El sentido claro de las cosas, Wallace Stevens

martes, 4 de mayo de 2010
EL SENTIDO CLARO DE LAS COSAS

Tras la caída de las hojas, volvemos
a un sentido claro de las cosas. Es como si
hubiéramos llegado a un fin de la imaginación,
inanimado en un savoir inerte.

Se hace difícil elegir adjetivo
para este simple frío, esta tristeza sin motivo.
Se ha convertido la gran estructura en una casa menor.
Ningún turbante pasa por los suelos disminuidos.

Nunca al invernadero le había hecho falta tanta pintura.
La chimenea tiene cincuenta años y se inclina hacia un lado.
Ha fracasado un esfuerzo fantástico, una repetición
en una repetitividad de hombres y moscas.

Sin embargo, la ausencia de la imaginación tenía
también que ser imaginada. La gran laguna,
la claridad de su sentido, sin reflejos, hojas,
barro, agua como cristal sucio, expresando silencio

de algún tipo, silencio de una rata que se ha asomado a ver,
la gran laguna y el desperdicio de sus lirios, todo esto
tenía que ser imaginado como un saber inevitable,
requerido, como requiere una necesidad.



Wallace Stevens, La roca, Lumen, Barcelona, 2008, página 13.

Unha muller e un home no camiño, Séchu Sende

viernes, 30 de abril de 2010
UNHA MULLER E UN HOME NO CAMIÑO

Exterior, día. Nun camiño, no campo, unha muller entra pola esquerda e un home, pola dereita. Crúzanse.

—Bon día.
—Bon día.

Pasan, dubidan, detéñense. Ela ofrece un sorriso.

—Queres un pouco de auga?
—Umm.
—Bonito día.
—Ahá. Precioso.
—Onde vas?
—Non, eu veño...
—E de onde vés?
—Veño dun país no que nunca estiven.
—Como?
—É difícil de explicar... Deixo atrás un país no que nunca vivín. Abandono un país que nunca pisei.
—Aaaah...
—...
—E non o estrañas?
—Non, porque non cheguei a coñecelo.
—Claro. E levas moito tempo camiñando?
—Uf, no sei moi ben, depende. Ás veces parece que levo séculos; outras semella que acabo de pórme a andar. E ti de onde vés?
—Eu volvo.
—Volves?
—Si, regreso á terra que nunca deixei.
—Vaia... E fáltache moito para chegar?
—Nada, xa estou.
—Claro.
—E a ti?
—A min, que?
—Canto camiño che falta?
—(Encolle os ombros).
—Claro, ti marchas dun país no que nunca estiveches.
—Claro, non o coñezo...
—Teño aquí algo de xantar, queres?
—Umm.
—E como é iso de volver ao país no que xa estás?
—É como velo todo por vez primeira. Mira aquela montaña, é como se acabase de descubrila, como se nunca a vise antes, como se regresase dunha viaxe moi moi longa e iso que eu vivo aquí desde sempre. A miña emoción é inmensa, como se estivese descubrindo algo inesperado e, con todo, estou volvendo á miña casa. Este é o meu país, nunca lle dixen adeus, nunca marchei en barco polo mar adiante. Sempre vivín aquí. E agora regreso.
—Eu, como abandono un país no que nunca estiven, non teño moitas cousas que contar.
—...
—...
—En fin...
—Ummm (Suspiro).
—Ummm, veña, adeus e moita sorte.
—Veña logo, sorte.

Danse un beixo e vanse.



Séchu Sende, Made in Galiza, Galaxia, Vigo, 2009 (2007), páginas 71-73.

Elogio de la apertura, Raúl Rivero

jueves, 29 de abril de 2010
ELOGIO DE LA APERTURA

Cerrar una puerta no es un acto inocente.

Hay mucha maldad en esa coreografía
Que termina cuando uno da la espalda
A un universo desconocido que niega y abandona.

Cerrar las puertas es siempre un episodio bárbaro.

Es una porfiada necedad
Y un certificado de pavor
Que usamos para dormir en paz.

Cerrar puertas es una profesión
Una especialidad
Un crimen que cometemos todos los días
En nombre del temor.

El pecado es mayor si se ponen cerrojos
Sillas, argollas, barras, seguros y cadenas
Porque ya no habrá brisas, gatos, niños, fantasmas
Que resguarden la soledad.

Ante la tentación del gesto teatral de dar un portazo
Recuerda que los peligros están adentro.
Los tumores, el ladrón, el asesino, la pasión
La locura y la muerte.

Deja esa puerta así.


Raúl Rivero, Recuerdos olvidados, Hiperión, Madrid, 2003, página 36.

Runaway, The National

miércoles, 28 de abril de 2010


FUGITIVO

No hay nada rescatable
ahora que estamos bebiendo la luz del sol.
No hay nada rescatable
en cómo nos tragamos el sol.

Pero no seré un fugitivo
porque no voy a correr.
No, no seré un fugitivo.
¿Qué te hace pensar que estoy disfrutando
al ser guiado hacia el diluvio?
Logramos de nuevo algo deshecho
y se está adueñando de nosotros.

No sangramos sin luchar.
Ve adelante, ve adelante,
lanza tus brazos al aire esta noche.
No sangramos sin luchar.
ve adelante, ve adelante,
pierde tus camisas en el fuego esta noche.
¿Qué te hace pensar que estoy disfrutando
al ser guiado hacia el diluvio?
Logramos otra cosa deshecha.

Pero no seré un fugitivo
porque no voy a correr.
No, no seré un fugitivo
porque no voy a correr.
No, no seré un fugitivo.
¿Qué te hace pensar que estoy disfrutando
al ser guiado hacia el diluvio?
Logramos de nuevo algo deshecho
y se está adueñando de nosotros.

No sangramos sin luchar.
Ve adelante, ve adelante,
lanza tus brazos al aire esta noche
No sangramos sin luchar.
Ve adelante, ve adelante,
pierde tus camisas en el fuego esta noche.
¿Qué te hace pensar que estoy disfrutando
al ser guiado hacia el diluvio?
Logramos de nuevo algo deshecho.
Logramos de nuevo algo deshecho
y está durando una eternidad.

Iré afrontando todo
contigo, tragando la luz del sol.
Iré afrontando todo
a través de la luz del sol.

Pero no seré un fugitivo
porque no voy a correr.
No, no seré un fugitivo
porque no voy a correr.
No, no seré un fugitivo.
¿Qué te hace pensar que estoy disfrutando
al ser guiado hacia el diluvio?
Logramos de nuevo algo deshecho
y se está adueñando de nosotros.

No sangramos sin luchar.
Ve adelante, ve adelante,
lanza tus brazos al aire esta noche.
No sangramos cuando no luchamos.
Ve adelante, ve adelante,
pierde tus camisas en el fuego esta noche.
¿Qqué te hace pensar que estoy disfrutando
al ser guiado hacia el diluvio?
Logramos de nuevo algo deshecho.
Logramos de nuevo algo deshecho,
y se está adueñando de nosotros,
y está durando una eternidad.



Runaway, canción del nuevo disco de The National, High Violet (2010).

Monos de Tortuguero, Juan Bonilla

lunes, 26 de abril de 2010
MONOS DE TORTUGUERO

Se pasan todo el día bajo el arbusto negro
—creyendo que de él fluye la vida—.
Mascan hojas alucinógenas
que les llenan la mente de amigos invisibles,
fiestas interminables, túneles de colores, globos
que se alzan hasta estrellas
que ignoran los astrónomos más doctos.
Cada uno anda perdido, dedicado a encontrarse
en esos laberintos que se inventan
sintiéndose inmortales, lejos del pobre yo,
de los cuerpos peludos que aparecen
cuando al agua se asoman, impostores.

Por la noche todo es algarabía,
pelean, se persiguen, juegan, saltan,
recién llegados todos de sus mundos,
hasta que la fatiga los arropa
y caen al sueño al fin rendidos.
Cuando durante el día,
están en la labor
de inventarse sus mundos,
sólo despiertan si una barca de turistas
se acerca disparando flashes.
Entonces abandonan sus ensueños y hacen piña
y defiende el territorio del arbusto sacro
del que fluye la vida.

Su método infalible consiste en lo siguiente:
Defecan abundantemente y luego
lanzan como hediondos proyectiles
los excrementos, tan reales,
contra los fascinados turistas, que de vuelta a casa
enseñarán la foto
de un simio muy borracho que les tiró una piedra
de mierda para defender
el palacio invisible de sus sueños.





Juan Bonilla, Cháchara, Renacimiento, Sevilla, 2010, pp. 37-38.

Borges en el infierno, José Eduardo Agualusa

viernes, 23 de abril de 2010
BORGES EN EL INFIERNO

Jorge Luis Borges supo que había muerto cuando, después de cerrar los ojos para escuchar mejor el lejano rumor de la noche creciendo sobre Ginebra, recuperó la vista. Distinguió primero una luz roja, intensísima, y comprendió que era el fulgor del sol filtrado por sus párpados. Abrió los ojos, inclinó el rostro, y vio una hilera de densas sombras verdes. Estaba tumbado de espaldas en una plantación. Aquello lo malhumoró. ¿Plataneras? Él siempre había imaginado el paraíso como una enorme biblioteca: una sucesión interminable de pasillos, escaleras y otros pasillos, todavía más escaleras y nuevos pasillos, y todos con libros apilados hasta el techo.

Se levantó. Se irguió con dificultad, sintiéndose incómodo dentro de su cuerpo súbitamente rejuvenecido (la reencarnación nos devuelve a la juventud, de la que Borges no se acordaba). Vagó entre las plataneras. Le parecía improbable encontrar allí a alguien conocido, o sea, alguien de quien hubiera leído algo. O alguien sobre quien hubiese leído algo. En ese caso se trataría de alguien un poco menos conocido, o un poco menos alguien, o ambas cosas.

La plantación se prolongaba por toda la eternidad. Una duda comenzó a atormentarlo: tal vez estuviera, después de todo, no en el paraíso, sino en el infierno. Mirara para donde mirara sólo divisaba largas hojas verdes, pesados racimos amarillos, y sobre ese idéntico paisaje un cielo inmensamente azul. Borges lamentaba la ausencia de libros. Si allí al menos hubiera tigres —tigres metafóricos, claro, con un alfabeto secreto grabado en las manchas del dorso—, si hubiera en algún lugar un laberinto, o una esquina de color rosa (le bastaba con la esquina), pero no: sólo divisaba plataneras, plataneras, todavía más plataneras. Plataneras hasta el infinito.

Recorrió sin cansancio, pero con creciente hastío, la interminable plantación. Era como si anduviera en círculos. Era como si no anduviera. Añoraba la ceguera. Ciego, lo que no veía tenía más colores que todo aquello —además del misterio, claro. ¿Cómo es que un hombre muere en Suiza y resucita para la vida eterna entre plataneras?

A Borges no le gustaba América Latina. Argentina, como se sabe, es un país europeo (o casi), que por desgracia hace frontera con Brasil, Chile, Uruguay y Paraguay. Para Borges, aquello casi siempre fue una espina clavada en el fondo de su alma. Eso es la vecindad. A los indios aun los toleraba. Habían abastecido de buenos motivos la literatura y además estaban muertos. Lo peor eran los negros y los mestizos, gente capaz de transformar el gran drama de la vida —¡la vida, Dios mío!— en una fiesta ruidosa. Borges se sentía europeo. Le gustaba el poderoso silencio de las viejas catedrales.

Fue entonces cuando la vio. Frente a él una mujer fluctuaba, pálida y desnuda, sobre las plataneras. La mujer dormía, con el rostro encarado al sol y las manos posadas sobre sus senos, y era bellísima, pero eso para Borges no tenía gran importancia (su especialidad siempre habían sido los tigres). Horrorizado comprendió el equívoco. Dios lo había confundido con otro escritor latino-americano. Aquel paraíso había sido construido, solamente podía haber sido construido, pensando en Gabriel García Márquez.

Jorge Luis Borges se sentó sobre la tierra húmeda. Estiró el brazo, cogió un plátano, lo peló y se lo comió. Pensó en Gabriel García Márquez y volvió a experimentar el intolerable tormento de la envidia. Un día el escritor colombiano cerrará los ojos, para escuchar mejor el rumor lejano de la noche, y cuando los vuelva a abrir estará tumbado de espaldas sobre el enlosado frío de una biblioteca. Caminará por los pasillos, subirá escaleras, atravesará otros pasillos, todavía más escaleras y nuevos pasillos, y en todos ellos encontrará libros, millares, millones de libros. Un laberinto infinito, forrado de estantes hasta el techo, y en esos estantes todos los libros escritos y por escribir, todas las combinaciones posibles de palabras en todas las lenguas de los hombres.

Jorge Luis Borges peló otro plátano y en ese momento una sonrisa —o algo parecido a una sonrisa— iluminó su rostro. Comenzaba a adivinar en aquel equívoco cruel un inesperado sentido: de ser cierto que el paraíso del otro era ahora su infierno, entonces el paraíso suyo habría de ser, ciertamente, el infierno del otro.

Borges acabó de pelar el plátano y lo comió. Estaba bueno. Era un buen infierno, aquél.


José Eduardo Agualusa


Relato original en portugués:
http://asenhoradasespeciarias.blogspot.com/2009/08/borges-no-inferno-jose-eduardo-agualusa.html

Frases del walterismo (y II), Felipe Benítez Reyes

miércoles, 21 de abril de 2010
—Con algunos tramos de nuestra vida pasa igual que con los efectos especiales de las películas anteriores a la Era Informática: un edificio se derrumba o un barco se estremece en medio de la tempestad y se nota perfectamente que se trata de una maqueta. (...) Con algunos tramos de la vida (...) pasa igual: todo parece falso. Un decorado. Unos efectos especiales ideados por un electricista chapucero.

—Los caminos se te ponen a la vista y tú eliges éste o el otro para llegar a la Nada, que es el único sitio al que llevan los caminos que uno elige en la vida.

—La vida... (...) Ese gran microcosmos que miramos con microscopio cuando se trata de nuestro sagrado microcosmos personal y que, en cambio, observamos con telescopio cuando se trata del microcosmos errabundo de los otros, esos flotantes y esforzados asteroides que giran alrededor de nuestra órbita suplicando un poco de existencia real en nuestro pensamiento.

—El pasado es como un perro atropellado en la carretera. Y ese perro eres tú.

—El mundo es como una gran coctelería, con millones de barmen ciegos que experimentan en una tiniebla cosmogónica.

—La memoria ofrece hospedaje de inmediato al horror, a la ridiculez y a la vergüenza.

—El instinto se equivoca a veces. Y a veces el destino se equivoca. Si no se equivocaran, ya no serían ni instinto ni destino: serían las ciencias más macabras del mundo, porque nuestra vida se convertiría en un guión que tendríamos aprendido de antemano: pequeños hamlets con almas mecánicas, diseñados por la empresa multinacional del Hado, camino del Hades o del País de las Hadas, según el caso.

—Todo en la Naturaleza es equilibrio, y no por ninguna clase de ideal estético, sino por la cuenta que a la propia Naturaleza le trae.

—El pelo se te cae. Los glaciares se derriten. Las selvas amazónicas se convierten en desiertos. La tierra es una incesante máquina de destrucción, una compulsiva alopecia general.

—Hay días (...) en que le pegarías fuego a tu propia alma por el simple gusto de destruir algo.

—El alcohol es milagroso: armoniza las desgracias. Arrastras tres o cuatro desgracias, te empapas de alcohol (...) y las tres o cuatro desgracias se convierten en una sola desgracia, en una Desgracia abstracta e inconcreta.

—Cualquier sitio es maravilloso si el sitio en el que estás se convierte en un infierno y comienzas a temer que ese infierno acabe gustándote porque te sientes importante dentro de él.

—El alma humana es como las alcantarillas: no hace falta bajar a una alcantarilla para saber que allí hay ratas.

—La gente se queda inmóvil cuando teme que el mundo se mueva más de la cuenta. Te dan una mala noticia y te quedas paralizado porque el instinto te dice que la realidad sólo adquiere rango de realidad cuando las cosas están en movimiento.

—Te ausentas durante unos días y comienzan a ocurrir cosas que te afectan, porque parece que las cosas están esperando a que tú te quites de en medio para suceder, como si les estorbaras.

—La llegada de la tragedia es tan natural y simple como esa manzana madura que, durante una fracción de segundo, cuelga del árbol por apenas un filamento que no soportaría ni siquiera el peso de una hormiga recién nacida. Y cae.

—Las ciudades tienen el sonido eléctrico de soledades de polo distinto. Soledades que no pueden unirse, porque provocarían un cortocircuito espectacular. (..) El mundo entero va a morirse un día de puta soledad reconcentrada.

—La realidad suele ser un chiste fácil: el jajajá del dios Disléxico.

—La realidad es un espejismo perfecto pero irreal. Tan perfecto, que a veces puede destrozarte la vida. Tan irreal, que hasta parece la pesadilla de un dios drogado hasta las cejas.

—Cuando te pones a recordar, es como si te comieras un ácido: el pasado forma de inmediato en tu cerebro esas olas de alucinación que rompen a millares en la orilla reseca de la memoria —esa playa llena de restos podridos del maderamen de los barcos bucaneros en que surcó los mares el Amor, con su parche en el ojo; el Dolor, con su garfio brillante; la Melancolía, con su pata de palo...

—Los negocios basados en el miedo de la gente casi siempre resultan rentables: la medicina, la mafia, el nazismo o el matrimonio, sin ir más lejos.

—Cualquier vida, vista desde fuera, no es más que la tragicomedia incoherente de un tipo que nace, que duerme en los lechos de la enfermedad y del amor, que recorre los largos pasillos del insomnio y que intenta sostener entre sus dedos temblorosos la estrella fragilísima de la felicidad —siempre a punto de desmoronarse y de caer como un confeti patético a los abismos de la desventura.

—¿Por qué nos pudre el tiempo, como si fuésemos manzanas?



Felipe Benítez Reyes, El novio del mundo, Tusquets, Barcelona, 2008 (1998).