Niebla eterna

"Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo", Julio Cortázar





Es Noche Vieja.
Sigue ajándose todo,
y suena el viento.

Kojô



Viento del mar, Andrew Wyeth



Antonio Cabezas (ed.), Jaikus inmortales, Hiperión, Madrid, 1983, 144.


Me acuerdo de mi torpe forma de recordarte, desde el tropiezo original en un sueño, desde la intrépida lágrima que partía a buscarte sin haber anotado tu dirección. Me acuerdo de que imaginarte era conocerte y conocerte volver a imaginarte, como un viejo pingüino que palpando reconoce su hogar en el hielo. Me acuerdo de equivocarme y graznar palabras como escombros, el aire supo a tierra abandonada y mis ojos debieron replegarse y aprender de nuevo a volar. Me acuerdo de cuánto he deseado la alquimia, de cómo cambiaría mi voz por el pájaro que supiera susurrarte despacio la lluvia. Me acuerdo de soñarte hasta romperte, y qué importa cuando puedo tallarte eterno con mis manos rasgadas y tan turbias. Me acuerdo de la angustia que tatuó en mi piel el hueco de unas alas, de que bajo el hueso intenté lucir esta pluma tuya insomne, y el espejo sonrió al taquigrafiar tu rostro de kilómetros y el mío de años muertos o que no acertaron nunca por qué herida debían nacer. Me acuerdo de que te quise, de que aún te quiero si me permites haberte odiado alguna vez, por dejar que te ame en las astillas del abismo, por dejar en el escaparate tu piel y en mi mano la sombra, por tus ojos que regresan danzando al mismo cáliz y mientras en mi plato esa lágrima, tan distinta y tan igual a la primera, como la coreografía más exacta en mi memoria de tu luz y de tu tacto. Me acuerdo de ti, hoy y siempre y a pesar de. Me acuerdo.







viajera de corazón de pájaro negro
tuya es la soledad a medianoche
tuyos los animales sabios que pueblan tu sueño
en espera de la palabra antigua
tuyo el amor y su sonido a viento roto





Cuervo, Geoff Holt


Alejandra Pizarnik, Poesía completa, Lumen, Barcelona, 2000, p. 147.



Con qué cuidado marcas tus pisadas.
Quizá temes hundir tu pie
entre la hierba amarilla
de la memoria.



Hierba amarilla, Isabel Moore


Francisco Onieva, Perímetro de la tarde, Ediciones Rialp, Madrid, 2007, p. 25.

Casa giratoria, Paul Klee


SER COMO DE LA FAMILIA

Me fui con ellos porque insistieron: «Que no puedes quedarte sola, que la Navidad hay que pasarla en familia, que ya verás qué casita más mona hemos alquilado», etcétera. Me dejé convencer. Las apariencias engañan y la propuesta tenía buena pinta. Debería haber recordado que hay películas de terror con comienzos aún más cándidos. En fin.
La casa era mona, es cierto. Estaba en lo alto de una colina, en medio de un manto de nieve blanca y pura. Se respiraba sosiego. Nada hacía sospechar la tormenta que se avecinaba. El mismo día de nuestra llegada, por la noche, ocurrió la primera inesperada catástrofe: después de insultarse sin ningún tipo de miramientos, el padre y uno de los hijos llegaron a las manos. Tuvimos que ir de urgencias al hospital. Yo no salía de mi asombro, claro está. Quién podía prever algo así. Además, sentía vergüenza ajena.
El segundo día, 24 de diciembre, la sangre corrió entre los esposos. Yo ya no daba crédito. Aquello era un escándalo. Pensé en irme, pero habría quedado fatal. Los acompañé de nuevo a urgencias. Para Navidad, el asunto no mejoró: uno de los hermanos empujó a otro con tan mala fortuna —o tan mala saña— que logró que cayera por las escaleras y entrara en coma.
Total que yo, que hasta entonces había sido una persona pacífica y que jamás había intuido el carácter oculto de mis amigos, el día de San Esteban, contagiada y eufórica, prendí fuego a la casa con todos adentro y me largué. «¿Son parientes suyos?», me preguntaron en el depósito cuando fui a reconocer lo que quedaba de ellos. «No —contesté—, pero puede considerarse que ya he pasado a ser como de la familia». De ahí.


Flavia Company, Trastornos literarios, Páginas de Espuma, Madrid, 2011, pp. 153-134.

Tormenta, Foolish Monkey

NATIVIDAD 2000

María envolvió al bebé recién nacido en una manta y salió a la calle. Se le habían secado prematuramente los pechos y las monedas no le alcanzaban ni para comprar una lata de leche. Su marido la abandonó apenas supo que estaba embaraza, llevándose los únicos bienes que podían ser vendidos o empeñados: sus herramientas de carpintero.
Recorrió las calles buscando una esquina propicia para instalarse a pedir limosnas. Pero era un día feriado, las tiendas estaban cerradas, la gente se había recogido temprano a sus casas, y sólo pasaban autos apurados salpicando las pozas del pavimento.
Al llegar al centro de la ciudad, descubrió un pequeño establo de madera, iluminado con luces de colores, que adornaba la plaza principal, entre el edificio de la Gobernación y la Catedral. Vio que bajo el pesebre había una cama de paja, rodeada de animalitos de cartón.
Estaba por anochecer y se avecinaba otro temporal. En esas condiciones era peligroso seguir buscando con el bebé a cuestas.
Depositó a la niña en la cama de paja, y siguió su camino.
No esperaba ningún milagro.


Juan Armando Epple, Con tinta sangre, Thule, Barcelona, 2004, p. 67.

Fotógrafo: Andrew Weiss

OFICIOS NAVIDEÑOS

Patricio siempre dice que el momento propicio para robar un banco es el 24 de diciembre a las doce de la noche, cuando el escándalo de los petardos disimula el estruendo de la molotov que hace añicos la caja fuerte.
Por lo general lo dice después de las doce, después del brindis con la familia, en el bar de siempre, con los amigos de toda la vida. Alguien le recuerda que es portero de escuela hace treinta años. Más a mi favor, dice, ¿quién va a sospechar de un portero de escuela?, y agrega nuevos detalles del golpe.


Fabián Vique, La vida misma y otras microficciones, Macedonia, Morón, 2010, p. 115.

Fotógrafo: Phil Cole

NUEVA CAMPAÑA

—Si no baja ya mismo de peso va a reventar —dijo el médico.
—Si bajo de peso la Coca Cola me despedirá —respondió el obeso personaje.
—En ese caso… Pongamos en marcha el Plan B —se corrigió el galeno—. Pepsi lo contratará para hacer el comercial de lanzamiento junto a Messi, Tévez, Cristiano Ronaldo y Drogba. Usted, todo vestido de azul, es el que hace el gol que remata el anuncio. ¿Qué le parece?


Hemos ganado la lotería, Teresa Villegas

LOBOTOMÍAS, II

Le habían aconsejado que dejara los recuerdos sueltos por la casa o por las calles, protegiéndolos al paso para que no se lastimen. Pero un día que se sentía demasiado deprimido decidió pasar a la clínica para que le extirparan de una vez todos los recuerdos tristes y desorientadores. Hoy anda con una sonrisa permanente y está todo el día rodeado de gente. No es que haya ganado nuevas amistades: son los desconocidos de siempre, que creen que se ganó la lotería.


Juan Armando Epple, Con tinta sangre, Thule, Barcelona, 2004, p. 73.

Marino con un banjo, Chad Elliott


EL MARINO ADULTO

No es cobardía acaso ni desconocimiento
la razón de este modo de vivir tan ausente,
despojado de vértigos, abúlico
como la niebla quieta que nadie ve de noche.
Le han preguntado a veces la razón de obligarse
a admitir esos días sin resistencias, lentos
y opacos junto a un libro, la prensa, copas solas.
¿Cuándo la decisión
de vivir lo leído —las pasiones
que podría estrenar, malignas y entreabiertas
como prendas de seda minuciosas,
horizontes supuestamente cálidos
las islas imantadas de los mitos
supuestamente eternos?

Era el miedo a saber del otro lado
del Deseo, la sospecha penosa del marino
cuando se sabe a punto de encerrar
en el círculo azul del viaje inútil
una isla pequeña, demasiado
pequeña para el mapa.
Porque los paraísos se desploman
al pisar el umbral, irremediables
con la primera huella del que acude
jubiloso a vivirlos.
Era el miedo a saber del otro lado.



Aurora Luque, Problemas de doblaje, Rialp, Madrid, 1990, p. 10.

El tigre, Marc Franz


Cuando sepamos lo falso que es todo esto, cuando seamos capaces de medir el grado de falsedad, entonces y sólo entonces la obstinación será lo mejor: el ininterrumpido ir y venir del tigre ante los barrotes de su jaula para que no se le escape el único y brevísimo instante de la salvación.


Elias Canetti, Libro de los muertos, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2010, p. 76.

En la playa (con pingüinos), Euan Macleod


CONTRA LAS CANCIONES DE OPÓSITOS

Me he pasado la vida conciliando contrarios.
Pensando: bien y mal no son tan diferentes,
si es muchas veces no, mi amiga es mi enemiga,
el placer duele tanto que parece dolor
y los días de fiesta son días de fastidio.
Me he pasado la vida tiritando en agosto
y muriendo de sed al lado de una fuente.
Pero esto se acabó. No quiero que la risa
se disfrace de llanto, ni que los besos hieran,
ni que la muerte salve, ni que el sol del verano
sea en el fondo sombra y el océano el desierto.
Quiero volver atrás, al tiempo en que las cosas
no eran tan complicadas, y el amor no era odio
y la nieve era nieve, y la paz y la guerra
eran palabras únicas, distintas, inequívocas,
y no la doble cara de un mismo aburrimiento.
Ya no quiero sudar rodeado de pingüinos.


Luis Alberto de Cuenca, Antología poética, Castalia, Madrid, 2008, pp. 146-147.



El amor dibuja en mis ojos el cuerpo anhelado
como un lanzador de cuchillos
tatuando en la pared con temor y destreza
la desnudez inmóvil de la que ama.

Así, en lo oscuro, fragmentos de los que amé,
lúbricos rostros adolescentes.
entre ellos soy otro fantasma.

A veces, en la noche,
me dijeron que mi corazón no existe.

pero yo escucho canciones ambiguas
de un país arrasado por las lluvias.


Alejandra Pizarnik, Poesía completa, Lumen, Barcelona, 2000, pp. 312-313.

Dos caballos azules, Franz Marc


La vileza, la bestialidad, la sed de sangre, la codicia, la indolencia no han cambiado en ninguna civilización, ni siquiera hoy en día. Quedan dos paréntesis, dos momentos en los que se puede ser algo más, algo diferente de lo que se es: los instantes de compasión y de placer, dos umbrales ante los que la bestia sanguinaria se detiene brevemente. La compasión no es amor, pues este último sentimiento puede esconder un egoísmo solapado: la compasión no exige correspondencia, no juzga. Es sencillamente piadosa, incondicional, momentánea, aunque quien la recibe no la «merezca». Y el placer. El placer físico, esa llama que consume todo egoísmo. Y el otro, el placer máximo del arte, del espíritu, de la música. El resto es mera zoología.


Sándor Márai, Diarios 1984-1989, Salamandra, Barcelona, 2008, pp. 148-149.

Pájaro y torre de bloques, Jacqueline Jones


Escalamos una torre nocturna,
identidad quebrada.
Pájaros sometidos nos cuidan y devoran.

Esfera de sombra o saliva,
ruina tenaz que abato y reconstruyo,
necesario imposible.
Toda luz es relámpago:
picotazo de pájaros de luz.

Escalamos la torre que se derrumba
y escalamos y se derrumba y escalamos.


Jorge Riechmann, Amarte sin regreso, Hiperión, Madrid, 1995, p. 210.






Se hunde el cuchillo
en el melocotón blanco
como en un cuerpo.



Masajo Suzuki




Melocotones con plato y cuchillo, John Francis Murray


Suzuki Masajo, Kamegaya Chie, Nishiguchi Sachiko, 70 haikus y senryûs de mujer, Hiperión, Madrid, 2011, p.

CALEIDOSCOPIO


El tubo es de cartón decorado y tenerlo en la mano da una sensación de calor. Al más mínimo movimiento, dentro del tubo tiene lugar un ligero zapateo de patas en fuga, un rodar de pepitas. Es trabajoso y cansador mirar adentro. Porque tener un ojo cerrado y el otro abierto, y al mismo tiempo hacer girar el cilindro con los dedos, no es algo fácil para un niño. Las figuras no tienen una variedad infinita; de tanto en tanto, desordenadamente, los pedacitos de vidrio de colores componen dibujos ya vistos, y el observador sonríe para sí, satisfecho por haberlo reconocido. El juego consiste en formar una determinada figura, tratando de insuflarle a los fragmentos un movimiento en vez de otro; o bien uno se abandona a la casualidad, limitándose a registrar cuando determinada composición vuelve a aparecer; o bien espía en los ángulos del tubo para entender dónde comienza la realidad de los espejos y dónde termina la ilusión.



Sandra Petrignani, Catálogo de juguetes, La Compañía, Buenos Aires, 2009, p. 45.

Naturaleza viva, Frida Kahlo


Cualquier ética que exija disciplina es en el fondo inválida. Nada que sea natural exige disciplina: comer, dormir, defecar, copular, reírse, llorar. Las cosas verdaderamente naturales no se hacen porque nos suene de repente una campana en la cabeza; se hacen porque es natural hacerlas. Por otra parte, si a lo que aspiramos es a convertirnos en seres humanos completos, ¿no deberíamos vivir el registro más amplio de emociones humanas posibles? ¿Por qué es aceptable el amor, y no el odio? ¿Por qué ha de cultivarse la mesura, o la castidad, y no el exceso, el derroche, la lujuria? En último término, todo aquello que nos ayude es bueno. El resto no es que sea malo; es que carece de importancia.


Roger Wolfe, Siéntate y escribe, Huacanamo, Barcelona, 2011, p. 73.

¡Despegue!, Pavel Horák

ASCENSOR

La muchacha y el hombre ingresaron en el ascensor en la Planta Baja. Ella marcó el 5º piso y él marcó el 7º. Pero de pronto sobrevino un apagón y el ascensor se detuvo, naturalmente a oscuras, entre el 2º y el 3º. Él dijo: «Caramba», y ella: «Qué miedo».
Permanecieron un rato en aquel lóbrego silencio, pero al fin el hombre dijo: «Al menos podríamos presentarnos. Mi nombre es Juan Eduardo».Y ella: «Soy Lucia».
Él decidió mover de a poco el brazo izquierdo, y así, a tientas, llegó a tocar algo que le pareció un hombro de la chica. Allí se quedó, esperanzado. Ella levantó una mano y la posó sobre aquel brazo intruso. «Tenés un lindo hombro —dijo él—, parece el de una estatua». Ella apenas balbuceó: «Tu mano me gusta, al menos es cálida».
Entonces, ya mejor orientado, el brazo masculino bajó hasta la cintura femenina. Ella tembló un poco, pero acabó sintiendo. En realidad, no tuvo tiempo de preguntar nada, porque él le cerró la boca con su boca. Lucía, un poco asombrada, sintió que aquel beso le gustaba y respondió con otro, éste de su cosecha.
Así quedaron un buen rato en aquella tenebrosa intimidad. Él preguntó: «¿Sos soltera?». «Sí, ¿y vos?»; «Viudo». Inauguraron un abrazo inédito, y así permanecieron, disfrutando.
De pronto se acabó el apagón, pero el ascensor todavía quedó inmóvil. Ambos, ya con luz, se estudiaron los rostros y sobre todo las miradas. Hubo un mutuo visto bueno.
Él dijo: «No estuvo mal, ¿verdad?». Y ella: «Estuvo lindo». Él «Me parece que el ascensor va a empezar a moverse. En Planta Baja marcaste el 5º. ¿Vas allí?». Y ella: «No, ahora voy al 7º».
Al final el ascensor arrancó y los llevó como lo haría un padrino.


Mario Benedetti, Vivir adrede, Alfaguara, Madrid, 2008, pp. 117-118.





En aquel cuarto
las palabras no dichas,
los arces rojos.




Arce japonés, Jason Neely



Verónica Aranda, Senda de sauces, Amargord, Madrid, 2011.

Hombre y ventana, Richard Diebenkorn


A valerme por mí mismo, no me enseñaron eso. Me cuidaron con mimo, me cobijaron, me convencieron de que todo iría bien, de que nunca estaría solo. Y de pronto, en el espejo de aquella celdita de la pensión, vi la herida antigua del espino, y dentro de la herida un espejo, y en el espejo los huecos, los agujeros que me faltaban, las otras heridas viejas que no sabía que tenía hasta que entendí que estaba solo, que todos estamos solos aunque nos acaricien la nuca y nos digan no pasa nada, sigue durmiendo. Nadie deja nunca de estar solo, metido en la cápsula de piel y pelo de la que apenas logras escabullirte, y sólo una vez de verdad y ya sin remedio ni regreso. La cápsula.


Pablo Gutiérrez, Rosas, restos de alas, La Fábrica, Madrid, 2008, pp. 39-40.

La camarera, Édouard Manet



Sirvo una cerveza
a un hombre
imposible de abrazar.
Masajo Suzuki



Suzuki Masajo, Kamegaya Chie, Nishiguchi Sachiko, 70 haikus y senryûs de mujer, Hiperión, Madrid, 2011, p. 27.







una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo

la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos









Alejandra Pizarnik, Poesía completa, Lumen, Barcelona, 2000, p. 125.

De regreso, Camilo Waxxman


Finalmente le cuento que me voy. «¿Vuelves a tu patria?», interpela. Le respondo que sí, aunque estoy muy tiquismiquis con la gramática. También le digo que «volveré» a este país fugazmente en un momento u otro. Y nos despedimos porque ya vale de hablar.
Entonces estoy en mi casa fumando y bebiendo café (lo que yo llamo: comer) y pensando en esa evidencia como fascinante de que me voy o me vuelvo. Por indagar en la verdad, por tentar al talento, enuncio: «Nunca se vuelve a ningún sitio; siempre se va». Es la típica frase que uno puede decir o escribir y, bueno, si adoptas el rictus adecuado a lo mejor alguien se la cree. Todo está ya dicho y es muy sencillo y la cosa va de que digas algunas chorradas y poses con esmero. Volver es volver, es un verbo con un significado, y se tiene que poder volver a algún sitio para que ese verbo no caiga en una crisis existencial. Volver, se me ocurre, es ir a un sitio en el que ya has estado.
De modo que quizá morirse también es volver.


Alberto Olmos, Trenes hacia Tokio, Lengua de Trapo, Madrid, 2006, pp. 187-188.

Tres niños bajo un poste indicador, Tadeusz Makowski

SEÑALES

A medida que vivimos, las señales nos orientan, pero a medida que morimos nos desorientan. A veces las encontramos en el sueño, pero ésas no son de fiar. Más confiables son las que nos asaltan en el insomnio o las que nos aluden cuando nos detenemos frente a un río y hay una orilla que nos conmueve.
Si en las manos flacas aparecen arrugas, las convertimos en puños, por las dudas. Las señales más inexorables las da siempre el espejo, ese cretino, y no hay morisqueta que lo desanime.
Un pájaro puede ser una señal, también lo puede ser un cocodrilo. Todas son señales: la música, un trueno, el silencio, un viento huracanado, el canto de una alondra, la barahúnda de los niños.
Cada estación tiene su señal. El invierno, la inclemencia; la primavera, sus golondrinas; el verano, su bochorno; el otoño, la parsimonia.
El universo es un torrente de señales. Hay algunas que estallan y nos doblan de miedo, otras que acarician y nos desvanecen. Hasta la liturgia creó la señal de la cruz, claro que sin el permiso del pobre Cristo.
La señal es vestigio, cicatriz, inminencia, vértigo a la intemperie, fijación del instante. Hay señales de socorro, como el tan mentado SOS (save our souls) que por algo nace el inglés imperial.
Las señales presagian y pobre de nosotros cuando nos señalan. Para vernos libres de señales, la única solución es el olvido, pero ¿quién se atreve a esa cirugía de la memoria?


Mario Benedetti, Vivir adrede, Alfaguara, Madrid, 2008, p. 80.

Pequeña estación de tren por la noche, Paul Delvaux


TANTEAR LA NOCHE

El miedo es un buen consejero; el jardín, un buen amigo. Ir al jardín se ha hecho una costumbre, una tarea. Ahí uno junta sus partes abandonadas: la fe —cuando abunda—, el rostro de una mujer, un árbol. Sentarse en la banca, al lado de un hombre de mirada extraviada, es siempre reconfortante. Luego hablarle del calor que ha hecho en el día, mientras se rasgan las vestiduras o se alcanza una flor recién nacida pero muerta. Carraspear, sonreír, volver la vista al chorro de la fuente. Tan simple como colocar sobre la mesa las migas caídas al suelo y, con ellas, hacer del pan corriente un pan ácimo. La vida como una hoja que cae, como algo que vuela. Nada está más allá del acto de mirar, silenciosamente. Si en lugar de hombre fuera uno puerta cancel o mesa o campo de palomas, ¿desde qué lado entonces dolería la vida? Sólo se trata de levantarse y caminar hasta el final de la calle iluminada. Contar los pasos, no detenerse. Mantener correspondencia con la sombra que uno es, interpretar sus lluvias, dejarse seducir. Eso quizá sea lo valedero, si valedero es vivir a ciegas.


Rogelio Guedea, Del aire al aire, Thule, Barcelona, 2004, p. 36.





El relámpago
deslumbrante, y luego...
la negrura del cielo.

Chie Kamegaya






Suzuki Masajo, Kamegaya Chie, Nishiguchi Sachiko, 70 haikus y senryûs de mujer, Hiperión, Madrid, 2011, p. 52.

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