Matrioska

viernes, 5 de febrero de 2010
Muñecas rusas, Hisham Khalifa

MATRIOSKA

Cerró la puerta dejando atrás el frío aliento de diciembre. Primero, en el zaguán, se deshizo con torpeza de unos guantes que pasaron a adornar la languidez del perchero, al igual que el gorro, la bufanda y el plumífero, y recluyó en el zapatero sus botas recién desenquistadas. Ya en su habitación, el cuello del jersey avanzó reptilmente por su cara, los pantalones se arrodillaron como un acordeón ante sus pies, y espolvoreó sobre la silla la ropa interior que antes rasgaba su piel en silencio. Sobre el tocador, dos pares de pendientes, un colgante y un indeterminado número de pulseras aterrizaron con el estrépito del metal que se sabe abandonado.

Levantó entonces la vista hacia el espejo. No le devolvió nada salvo un acendrado vacío erguido en medio de aquel cuarto.

Tesoros, Ángel Olgoso

jueves, 4 de febrero de 2010
TESOROS
A Sonia del Valle

Hoy, como otras veces, salvé las siete esclusas de seguridad, evité los guardianes y las alarmas y descendí hasta el tercer nivel del subsuelo con mi saco vacío a la espalda. Ahí estaba el tesoro de Troya (copas de oro, collares y diademas engarzadas, hachas-martillo, máscaras de plata y lapislázuli), la Quimera etrusca de Arezzo, la cabeza de alabastro traslúcido de la reina de Saba, el tesoro de Atila y el de Jabhur Jan, las dos puertas de Ubar (la Atlántida del desierto) engalanadas cuatro mil años antes con las más preciadas joyas y metales, ahí estaban reunidas, en largas y ordenadas hileras, todas las grandes maravillas de la antigüedad: fruslerías. Pasé de largo. Me adentré en la sala que reproducía, invertida, una cúpula gigantesca. A la luz de los hachones, mientras me punzaba una extraña mezcla de miedo y alegría, contemplé de nuevo el más espléndido de los tesoros, vedado al común de los mortales. Cualquiera podría matar o morir por esa visión gloriosa, por esa plétora, por esa infinita cornucopia oculta en el silencio de las profundidades. Amontonadas escrupulosamente como lingotes idénticos, me esperaban, llenas de promesas, incólumes, las Horas Perdidas. Abrí la boca del saco.



Ángel Olgoso, La máquina de languidecer, Páginas de espuma, Madrid, 2009, página 31.

[Se puede ser palabra...], José María Muñoz Quirós

domingo, 31 de enero de 2010

Se puede ser palabra
y no tener un labio
en el que adormecerse. Ser
sílaba caída
en un desierto, luz
abrumada de otra noche
leve y secreta en tu memoria.
Se puede ser un verso inexistente
y morir olvidado
entre las páginas de un libro.
Rosa caída o luna extraña.
Se puede ser olvido sin recuerdo
y no tener las letras
para escribir tu nombre.
En toda noche habitan
las palabras que mueren.


José María Muñoz Quirós, El rostro de la niebla, Hiperión, Madrid, 2009, página 38.

Una vida, Antonio Luis Ginés

jueves, 28 de enero de 2010

UNA VIDA

El joven que se ganaba la vida haciendo fotocopias ahora limpia cristales en los semáforos. Hay días que no pasa de los diez euros. Sus movimientos son rápidos, aprendió la mecánica y no repara en quién está al otro lado; puede limpiar el parabrisas del tipo del banco que lo hundió; un impago y el sistema te premia. Ya no es tan joven, no dispone de futuro, ha vuelto a la calle, a dejar pulcros grandes automóviles donde la dignidad y la rabia nunca ocupan asiento. Si llueve, mala suerte, amarga publicidad en sus labios, aunque sus manos parezcan esquivar el tiempo, caen tristes, resignadas con la languidez de esos días que nunca terminan
de irse
del todo.

Antonio Luis Ginés, Picados suaves sobre el agua, Bartleby Editores, Madrid, 2009, página 22.

La dueña, Marcelo Adrián Gill Ibarra

lunes, 25 de enero de 2010


LA DUEÑA

Le dijo que la amaba, que ella era la única dueña de su alma y de su corazón. Su amor fue correspondido. Se casaron y tuvieron una nena.

Pero luego de diez años se separaron por diferencias irreconciliables. Ella se fue de la casa y se llevó a la nena.

A los pocos días volvió, reclamando el alma y el corazón de su ex esposo. Se los tuvo que dar.

La falta de alma casi no se nota en el hombre, excepto quizá por su mirada perdida.

Sin embargo, el lugar donde estuvo el corazón nunca cicatriza del todo, y por más vendas que se ponga, la sangre siempre mancha un poco sus camisas.

Marcelo Adrián Gill Ibarra



Clara Obligado (ed.), Por favor, sea breve 2: Antología de microrrelatos, Páginas de Espuma, Madrid, 2009, p. 122.

Abrigo azul, José Luis Piquero

jueves, 21 de enero de 2010
ABRIGO AZUL

Hace un frí­o de muerte, un frí­o triste
incluso para enero y para estar tan solo.
Y yo soy poco menos que una persona hundida
en las solapas de mi americana,
un ser raro del frí­o que gasta americana, un sospechoso,
alguien que bien podrí­a enseñar una placa o un cuchillo.

Y ahora me acuerdo de mi abrigo azul
de pelo de camello,
el mejor que he tenido. Tú me lo regalaste.
Recuerdo que llegaste con él a la oficina y allí­ mismo
me lo probé. Mis compañeros
se reí­an y a mí­ me daba igual.
Era un señor abrigo, lo escogiste
a ojo de buen cubero: me caí­a perfecto.
Se podí­a plantar cara al invierno con un abrigo así­.

Pero ahora no lo llevo y mira que hace frí­o en estas calles
de todos los demonios. El abrigo
estará a mil kilómetros, cálido para nadie, piel gastada.
Tú y yo estamos también a mil kilómetros
o a cien mil años luz, igual que dos cometas, y si nos encontráramos
sólo cabrí­a un choque: un cataclismo.

Mi querida enemiga: finalmente
ocurrió lo que entonces, cuando vení­as con tu bolsa y en la bolsa el abrigo
y yo me lo probaba en la oficina
como se viste un prí­ncipe en el dí­a de su coronación,
ha ocurrido lo que era en aquel tiempo la peor de nuestras pesadillas: no estar juntos.
Y me pregunto cuándo, en qué momento, a lo largo de eones que han pasado, desde que el mundo era
una gran primavera reluciente,
empezaron las cosas a ir tan mal,
tan rematadamente mal,
y a hacer tanto, tanto frí­o.

Y supongo que tú
también tendrás noches a la intemperie
—como esta misma— en las que haces recuento de errores y fracasos, y no sé
qué clase de calor será el que eches de menos.
Seguro que yo hice algo por ti,
pero no lo recuerdo, algo inocente o práctico, o generoso o noble,
que compensa todos esos errores
y a ti te reconforta en las peores noches
y a mí­ me salva.

Mi abrigo azul de pelo de camello.
En mi vida he tenido
un abrigo tan puñeteramente bueno como aquel.

José Luis Piquero, El fin de semana perdido, DVD Ediciones, Barcelona, 2009, páginas 44-45.

Punzada, Antonio Luis Ginés

domingo, 17 de enero de 2010
PUNZADA

Te visita el recuerdo. Sólo quieres las líneas de aquel cuerpo que te devuelvan a la vida. Las nubes rastrean los cielos y pudieran ser las mismas de entonces. Un chiquillo desnudo tiembla bajo la lluvia de octubre y tiene tu rostro y tu ropa. Pasan mujeres y hombres ciegos, se estrellan en el mismo círculo sin salida. Pudieras ser tú uno de ellos, con la mano entre el corazón y el sexo; el que levanta nubes de polvo y corre a la desesperada, el que trata de esquivar
este golpe en la memoria, pudieras ser tú
aunque el dolor baje por tu boca
hasta la tierra
y la reseque.


Antonio Luis Ginés, Picados suaves sobre el agua, Bartleby Editores, Madrid, 2009, página 17.