[Como metáforas], Felipe R. Navarro

miércoles, 25 de mayo de 2016
Edvard Munch


   Para sobrevivir hacemos que nos parezca que le esté sucediendo a otro, nos miramos desde fuera como dicen que miran los recién muertos; como sentados aquí, junto al ventanal desde el cual contemplamos el amanecer y los detalles de una historia. Para sobrevivir nos construimos como metáforas.


Felipe R. Navarro, Hombres felices, Páginas de Espuma, Madrid, 2016.
 

Grieta, F. J. Irazoki

lunes, 23 de mayo de 2016

Tabla azul, Stoney Stone

GRIETA

   Uno de los libros que más me instruyeron fue una tabla rota. La encontré en el centro de la habitación de mi infancia. Sus estrías destacaban en el suelo.
   En aquel cuarto guardábamos cajas con utensilios, semillas y ropas, y también los recuerdos de un familiar que allí estuvo recluido. Desde la ventana del dormitorio miré los mismos paisajes de tejados, lindes, roderas y árboles que a él lo acompañaron en días de trastorno, furia o remanso.
   Nunca lo vi. En los años de estraperlo silencioso, tuvo que irse a otras tierras. Hermano de mi padre, trabajó de criado en la casa donde iba a conocer a su amante. La joven lo puso al cuidado de sus fincas y sentimientos, pero las pasiones acabaron en una ruptura súbita.
   Con desequilibrio mental, el hombre
 regresó a la vivienda en que después yo nací.
   Encerrado en las crisis, descargaba el dolor sobre los muebles. Con exasperación quiso romper la tarima de la alcoba.
   Su desengaño amoroso escarbó hasta encontrar descanso en la demencia. Antes que las medicinas la atenuaran, su ira me dio una página inagotable.
   Pasé muchas horas de juventud contemplando las hendiduras de la madera. A veces pisaba con suavidad su superficie, a la espera de que los sonidos me transmitiesen el fervor y la herida del pariente enamorado. Recogí las astillas en un cuenco de dudas; quizá aguardé que los cortes, venas y nudos de la madera fuesen el escondite de algún aviso.
   En su tabla rota leí por primera vez unas palabras escritas cerca de nuestros barrancos.


Francisco Javier Irazoki, Orquesta de desaparecidos, Hiperión, Madrid, 2015, pp 29-30. 
  

[Las almohadas], Antonio Calderón Reina

sábado, 21 de mayo de 2016
Dibujo de almohada, Gerhard Richter


   Me acuerdo de que las almohadas se manchaban con el verdín de los sueños estancados.


Antonio Calderón Reina, 511 cápsulas contra el olvido, La Carbonería, Sevilla, 2010, p. 48.
 

[La música, un aceite...], Rafael Chirbes

viernes, 20 de mayo de 2016
Cupido y Psique, Edvard Munch


   La música, un aceite que engrasaba dos cuerpos desnudos, seres a los que se les había arrancado el caparazón (¿de qué frágil cualidad se vuelve el hombre despojado de su cáscara textil?); larvas que, en el espejo, parecían desprovistas de estructura interna, incluso de piel, mutilados pedazos de carne que se buscan.


Rafael Chirbes, París-Austerlitz, Anagrama, Barcelona, 2016, pp. 76-77.
 

Monstruo se busca, Eduardo Galeano

Flor, lago Ness, Alex Bell


MONSTRUO SE BUSCA

   San Columba estaba remando en el lago Ness, cuando el Monstruo, inmensa serpiente de fauces abiertas, se abalanzó contra el bote. San Columba, que no tenía el menor interés en ser almorzado, lo conjuró haciendo la señal de la cruz, y el Monstruo huyó.
   Catorce siglos después, el Monstruo fue fotografiado por los vecinos del lago, que casualmente llevaban una cámara colgada al cuello, y sus piruetas se publicaron en los diarios de Glasgow y Londres.
   El Monstruo resultó ser un muñeco, y sus huellas eran patas de un bebé de hipopótamo, que se vendían como ceniceros.
   Las revelaciones no desalentaron a los turistas.
   La demanda de monstruos alimenta al mercado del miedo.


Eduardo Galeano, El cazador de historias, Siglo XXI, Madrid, 2016.
   

Noche paralela, Víctor Lorenzo

miércoles, 18 de mayo de 2016
Mark Rothko


NOCHE PARALELA

   La primera raya de la noche fue la que dibujó con el peine en su cabeza. La segunda fue la que estaba pintada en los ojos de aquella chica a quien no pudo convencer para que tomaran juntos una copa. La tercera, cuarta y quinta, las trazó con una tarjeta encima de un espejo, solo, en el coche. La sexta raya fue la continua del asfalto que no debió sobrepasar. La séptima es ésta, la que acompañada de un molesto pitido avanza hasta el infinito, verde y recta.


Víctor Lorenzo Cinca, Cambio de rasante, Enkuadres, Valencia, 2015, p. 79.

[A fin de cuentas], Michel Houellebecq

lunes, 16 de mayo de 2016
La puerta al final de la Tierra, Richard Heys



   Por mucho valor, sangre fría y humor que uno acumule a lo largo de su vida, siempre acaba con el corazón destrozado. Y entonces uno deja de reírse. A fin de cuentas ya sólo quedan la soledad, el frío y el silencio. A fin de cuentas, sólo queda la muerte.


Michel Houellebecq, Las partículas elementales, Anagrama, Barcelona, 2010 (1998).