Distancias, Isabel Wagemann

martes, 29 de marzo de 2011

DISTANCIAS

—Esta noche tú también usarás una venda —dijo ella.
Él la miró sin verla, como si la traspasara. En sus ojos apareció un brillo metálico.
—Tú llevarás el vestido rojo —dijo él—, el de los buenos tiempos.
Sus palabras sonaron frías y deslumbrantes como alfileres. Palabras que la clavaron contra la pared y la dejaron inmóvil.
—Hoy quiero oírte gritar —insistió él—, y ver que tu cuerpo tiembla, como si agonizaras.
—¿Por qué quieres que use el vestido rojo? —preguntó ella. De cualquier manera, estaré desnuda.
—Ya es la hora —apremió él. Muévete.
Entre sombras ella ocupó su lugar. El silencio fue demoledor. Él se plantó donde siempre y levantó la mano. Con un gesto preciso lanzó el primer cuchillo. Esperó a oír su grito helado y con la mano libre, se tocó el corazón.


Ilustración: David Guirao

Perversiones (Breve Catálogo de Parafilias Ilustradas), Traspiés (Colección Vagamundos), Granada, 2010, pp. 48-49.

[El cuadro], Alessandro Baricco

lunes, 28 de marzo de 2011
La llave de los campos, René Magritte


Y fue entonces, en ese momento, cuando se cayó el cuadro.
A mí siempre me ha sorprendido el asunto ese de los cuadros. Están colgados durante años, después, sin que pase nada, pero nada de nada, zas, al suelo, se caen. Están ahí, colgados del clavo, nadie les dice nada, pero ellos, en cierto momento, zas, se caen al suelo, como piedras. En el silencio más absoluto, con todo inmóvil a su alrededor, ni tan siquiera una mosca que se mueva, y ellos, zas. No hay una causa. ¿Por qué precisamente en ese instante? No se sabe. Zas. ¿Qué es lo que le ocurre a un clavo para que decida que ya no puede más? ¿Tiene él también un alma, el pobrecillo? ¿Toma decisiones? Habló largamente sobre el tema con el cuadro, estaban indecisos sobre cómo actuar, hablaban de ello todas las noches, desde hacía años, después decidieron una fecha, una hora, un minuto, un instante, ya está, zas. O los dos lo sabían ya desde un buen principio, ya estaba todo preparado, mira, yo me largo dentro de siete años, por mí está bien, de acuerdo, pues entonces quedamos para el trece de mayo, vale, hacia las seis, pongamos las seis menos cuarto, de acuerdo, pues buenas noches, hasta entonces. Siete años después, un trece de mayo, a las seis menos cuarto: zas. No hay quien lo entienda. Es una de esas cosas que es mejor no pensarlas, porque si no puedes acabar volviéndote loco. Cuando se cae un cuadro. Cuando despiertas una mañana y ya no la amas. Cuando abres el periódico y lees que ha estallado la guerra. Cuando ves un tren y piensas tengo que largarme de aquí. Cuando te miras en el espejo y te das cuenta de que eres viejo. Cuando, en mitad del océano, Novecento levantó la mirada de su plato y me dijo: «En Nueva York, dentro de tres días, bajaré de este barco.»

Alessandro Baricco, Novecento: un monólogo, Anagrama, Barcelona, 2000.

El mandarín y la cortesana, Roland Barthes & Giuseppe Tornatore

domingo, 27 de marzo de 2011
EL MANDARÍN Y LA CORTESANA

Un mandarín estaba enamorado de una cortesana.
“Seré tuya, dijo ella, cuando hayas pasado cien noches esperándome sentado sobre un banco, en mi jardín, bajo mi ventana”. Pero, en la nonagésimo novena noche, el mandarín se levanta, toma su banco bajo el brazo y se va.


Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, Madrid, 2005 (1977).


En el balcón, Pino Daeni


[EL SOLDADO Y LA PRINCESA]

Alfredo: —Una vez un rey celebró una fiesta. A ella fueron las princesas más bellas del reino. Bueno... un soldado que hacía la guardia vio pasar a la hija del rey. Era la más bella de todas, y se enamoró enseguida pero... pero ¿qué podía hacer un pobre soldado en comparación con la hija del rey? En fin, un buen día consiguió hablar con ella y le dijo que no podía vivir sin estar a su lado. La princesa quedó tan impresionada por su fuerte sentimiento que le dijo al soldado: «si consigues esperar cien días y cien noches bajo mi balcón, al final seré tuya». Y a partir de ese instante el soldado se fue allí y la esperó un día, y dos días, y diez, y luego veinte… y cada noche la princesa le observaba desde la ventana pero él no se movía nunca. Con la lluvia, con el viento, con la nieve... siempre estaba allí. Los pájaros se le cagaban encima, y las abejas se lo comían vivo, pero él no se movía. Después de noventa días, estaba tremendamente delgado, pálido. Al pobre le resbalaban las lágrimas de los ojos, y no podía contenerlas. Ya no le quedaban ni fuerzas para dormir. Mientras, la princesa seguía observándole. Y, al llegar la noche noventa y nueve, el soldado se incorporó, cogió la silla, y se largó de allí.

Totò: —¿No me digas? Al final...

Alfredo: —Sí, justo al final, Totò. Y no me preguntes cuál es el significado, yo no lo sé. Si lo entiendes, dímelo tú.


Giuseppe Tornatore, Cinema paradiso, 1988.

Armisticio, Juan José Arreola

sábado, 26 de marzo de 2011
Castillo en ruinas, Arnold Böcklin

ARMISTICIO

Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las caras en la tierra de nadie. Allí donde un ángel señala invitándonos a entrar: Se alquila paraíso en ruinas.


Juan José Arreola, Bestiario, Editorial Joaquín Mortiz, México D. F., 1975 (1959), página 80.

Parábola de Cervantes y de Quijote, Jorge Luis Borges & Agustín Fernández Mallo

jueves, 24 de marzo de 2011
PARÁBOLA DE CERVANTES Y DE QUIJOTE

Harto de su tierra de España, un viejo soldado del rey buscó solaz en las vastas geografías de Ariosto, en aquel valle de la luna donde está el tiempo que malgastan los sueños y en el ídolo de oro de Mahoma que robó Montalbán.
En mansa burla de sí mismo, ideó un hombre crédulo que, perturbado por la lectura de maravillas, dio en buscar proezas y encantamientos en lugares prosaicos que se llamaban El Toboso o Montiel.
Vencido por la realidad, por España, Don Quijote murió en su aldea natal hacia 1614. Poco tiempo lo sobrevivió Miguel de Cervantes.
Para los dos, para el soñador y el soñado, toda esa trama fue la oposición de dos mundos: el mundo irreal de los libros de caballerías, el mundo cotidiano y común del siglo XVII.
No sospecharon que los años acabarían por limar la discordia, no sospecharon que la Mancha y Montiel y la magra figura del caballero serían, para el porvenir, no menos poéticas que las etapas de Simbad o que las vastas geografías de Ariosto.
Porque en el principio de la literatura está el mito, y asimismo en el fin.


Jorge Luis Borges, El hacedor, Alianza Editorial, Madrid, 1997 (1972), pp. 45-46.

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PARÁBOLA DE CERVANTES Y DE QUIJOTE

Estoy durmiendo, en mi cama. A mi lado, un cuerpo. Algo me despierta, quizá un ruido. Estaba soñando, imágenes dispersas, no recuerdo cuáles. Miro el reloj, las 5.30 de la madrugada. Me recoloco en el colchón, con pereza, tengo la sensación de que estos músculos ya nunca más podrían responder. La luz de las farolas pierde intensidad al entrar en la habitación, pero alarga las sombras. Distingo, al fondo de mi mesa de trabajo, un lote de DVDs vírgenes que creo que nunca usaré; tengo esa corazonada. Cierro los ojos con intención de dormirme pero me viene una idea a la mente, algo que nunca había pensado, es una pregunta: ¿cuánta gente, en este preciso instante y en todo el planeta, está soñando conmigo? ¿En cuántos sueños estoy haciendo y diciendo cosas, sean éstas cuales sean? De repente, ese pensamiento me inquieta, no tanto por imaginar que tengo muchas otras vidas y que estoy ahora mismo viviéndolas al margen de este amanecer, de esta cama, de estos músculos que no responden, de este cuerpo que respira a mi lado, sino por imaginarme a todos esos cuerpos que ahora yacen como muertos, conmigo dentro. ¿Por qué nunca me había venido este pensamiento a la cabeza?, me digo, y esa segunda pregunta me despeja aún más. Tengo que ir al lavabo.

Descalzo, sin encender la luz, cruzo el umbral del dormitorio en dirección al pasillo. A través de la ventana de mi estudio veo un resplandor, no debe de faltar mucho para que amanezca, me digo mientras camino a tientas. Antes de llegar al baño, justo al borde de las escaleras [mi casa se compone de 2 pisos; duermo en el de arriba], veo un objeto en el suelo, algo que en la penumbra de las 5.30 de la madrugada se me hace irreconocible, y tengo la certeza de que aunque encendiera la luz no podría reconocerlo. Tiene unas dimensiones no más grandes que un libro de bolsillo, no de las editoriales Punto de Lectura o DeBolsillo, sino alargado, de los de Alianza Editorial, hasta quizá un poco más grande que éstos, no lo sé. La visión de ese objeto, extraño para mí, no aleja de mi cabeza la inquietud que me produce la pregunta, ¿en los sueños de cuánta gente estaré yo ahora haciendo algo?, pero sí la desvía por unos instantes. Inducido por la curiosidad, y para no despertar al cuerpo que yace en la cama, cierro la puerta del dormitorio antes de encender la luz del pasillo. Ahora veo de qué se trata. El objeto es una rebanada de pan. Pan integral. Tiene la particularidad de que le falta un trozo de miga casi en su centro, un agujero circular. Bajo las escaleras. En el salón, junto a la tele, está mi teléfono móvil, que tiene una cámara fotográfica incorporada, lo cojo y subo inmediatamente. Le hago una fotografía al objeto. Aquí la muestro:


Acto seguido, me agacho, tomo la rebanada entre mis manos, y detecto que es perfecta, como cortada con un afiladísimo cuchillo, un bisturí o un láser, diría. La miga del pan está muy esponjada, es flexible, parece pan recién hecho, aún conserva cierta calidez. Apago y enciendo la luz varias veces, On-Off, On-Off, On-Off, para comprobar el efecto que la penumbra hace sobre la rebanada, convirtiéndola, así es, en un objeto extraño, irreconocible. Lo curioso es que yo no compro ese tipo de pan, nadie en esta casa compra ese tipo de pan. A través de la ventana, el resplandor que antes era lejano llena el cielo, aún no es de día pero este resplandor alumbra no sólo la pila de DVDs vírgenes que hay en mi mesa de trabajo y que tengo la corazonada de que nunca usaré, sino también los lomos de varios libros, entre los que distingo Analógica y digital (edit. GG), de Otl Aicher, un libro que trata de esa rama del conocimiento llamada diseño industrial y que diserta en sus páginas sobre las relaciones entre el diseño industrial y Wìttgenstein, Vico y Kant.

No sé qué hacer con la rebanada.

De momento, la cojo con la mano izquierda, bajo las escaleras, y la pongo sobre la encimera de la cocina sin otra intención que dejarla ahí hasta que el cuerpo que duerme en la cama de arriba se despierte y consensuemos qué hacer con esa rebanada de pan integral. Extraigo una taza del mueble de las tazas. Pongo agua a calentar para hacer un Nescafé descafeinado. Antes he encendido un Lucky Strike, que se consume mientras todas estas operaciones también lo hacen. Es hermoso, me digo, el momento del amanecer en el que en las ciudades el silencio, hecho de azar, comienza a dejar paso a los sonidos organizados. Bebo el café sentado en un taburete, en una especie de barra que hay en la cocina, abierta al salón. Bebo el café en mi taza favorita. es una serie especial, estampada con la silueta de la montaña El Capitán, Parque Nacional de Yosemite, California. Una taza que rememora el 50 aniversario de su primera ascensión, y que tiene estampado el croquis técnico de la vía. Me encanta seguirlo con la mirada, y detalla cosas como que la pared es de toca, granito, y mide 1.000 m de altura, y que tardaron 35 días en hacer cima, hecho que ocurrió el 11/ 12/ 1958 a las 6.00 am, pone textualmente; más o menos, a esta misma hora. Me encanta esta taza, es atómica, sin duda es la mejor taza que he tenido jamás. Y sin girar la cabeza muevo los ojos, la mirada se detiene en la mesa de cristal del salón, a tres pasos de mí. Allí, hay un papel. Ese papel no estaba ayer cuando, como siempre, apagamos la tele con el mando remoto, ella subió las escaleras, se metió en el baño para desmaquillarse los ojos y yo apagué la calefacción y las luces y también subí las escaleras, no, ese papel no estaba allí ayer, así que dejo la taza de café en la encimera, me acerco a la mesa, y veo que se trata de un dibujo. Un dibujo hecho en un folio blanco, a bolígrafo, parece. El dibujo muestra una figura abstracta; me resulta familiar. No tardo en darme cuenta de que se trata de la silueta de la rebanada de pan que hace unos minutos he dejado sobre la encimera. No sé qué pensar. Le hago una fotografía. Aquí la pongo:

Allí, de pie, pienso un que tengo dos objetos extraños, y que no sé que hacer con ellos, una rebanada de pan con un agujero, y el dibujo de la silueta de esa rebanada de pan. En esta casa nadie ha comprado este pan, me digo, y por lo tanto nadie ha podido hacer este dibujo de la silueta de la rebanada de pan, por lo que este dibujo sólo ha podido hacerlo la propia rebanada, este dibujo se lo ha hecho la rebanada a sí misma, este dibujo es un autorretrato de la rebanada de pan, una rebanada de pan autorretratada, me digo. No puede ser de otra manera. ¿No es raro este dibujo, si cabe aún más raro que la propia rebanada?, me digo también. Y de pronto tengo una visión, recibo una luz, algo que se me presenta con una fuerza y verosimilitud imposibles de refutar: la rebanada de pan es un ovni, un ovni tirado en el suelo de mi casa. A ver, no un ovni en sí, afirmar eso es una tontería, sino que es la representación de un ovni, visto en sección. Uno o varios, no sé, seres de otros mundos, por algún método que desconozco, han entrado en casa y me han dejado en el suelo esa rebanada de pan recién hecho que tiene la forma, vista en sección, de un ovni, y después decidieron hacer el retrato del ovni en un papel, para que me diera cuenta de que es un ovni, para que el hecho de que sea un pedazo de pan no influyera para que no pensara en lo que realmente es, un ovni. en efecto, sólo al ver el retrato en papel del ovni me he dado cuenta de que es un ovni, y pienso entonces que hasta quizá sea su propio ovni, el ovni con el que, horas atrás, aterrizaron, quizá el ovni con el que bajan al burguer del planeta vecino, como decía aquella canción de La Mode. O quizá es un bus-ovni, o un AVE-ovni, es decir, un objeto que hace determinadas rutas por la galaxia llevando y trayendo alienígenas. Argumento que se ve reforzado por el hecho de que la puerta no está violentada, sino cerrada por dentro con pestillo, como siempre, y que vivo en un 8° piso al que, naturalmente, no se puede acceder por la fachada del edificio, un edificio moderno, del año 1978, de formas rectas y sin repisas ni balcones ni balaustradas por las que poder escalar y colarse en las viviendas. Los detalles circunstanciales también encajan: los alienígenas saben que en esta casa no comemos pan, con eso se preservan del riesgo de que, en un acto de hambre o de picoteo entre horas, la rebanada termine en un estomago, puede que hasta quieran que la meta en celofán, al vacío, y la conserve. Y después esta el detalle de que sea pan integral, me digo mientras observo ambos objetos, en efecto, integral es una palabra hecha a medida para las intenciones de esos seres de otros mundos, que no son alienígenas, no quieren alienar, sino que son integradores, quieren una solución integral al problema de la convivencia de todos los mundos, todas las galaxias, eso me digo, motivo por el cual no me han despertado, no me han agredido ni a mi ni a la mujer que aún yace en la cama, en el cuarto de arriba, ni a los vecinos de escalera, ni a los de los edificios de enfrente, cientos, miles de hombres y mujeres que ahora duermen, que ahora yacen como yacen los muertos, y que quizá en este justo momento estén soñando conmigo. ¿Cuánta gente en el planeta estará ahora mismo soñando conmigo?

Yo vigilo.


Agustín Fernández Mallo, El hacedor (de Borges), Remake, Alfaguara, Madrid, 2011, pp. 100-105.

Autofagia, Juan Cruz López

miércoles, 23 de marzo de 2011
AUTOFAGIA

A Carla también le gustaban los puzzles. Algunas veces cogía las fotos de sus amantes y las hacía trizas. Después iba a emborracharse. Cuando regresaba por la mañana se quitaba la ropa y se revolcaba sobre los trozos de las fotografías de los hombres que la habían acompañado en aquel camino hacia no sé sabía qué forma final de autoexterminio. Luego tomaba cada uno de los trozos y se lo metía en la boca, se abría otra cerveza, le masticaba el rostro al fantasma que salía en la foto y se tragaba el pedazo. Y así con todos. Era como si quisiera recomponer en su estómago otra especie nueva de hombre que, al menos, no la dejara insatisfecha; aunque al final lo único que conseguía era vomitar una papilla grisácea de ojos, cejas, bocas, pelo, ropa, de vez en cuando alguna gorra o un cinturón, y muy de tarde en tarde algún zapato viejo o una corbata negra. Sin embargo, todo fue distinto el día en que, sin darse cuenta, se tragó la foto donde una mujer de mirada huidiza le acariciaba el pelo a un joven de gesto taciturno. Esa mañana no supo reconocer a la mujer de rostro ambiguo que la miraba desde el otro lado del espejo.

Desnuda frente al espejo, Henri de Toulouse-Lautrec


Juan Cruz López, "Cuento y aparte" en Narrativa 2009, Instituto de la juventud (España), 2009, página 25.

Personas que cosas que personas, Miguel Ángel Zapata

martes, 22 de marzo de 2011
PERSONAS QUE COSAS QUE PERSONAS

Sandra Mailbox es una mujer solitaria, abstraída, pasiva, servicial, cuerpo recio y saludable, querencia irresistible por los trajes de chaqueta amarillos.
Sandra Mailbox tiene una boca amplia, turgente en labios, una abertura horizontal que le recorre la cara de oreja a oreja con generosidad de ranura.
Si se la observa bien, Sandra Mailbox parece un buzón.
Cuando cada mañana se mira al espejo, Sandra Mailbox busca y asume en el reflejo, resignada, su perfil postal.
A veces, Sandra Mailbox se detiene en plena calle, estática, la bocaza bien abierta durante horas, casi por capricho, también por consecuente asunción identitaria.
Por la noche, el estómago de Sandra Mailbox amortigua a cada giro sobre el colchón el sonido rugoso de las cartas, los paquetes, las postales que nunca llegarán a su destino.



Miguel Ángel Zapata, Baúl de prodigios, Traspiés, Granada, 2007, p. 30.