ir a ninguna parte.




Philippe Delerm, Llovió todo el domingo, Tusquets, Barcelona, 2000, pp. 33-35.