[El estanque], Bashô & José Watanabe

domingo, 27 de febrero de 2011
Un viejo estanque.
Se zambulle una rana:
ruido del agua.


Bashô



Antonio Cabezas (ed.), Jaikus inmortales, Hiperión, Madrid, 1983, p. 33.


BASHO

El estanque antiguo,
ninguna rana.
El poeta escribe con su bastón en la superficie.
Hace cuatro siglos que tiembla el agua.


José Watanabe, Banderas detrás de la niebla, Pre-Textos, Valencia, 2006, p. 31.

Contra la esperanza, Ramón Crespo


CONTRA LA ESPERANZA

Queman las horas,
los minutos gastados.
No esperes nada
dice una voz que sale de lo oscuro.
Alguien se aleja y levanta la mano
cuando cierran la puerta.
No llueve, ni hace frío,
el sueño es un lugar recogido,
su fuego arde lento
pero deja siempre una herida.
La esperanza es un alcohol amargo,
crea recuerdos,
pisadas de un animal moribundo.
Hay vida más allá de esa palabra,
y no ciega los ojos,
ni escupe su veneno.



Ramón Crespo, Palabras que acepta el fuego, Reino de Cordelia, Madrid, 2010, pp. 101-102.

Prefiguración de la nostalgia, Pía Barros

sábado, 26 de febrero de 2011

PREFIGURACIÓN DE LA NOSTALGIA

Aferrada a la piel oscura que ya se escapa, la muchacha pálida rasga la postal del lugar donde se conocieron y le extiende la mitad al muchacho de ojos húmedos en la despedida.

—Tómala y búscame cuando tengamos cincuenta años y ya no tenga sentido el habernos buscado tanto.



Pía Barros, Llamadas perdidas, Thule, Barcelona, 2006, página 88.

Benzodiazepina, Sergi Pàmies

jueves, 24 de febrero de 2011

BENZODIAZEPINA

He quedado conmigo mismo dentro de dos horas. No me conozco personalmente pero hemos hablado mucho por chat y, en una ocasión —para desearnos feliz año 2008—, por teléfono. No me gustó mi voz: ligeramente nasal y con cierta presunción de locutor nocturno. Siento curiosidad por saber si, cara a cara, seremos capaces de mantener las largas conversaciones que solemos compartir de madrugada. En la pantalla del ordenador, el diálogo avanza sin obstáculos, mezclando cuestiones profundas y banales, inventadas y reales, combinando recuerdos y proyectos. No me hago ilusiones: en el ciberespacio abundan las falsedades y los que te hacen creer que son de una manera y, a la hora de la verdad, te decepcionan. Podría pensar lo mismo de mí, por supuesto, pero, desde el principio, he procurado ser franco, no por rectitud moral sino porque no tengo memoria suficiente para inventarme cosas que me dejarían, seguro, en evidencia. Hemos tardado mucho en dar el paso de vernos. Eso nos ha permitido conocernos de un modo que no suele darse en el universo presencial. En el mundo real, cuando te presentan a alguien casi nunca sabes nada de él y prevalece una primera impresión basada en la mirada, la apariencia y el cóctel neurológico que establece las afinidades y las incompatibilidades. En el chat, en cambio, ocurre justo lo contrario. Primero hablas, te cuentas la vida, aclaras y creas malentendidos, combates los adictivos peligros del vínculo y de la mentira hasta que, un día, uno de los dos propone cruzar la frontera. En este caso fui yo, y yo mismo acepté, encantado y algo sorprendido, porque me había resignado al hábito de coincidir en el ciberespacio sin ninguna obligatoriedad pero con una frecuencia tácita. A veces también me envío mensajes a mí mismo y me los respondo, pero son diálogos excesivamente breves y el teclado del teléfono móvil no me permite extenderme como me gustaría. Ahora, mientras me dirijo hacia la cafetería en la que nos hemos citado, intento contener mi nerviosismo. Igual que cuando he tenido compromisos importantes, me he tomado un comprimido de benzodiazepina. Me ayuda a aplacar la inquietud y parece que la sangre fluya más despacio por mis venas. No lo he comprobado con una báscula, pero estoy convencido de que soy más ligero y de que, si me tomara dos comprimidos en lugar de uno, incluso podría llegar a volar. No ha hecho falta que nos preguntemos cómo somos. A veces, cuando concertaba una cita con alguien del chat, daba descripciones falsas de mí mismo para poder evaluar al otro a distancia y, casi siempre, acababa marchándome sin manifestarme, ya fuera porque la otra persona me decepcionaba o, por el contrario, para no decepcionarla yo a ella. En la terraza, me sitúo en una mesa desde la cual puedo observar toda la cafetería y espero (dentro de mí, siento el combate encarnizado entre curiosidad y benzodiazepina). Desde lejos, me veo llegar: me reconozco enseguida. Llevo la misma ropa y, en apariencia, tengo las mismas expectativas. La primera mirada es de desconfianza. Nos damos la mano. Rompemos el hielo con banalidades y sonrisas nerviosas. Lentamente, sin embargo, perdemos la batalla contra el silencio. Sin atrevernos a mirarnos, paladeamos el fracaso con la resignación de un rumiante, como si ya estuviéramos echando de menos la locuacidad nocturna y las conversaciones que, ilustradas con el sonido de los dedos recorriendo el teclado, nunca terminaban. Incómodos, no sabemos cómo reaccionar hasta que, como un solo hombre y activados por la misma vergüenza, nos levantamos y, sin despedirnos, nos marchamos en direcciones opuestas.


Sergi Pàmies, La bicicleta estática, Anagrama, Barcelona, 2011, pp. 7-10.

Psicopatología de la vida cotidiana, David Roas

miércoles, 23 de febrero de 2011
Salmón saltando en un rápido del río, Xabi Otero


PSICOPATOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA
Administrando redención y castigo.
Chuck PALAHNIUK, Superviviente


Tarde de sábado. Sofá. El volumen de la televisión ajustado en murmullo arrullador. En la pantalla, un documental: La vida secreta del salmón. Las persianas bajadas hasta dejar la sala en una placentera penumbra. D. ha preparado concienzudamente el decorado perfecto para su siesta. La semana ha sido horrible y este es el primer momento que tiene para invertir en un verdadero y relajante descanso.
Justo cuando empieza a quedarse dormido, suenan varios timbrazos insistentes. Decide no hacer caso. Pero el timbre vuelve a sonar. Profundamente cabreado, se levanta, se pone unos pantalones y abre. Sea quien sea, se va a enterar.
Al otro lado de la puerta le espera un joven vestido con un traje barato y un anticuado y formal corte de pelo, que, con una gran sonrisa y muy educadas maneras (Buenas tardes, caballero, y perdone la interrupción), le aborda con banales preguntas de contenido religioso: ¿Tiene miedo a la muerte? ¿Cree usted que ha triunfado el mal en el mundo? ¿Sabe qué le espera en el reino de Dios? Si tiene un momento, me gustaría enseñarle unas revistas que le iluminarán ante asuntos tan serios.
Al identificar al tipo como un Testigo de Jehová, D. se siente tentado de cerrarle la puerta en las narices. Sin poderlo evitar, imagina cómo estas se rompen con el impacto, la sangre, el aullido de dolor (ojo por ojo, amigo)... En el momento en que su cerebro fabrica la imagen del Testigo chorreando sangre, siente una inesperada sensación de placer. Y decide dejarlo pasar.
El joven predicador, sorprendido por aquella reacción tan poco usual, acepta encantado. D. le acompaña hasta el salón y le pide que se siente. El Testigo abre la consabida cartera que todos acarrean en sus partidas de caza y empieza a sacar ejemplares de La Atalaya y Despertad, mientras inicia un monólogo sobre la terrible situación actual en el mundo, la falta de fe y confianza en Dios, la homosexualidad, la eutanasia. D. lo contempla en silencio, asintiendo con un leve movimiento de cabeza a todas sus afirmaciones.
Creyéndose escuchado, el Testigo sigue con su memorizado discurso, seguramente feliz ante la posibilidad de haber conseguido un nuevo adepto. D. le deja hablar un rato más.
Con el pretexto de ir a buscar unos cafés, sale de la habitación. No tarda en regresar. En lugar de las bebidas, trae un martillo y una cuerda. D. deja todo sobre las revistas y le pregunta por qué le ha visitado solo, ¿no vais siempre en pareja? El Testigo mirando disimuladamente el martillo, responde que su compañero se ha puesto enfermo en el último minuto y que él no quería perder la ocasión de predicar. Queda tanto por hacer. Y, con un leve temblor de voz, añade apresuradamente: ¿Para qué quiere usted ese martillo? Mientras conecta el equipo estéreo (pone el EP de Sonic Youth, Kill Yr Idols, la ocasión lo merece), D. le responde que lo necesita para tranquilizarlo un poco antes de matarlo. El Predicador lívido y le dice que la broma no tiene gracia. Esta vez, D. no dice nada, y subiendo el volumen al máximo, se sienta de nuevo en el sofá y contempla divertido cómo el tipo recoge rápidamente sus cosas y se lanza corriendo hacia la puerta de la calle, para enseguida comprobar que está cerrada con llave. Desde el sofá, y con su mejor sonrisa de malvado de serie B, D. agita las llaves en su mano. El Testigo se desmaya.
Con un gesto de fastidio, D. deja el martillo en el sillón, pues ya no lo va a necesitar, y ata fuertemente las manos de su víctima. Sonríe al identificar la canción que ahora suena: «KiIl Yr. IdoIs». Las guitarras de Thurston Moore y Lee se pelean sobre el entresijo brutal creado por el bajo y la batería. El dolor de las ataduras no tarda en despertar al Testigo que empieza de nuevo a gritar, pero sus chillidos son casi inaudibles bajo el apocalipsis sonoro. El duelo de guitarras llega a su fin y la voz de Kim Gordon irrumpe en un registro altísimo. Asesino y víctima se estremecen.
Al verlo consciente, D. le hace un gesto con la mano, como diciéndole que espere, y empieza a extender por el suelo varios ejemplares de La Atalaya y Despertad. D. siempre ha apostado por el reciclaje.
Tras cubrir un par de metros cuadrados, coloca al Predicador sobre los papeles. Este se debate inútilmente y empieza a llorar e implorar piedad. D. saca un rollo de celo del bolsillo y pega unas cuantas tiras sobre la boca de su víctima.
Los altavoces vomitan sin tregua «Shaking Hell». Los murmullos apagados del Testigo resultan ridículos. Más aún cuando trata de gritar al ver la navaja automática que D. ha sacado de un cajoncito de la mesa que hay bajo la tele (en su pantalla, los salmones siguen luchando torpemente por remontar la corriente: D. ríe al verlos).
¿Te has preguntado alguna vez si eres lo suficientemente fuerte para morir por tu fe?
Mientras habla, D. clava lentamente su navaja en la pierna derecha del Testigo. Este intenta gritar, pero el celo ahoga su alarido. No puede hacer más que agitar y abrir desmesuradamente los ojos.
Piensa que este es tu martirio. Quizá eso te relaje. ¿No es lo que todos, en el fondo de vuestro corazón, buscáis? ¿Por qué llorar si el Cielo te aguarda? ¿Por qué tener miedo? Eso sí, espeto que seas uno de los 144 000 justos, ¿así los llamáis, no?
D. extrae la hoja de la pierna del Testigo, cuya cara vuelve a reflejar el máximo dolor. Su sangre se extiende sobre un artículo de La Atalaya cuyo titular atrae la atención de D.: «Armagedón, un feliz comienzo» (número del 1 de diciembre de 2005). D. lee uno de los párrafos que ha escapado de la sangre.
Por cierto, podrías explicarme cómo os lo vais a hacer los siete millones de Testigos que dice aquí que actualmente estáis en el mundo para pillar una de esas 144 000 plazas? Sin olvidar todos los que ya han muerto y os preceden en la cola esperando el gozoso Armagedón. Lo vais a tener crudo: las hostias van a ser de órdago.
El Predicador lo mira con cara de enloquecido y trata inútilmente de hablar. D. escoge ahora el brazo izquierdo del Testigo y clava en él lentamente su navaja. La retuerce sin parar en todas direcciones. El joven parece a punto de desmayarse otra vez. D. le da dos bofetadas. No, todavía no, te quiero consciente para lo que sigue.
Al principio ha dudado entre una muerte instantánea y una muerte lenta. Pero ahora lo tiene claro. Se siente un vengador de todos aquellos que han sufrido los ataques domésticos de esta gente.
El Testigo sigue retorciéndose de dolor. D., por su parte, nota como se acelera su ritmo cardíaco. La sangre le zumba en los oídos. No lo esperaba, pero se está divirtiendo.
Es en ese momento cuando decide combinar la navaja y el martillo. Machaca uno a uno los dedos de las manos del Testigo al ritmo que marca Steve Shelley aporreando su batería. Suena «Brother James». Los aullidos de Kim Gordon excitan todavía más a D., que se pone a bailar como un loco delante del aterrado Testigo.

Take my hand he said to me
follow now or you‘II be damned
let's go to the otherside
let's go to the otherside

Great Father, give me the keys
Great Father, give me the keys
Brother James gaye them to me
Brother James gaye them to me

I don't need' em anymore
someone knockin' at my door
I don't need' em anymore
someone knockin' at my door

Take my hand you might as well
we'ew going straight to hell
I don't wanna hang around
watch'em stick your head in me ground

En su danza, D. se sitúa detrás su víctima, le pone la mano en la barbilla y con la rodilla empieza a empujar su espalda hasta curvarla y dejar su rostro frente al suyo.
Tendrías que preguntarte si todo ocurre por decreto divino.
El Predicador le observa paralizado, pues D. se ha puesto a imitar el baile del Señor Rubio en Reservoir Dogs.
Está a punto de explicarle al Testigo el guiño cinematográfico cuando cae en la cuenta de que no habrá visto la película. Pecado, pecado.
Emulando esa escena, D. le corta una oreja. El Predicador trata de gritar de nuevo, agitándose como un loco.
En un alarde de improvisación, le corta la otra oreja y la nariz. La sangre mana a borbotones. D. arroja al suelo más revistas y algunos de los libros del Testigo (El secreto de la felicidad familiar, ¿Existe un Creador que se interese por nosotros?...), no quiere que la sangre le joda el parqué.
Antes de dejar caer el ejemplar de Despertad que en ese momento tiene en las manos, D. lee en voz alta un atinado versículo de Job (14, 5) que aparece en un destacado de la portada: Ciertamente sus días están determinados, y el número de sus meses está cerca de ti; le pusiste límites, de los cuales no pasará.
De pronto, un olor repugnante irrumpe en la habitación. D. asqueado, se acerca al Testigo y agarra con furia su cabeza. Tira de ella hacia atrás con todas sus fuerzas, empujando con la rodilla entre los omóplatos. Hasta que su cuello se quiebra con un siniestro ¡CRAC!
El ruido que hacen los libros del Testigo al caer al suelo le saca de su ensoñación. Uy, perdón, dice este, y se agacha rápidamente a recogerlos. Mientras lo hace, continúa con sus enervantes preguntas. Con gesto de fastidio, D. le cierra la puerta en las narices sin decir una palabra. El Testigo llama al timbre dos, tres, cuatro veces.
Con una irreprimible sensación de fracaso, D. se tumba en el sofá a esperar que el sueño le venza de nuevo. En la pantalla, los salmones siguen luchando por alcanzar su objetivo.


David Roas, Distorsiones, Páginas de Espuma, Madrid, 2010.

Me enamoré de un pez, Isabel Mellado

martes, 22 de febrero de 2011
El pez azul, Marc Chagall

ME ENAMORÉ DE UN PEZ

Me enamoré de un pez y me lo llevé a un hotel de cinco estrellas. En el transcurso de la noche, cuando por fin logramos consumar nuestro amor (era muy escurridizo), descubrí que no era virgen. Decidí pasarlo por alto a sabiendas de lo mal mirado que estaba eso en el pueblo. Mucho más me costó ignorar sus ojos, blancos aun horas después del orgasmo. Esto al principio aduló mis artes amatorias, pero luego con su rigidez, su parquedad, su sangre fría y el no querer intercambiar después de tanta intimidad algunas frases tiernas, o al menos un cigarrillo, caí en la cuenta de que lo nuestro quedaría en una historia de sábanas y escamas.



Isabel Mellado, El perro que comía silencio, Páginas de Espuma, Madrid, 2011.

Nieve, Miguel Ángel Zapata

lunes, 21 de febrero de 2011

NIEVE

Nieva nevando nieve. Todo el día. Sin descanso. Una tormenta blanca sembrando de clarificadores copos la aldea.

Entonces, allá arriba, claro, alguien sigue esquilando tierna, demoradamente al cordero místico.




Miguel Ángel Zapata, Baúl de prodigios, Traspiés, Granada, 2007, p. 60.