Mírame, Elena Sanjuanbenito

domingo, 15 de noviembre de 2015


MÍRAME

   ¿Recuerdas aquella época? ¿La de mis vértigos?
   ¡Qué mareo! La inestabilidad, la confusión, esa sensación constante de ir a caerme y todo dándome vueltas.
   Los médicos revisaron mi organismo a fondo, pero no encontraron ninguna explicación. El oído bien, las cervicales sanas, ningún tumor, ningún virus, nada. Los nervios, dijeron.
   No hubo tratamiento ni tampoco mejoría. Fue pasando el tiempo.
   Hasta que un día, de pronto, volviste a mirarme y entonces el mundo dejó de girar.


Elena Sanjuanbenito, Razones para ir a Arkansas, ESjB, Granada, 2014, p. 14.
 

[Tan poca memoria], Jerôme Ferrari

sábado, 14 de noviembre de 2015
Réquiem III, Aida Pascual


   Acuérdese, mon capitaine, es una lección brutal, eterna y brutal, el mundo es viejo, es tan viejo, mon capitaine, y los hombres tienen tan poca memoria. Lo que se ha representado en su vida ha sido ya representado en escenarios similares, un número incalculable de veces, y el milenio que se avecina no propondrá nada nuevo. No es ningún secreto. Tenemos tan poca memoria. Desaparecemos como generaciones de hormigas y todo ha de empezar de nuevo. El mundo es un pedagogo mediocre, mon capitaine, no sabe más que repetir indefinidamente las mismas cosas y somos escolares renuentes, mientras la lección no se haya inscrito dolorosamente en nuestra carne, no escuchamos, miramos para otro lado y nos indignamos ruidosamente en cuanto se nos llama al orden.


Jerôme Ferrari, Donde dejé mi alma, Demipage, Madrid, 2013, p. 26.
 

[La infinidad de puntos], Daniel Tammet

miércoles, 11 de noviembre de 2015
 Andrómeda, Anselm Kiefer


   Mi padre había preparado pollo asado con guarnición de patatas, zanahorias y guisantes, que comimos mientras el bibliotecario hablaba. Todas las miradas estaban clavadas en él. Habló sobre el tiempo, sobre la política local y sobre todas las bobadas que emitían sin cesar por televisión. A su lado, su mujer comía lentamente, con una sola mano, mientras la otra tironeaba suavemente su fino cabello negro. En un momento del monólogo de su marido le dio unos golpecitos en la mano que él mantenía firmemente apretada.
   —¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
   —Nada.
   Rápidamente devolvió el tenedor al plato. Parecía a punto de romper a llorar.
   Nada duchos en el arte de la hospitalidad, mi madre y mi padre se miraron impotentes. Enseguida recogieron los platos y empezaron a servir las copas de helado. El ambiente en el comedor era gélido.
   Pensé entonces en la infinidad de puntos que pueden dividir el espacio entre dos corazones humanos.


Daniel Tammet, La poesía de los números, Blackie Books, Barcelona, 2015, pp. 26-27.
 

Monelos, Manuel Rivas

martes, 10 de noviembre de 2015
Árboles, Stanley Donwood


MONELOS

As árbores somnánbulas
Buscan na noite
O río desaparecido


Manuel Rivas, A boca da terra, Xerais, Vigo, 2015.


[Las zonas perdidas], Christian Bobin

viernes, 6 de noviembre de 2015
 Chema Madoz


   En un libro policiaco, de pronto, unas páginas superfluas para la narración: unas consideraciones divertidas sobre la pintura de los impresionistas. Ese es el tipo de milagro que yo busco en los libros —las digresiones, las zonas perdidas, los eriales. Si esas páginas sobre la pintura hubieran figurado en un libro de arte, me habrían gustado menos. Como si la novela policiaca hubiera sacrificado todo para continuar su relato. Pero no: en pleno centro del desastre, uno se para, enciende un cigarrillo y habla de la luz de los cerezos en flor.
   El arte de la conversación es el arte mayor. Los que gustan brillar en él no entienden nada. Hablar de verdad, es amar, y amar de verdad, no es brillar, es arder.


Christian Bobin, Autorretrato con radiador, Árdora, Madrid, 2006, p. 45.
 

[qué ala del decir...], Emilio Pedro Gómez

jueves, 5 de noviembre de 2015
Diálogo, Rudolf Bonvie


qué ala del decir
reverbera en las cosas

qué vagina
un templo del lenguaje

qué labios
en el viento de las preposiciones...

¿cómo escribir el tiempo
si no cesan de huir
las grietas que ha dejado?


Emilio Pedro Gómez, Motivos de horizonte, Enkuadres, Valencia, 2015, p. 38.

Epitafio

miércoles, 4 de noviembre de 2015
Tumba, Martyn Ravensdale

EPITAFIO

    Aquellas señales que grababas en los árboles, ¿te acuerdas? Desde niño te gustaron los códigos. Fuimos creciendo, y yo quise aprender morse, o cirílico, si aquello me acercaba a ti. Si era el modo en que quizá un día descifraría tu piel, en que quizá deletrearía tus ojos.
    Descodifiqué mi deseo, y tu balbuceo, tu espalda, fueron una respuesta que no busqué traducir. Sólo la herida. La necesidad de un idioma sin ti en que repararme. Me aferré a la amistad como única interpretación entre nosotros, aunque siguieras siendo ese ideograma que podría leer siempre sin cansarme.
    Te fuiste, me fui: dos adultos que se bifurcan como tantos. Aunque no tu recuerdo: todavía aprendí que el eco es el alma de un bosque, que una séptima te convoca en puntos suspensivos. Tú me entenderías. Ojalá pudieras aún hacerlo.
    Ahora, al cobijo de un ciprés, la lluvia es una ‘O’ que se me clava. Raya, raya, raya. Adónde envío esta señal de emergencia. Cómo se codifica el dolor tallado en un silencio.
    Ahora, que descubro este relieve. Braille. Así que ahora me lo dices. Como una caricia tuya, al fin. Pero el mármol, tan frío. Y este tiempo tan tarde.
 

[En Esta noche te cuento.]