La espera, Txuma Murugarren

sábado, 2 de abril de 2016
Riccardo Magherini

LA ESPERA

   Está sentado en el poyo que hay fuera del banco. Está fumando un cigarro. Esperando a alguien. Yo también estoy esperando, en la acera de enfrente, y sin nada más en qué ocuparme, le miro de vez en cuando. Al principio no parece preocupado, espera tranquilo, con confianza. Pero pasados los primeros diez minutos, comienza a mirar a uno y otro lado, cada vez con más frecuencia. Se está haciendo tarde. Así y todo, permanece sentado en el poyo. Saca el teléfono móvil y lo examina, comprueba que no haya llamadas perdidas. Lo veo entre los autobuses y los coches que cruzan por la carretera, a ratos, como cuando ponen esas luces como flashes en las discotecas, con un extraño asincronismo. Ahí está, piensa por un momento, y es que al final de la calle, entre la gente, ha visto a un desconocido que se parece a su amigo. Se ha levantado, pero enseguida se ha dado cuenta de que no es él. De todos modos, ha decidido permanecer de pie, apoyado contra la pared del banco.  Ha encendido otro cigarro, pero ahora, cuando ha llevado la cabeza hacía el mechero que mantiene entre las manos, sigue mirando de reojo a uno y otro lado. No quiere perder ni un solo momento. Porque es muy posible que en ese exacto segundo pase su amigo. Así lo cree al menos. Son las paranoias de la larga espera. El último síntoma del estrés que crea el esperar. De repente, parece que se da cuenta de lo absurdo de su situación. No vendrá y yo aquí, cada vez más nervioso. ¿Pero que me importa a mí que no venga? Ha mirado hacia mi lado. Se ha dado cuenta de que yo también estoy esperando a alguien. Se le ha encendido el semblante. Se ha sentido solidarizado conmigo. Y espera lo mismo a cambio. He metido las manos en los bolsillos. Ya no mira a uno y otro lado. En vez de eso, me mira a mí, cada vez con más frecuencia. Me han tocado en la espalda. Es mi amigo. Ha venido. Juntos nos hemos dirigido calle arriba. Antes de desaparecer en el cruce de calles, he mirado al chico del banco. Él me mira a mí. Triste. Me he sentido como un cabrón.


Txuma Murugarren, Larrialdietakaro irteera / Salida de emergencia, Palas Atenea, Madrid, 2011.
  

[Primeros brotes...]

viernes, 1 de abril de 2016
Resiliencia, Olli Syrjäkari

Primeros brotes.
Pero en el reloj, óxido...
Sigue el invierno.
 

[Todo lo que una mano...], James Joyce

jueves, 31 de marzo de 2016


Sueños #5, Joanna Borowiec


Todo lo que una mano dice cuando la tocas.


James Joyce, Ulises, Cátedra, Madrid, 2004.
 

[En cifras], Haruki Murakami

lunes, 28 de marzo de 2016
Gasolina, Edward Hopper


   Seguro que nadie imagina cuánto sufrí, lo hondo que caí cuando ella se marchó. [...] Ojalá existiera en el mundo una máquina que midiese fácilmente y con precisión la tristeza. Así podría expresarlo en cifras. Una máquina semejante jamás cabría en la palma de la mano. Eso pienso cada vez que mido la presión de los neumáticos.


Haruki Murakami, Hombres sin mujeres, Tusquets, Barcelona, 2015.
 

[Estamos enterrados...], Marta Sanz

sábado, 26 de marzo de 2016
Judy Dater


   Estamos enterrados y hablamos en voz alta para no morirnos. Para constatar que aún la tierra no nos ha desecado la boca y la faringe. [...] Hablamos porque no nos queda más remedio que hablar. Vivimos en una situación permanente de últimas palabras.


Marta Sanz, Farándula, Anagrama, Barcelona, 2015, p. 231.
 

[Para los que no buscan], Jesús Zomeño

viernes, 25 de marzo de 2016
Campo de amapolas, Vincent van Gogh



Williams tenía en la mano un enorme ramo de amapolas y sonreía como si no tuviera más ambición que seguir sonriendo. La vida es simple para los que no buscan un trébol de cuatro hojas.


Jesús Zomeño, "Amapolas", Piedras negras, Lengua de Trapo, Madrid, 2013, p. 35.
 

[No había nada de mentira...], Christian Bobin

martes, 22 de marzo de 2016
I.G., Christian Bobin


   No había nada de mentira: la ternura estaba en ti como en estado bruto. La ternura no es •nada amable ni complaciente. La vida es violenta. El amor es violento. La ternura es violenta. Si nos sorprende tanto la brusquedad de la muerte, es quizá porque hemos situado nuestras vidas en zonas demasiado templadas, tibias, casi falsas.


Christian Bobin, La más que viva, Libros Canto y Cuento, Jerez, 2015, página 79.